Se hace difícil calcular la sangre vertida en Ucrania cuando los muertos ajenos se convierten en propaganda y los propios en un secreto de Estado. El gobierno de Zelenski asegura que Rusia ha perdido en los más de tres años y medio que llevamos de guerra 1.156.400 soldados, cifra que incluiría también a los heridos y a los desaparecidos; mientras que con la boca pequeña reconoce haber perdido un hombre por cada cinco militares rusos, es decir alrededor de 231.000 combatientes.

En un intento de ir más allá de la propaganda, la revista Mediazona, junto con el servicio exterior de noticias de la BBC, hace un cálculo de los soldados rusos caídos en combate a partir de publicaciones de familiares en redes sociales, noticias recogidas en medios locales o anuncios oficiales de autoridades regionales o municipales. De momento han documentado 145.258 muertos con nombres y apellidos, pero esta lista no es exhaustiva, pues no todas las vidas perdidas emergen a la luz pública, así que han desarrollado un método de estimación del exceso de muertes entre hombres basado en el registro de herencias, que eleva los decesos entre los soldados de Putin en torno a los 219.000; lo que sería equivalente a la totalidad de los habitantes de una ciudad como Badalona. A esta cifra habría que sumar los soldados norcoreanos que murieron durante la campaña lanzada para recuperar los territorios de Kursk ocupados por Kiev -una enorme horquilla que va de los 600 hasta los 2.000- y las bajas producidas entre los mercenarios procedentes de África, Siria o Cuba que nadie tiene demasiado interés en contabilizar.
Los cálculos también estiman que por cada 1,7 soldados rusos muertos, ha caído uno ucraniano, lo que significa que la guerra ha costado la vida a un mínimo de 85.000 militares de Kiev. Además, habría que añadir las víctimas civiles, que la ONU estimaba el pasado mes de abril en 13.993 personas, incluidos 560 niños. Son los que se han podido identificar. Las propias Naciones Unidas reconocían que la cifra real es considerablemente más alta, pues resulta imposible saber cuántos civiles han muerto en ciudades como Mariúpol, Severodonetsk o Bajmut. El secretismo del Kremlin también hace imposible saber cuántos civiles rusos han muerto en los bombardeos en refinerías lanzados por Ucrania, o durante la incursión en Kursk o en los ataques en los territorios ocupados de Donetsk.
El secretismo ruso está justificado por su propia historia reciente. El Kremlin sabe que la sangre derramada tiene consecuencias. Las protestas de las madres de los soldados están en el origen de la retirada de la URSS de Afganistán y el descontento generado por este conflicto fue el primer eslabón de la cadena de acontecimientos que llevaron a su caída. Un descontento que hoy nadie se atreve a expresar, pero que de tanto en tanto salen a la superficie en forma, por ejemplo, de madres y esposas de los soldados movilizados que se reúnen alrededor de organizaciones como «Camino de Casa», desde donde exigen la desmovilización y organizan discretas acciones de protesta, como plantar árboles o depositar flores en la tumba del soldado desconocido.
Pese a no suponer ninguna amenaza seria para Putin y su régimen, el Kremlin ha reaccionado de forma furiosa contra estas mujeres y han calificado a su grupo como agente extranjero para restringir sus actividades y tapar sus voces. Denuncian que «nos amenazan, nos vigilan y llevan a la policía allí donde vamos. Nos llueve suciedad de las bocas de los propagandistas porque les molestamos. Molestamos a los que ganan dinero a costa de nuestros seres queridos. Molestamos a los que convierten el dolor ajeno y la muerte de nuestros hijos y de nuestros maridos en millones de rublos que van a parar a sus bolsillos».
También aflora un difuso malestar de carácter nacionalista y religioso. Las estadísticas de Mediazona permiten constatar que las dos regiones que aportan más muertes a la aventura ucraniana de Putín son musulmanas. El segundo puesto lo ocupa Tartarstán, con 6.441 soldados que nunca volverán a casa. El liderazgo es para Baixkortostan, con 7.253. En enero de 2024, esta última región fue el escenario de unos altercados poco comunes en la Rusia actual, cuando miles de personas salieron a la calle para rebelarse por la condena de Faíl Alsimov, un líder ecologista que dirigió una protesta contra la apertura de una mina de oro en unas montañas consideradas sagradas por una población local que hoy ve alarmada cómo crecen sus muertos en Ucrania. Desde sus redes se preguntan «¿qué hacemos luchando en una guerra ajena?» e insisten «nuestros muertos han caído en una guerra que no es nuestra, una guerra que busca la destrucción de la nación bajokira».
Es otra semilla que, como la anterior, no es inquietante aún para Putin, pero que rima también con Afganistán, cuando los soldados musulmanes protestaban en silencio contra su presencia en otra guerra que no consideraban suya, y que se libraba en tierras de un país con quien compartían religión y a quien consideraban hermano, arrancándose la estrella roja soviética de sus uniformes.







