Bibliotecaria. Comenzó en la Universidad de Zaragoza y casi toda su vida profesional la desarrolló en la Complutense. Ejerció de directora cultural, con Rosa Regàs, en la Biblioteca Nacional de España (BNE). En 2013 fue nombrada directora general de la BNE, cargo que ha ejercido hasta su jubilación. Ahora publica Sembrar palabras (Espasa).
¿Las palabras, como el trigo, también se siembran, germinan, y dan sus frutos?
El título se me ocurrió por mi trabajo, y viendo la poca representación que había sobre mujeres en las estanterías de las bibliotecas. Muchos más autores que autoras. Pensé que el relato es algo fundamental. Cuando nos fuimos construyendo como sociedad, creamos un imaginario colectivo, a base de referentes. Nadie aprende nada de la nada. Todos aprendemos a base de lo que nos enseñan, de lo que leemos y de nuestras propias experiencias. En todo este proceso, la lectura es algo fundamental. Cuando lees algo que te llega al corazón, te hace reflexionar de alguna manera, y ya has sembrado una palabra. Si eso te permite a ti, porque eres escritor o escritora, volver a escribir, esa palabra también ha germinado, porque se vuelven a crear nuevas ideas. Ideas que, al fin y al cabo, han sido la historia de la evolución y la mejora de la sociedad.
Tu libro hace un recorrido histórico, desde el Renacimiento hasta 1936, del leer, el escribir y la educación en las mujeres. ¿Cómo era, pues, el principio de todo esto?
Aunque las ideas del Renacimiento llegaron a España y cultural y socialmente tuvieron buenos resultados (porque creció de manera espectacular la capacidad de creación comparada con lo que había sido la Edad Media), las mujeres no estaban consideradas en igualdad de capacidad con los hombres. Pensaban que su talento era menor y, por lo tanto, no tenían por qué aprender a leer. El hecho de que una mujer leyera era absolutamente extraordinario, y que escribiera aún lo era más. Por eso, durante este tiempo, algunas mujeres se sintieron más libres detrás de las rejas de un convento, amparadas por sus hábitos, para pensar y poder aprender a leer y escribir. Y también porque no estaban sometidas a lo que era el yugo del matrimonio. La mujer que, desde luego, quería aprender, era muy difícil que lo pudiera compaginar con este dominio, esa necesidad de honestidad, porque una de sus preocupaciones era el mantenimiento de su virtud. Las mujeres debían ser virtuosas, calladas, sacrificadas y obedientes. Hay muy pocos ejemplos de mujeres que rompieron con eso. Nombro a Teresa de Jesús. También a Ana Caro de Ballén, dramaturga, recientemente rescatada, y a María de Zayas, que hasta que no la rescató Emilia Pardo Bazán su obra fue silenciada.
En cualquier caso, hablamos de una élite, personas privilegiadas. La condición del resto, la mayoría las mujeres, ¿era la de un cero a la izquierda?
Era más fácil que una noble, o una mujer de clase acomodada, aprendiera a leer, porque les enseñaban en su casa. No iban a colegios. Por descontado que, en las clases bajas, y en el mundo rural, era impensable que una mujer leyera. Casi como lo era el hecho de que leyera un hombre, pero sí que es cierto que se tenía un poco más de cuidado con la educación de los niños, porque ellos estaban llamados a ejercer un oficio, y las mujeres no. Llega después la Ilustración, con toda la fuerza de sus ideas, más laicas, que pretenden hacer avanzar a la sociedad, en la que se considera que la participación de los ciudadanos es fundamental, y por lo tanto deben ser educados. Entonces surge un debate sobre la necesidad de educación de las mujeres y las primeras voces que plantean una educación igual a la de los hombres, como la de Josefa Amar y Borbón. Las mujeres salen de aquel ámbito privado, tan cerrado, que era su hogar. Quieren participar en la sociedad, en estos planteles de ideas que fueron las sociedades económicas y de amigos del país. Y no se lo permitieron. Pero se las arreglaron creando espacios como las Juntas de Damas de Honor y Mérito.
La religión, la Iglesia, no fueron seguramente ajenas al papel de las mujeres en el conocimiento, sino todo lo contrario…
La Iglesia católica siempre ha tenido un poder muy significativo en la evolución de las ideas en España. Era uno de los estamentos dominantes. La Iglesia, por tanto, lo que pretendía era velar por la virtud de las mujeres. Para ello utilizó medios como la Inquisición, que fue durante muchos años un arma de censura tremenda. Algunas obras no solo estaban prohibidas para las mujeres, sino para todos. Horrorizaba que penetraran en España las ideas de la Reforma. Pero las mujeres sufrieron esa censura, más fuerte que la de los hombres, también en la familia, por parte de sus esposos. Pero en el siglo XVIII, algunas mujeres nobles y de clases acomodadas, que habían sido educadas e incluso hablaban idiomas, fueron conscientes de que había que traducir obras editadas en el extranjero. En España quizás hubo más resistencia a todo ello por el peso que se arrastraba desde la Edad Media. El debate de la educación comenzó en el siglo XVIII, y la educación no fue obligatoria para niños y niñas hasta 1909. En 1857, con la ley Moyano, la enseñanza comenzó a ser regulada por el Estado, pero para las niñas no era obligatoria.
Planteas la educación como la clave de la igualdad…
La educación, la capacidad lectora, es clave, porque hay que formarse un pensamiento crítico propio. No podemos creernos lo que nos dicen, y ahora especialmente, en este mundo permanentemente conectado. Y el pensamiento solo se puede formar si se recibe una formación objetiva en valores, y yendo a las fuentes. Solo así se es capaz de asimilar las ideas y de crear las tuyas propias. Si no, somos prisioneros de lo que otros dicen, y eso es un grave peligro para la libertad individual.
¿Pero eso no es eterno, ni está garantizado, sino que puede ser revertido, mixtificado…?
Como demuestra la historia, nada está garantizado. Por eso es importante saberlo. Para las mujeres, conseguir la libertad entendida como el derecho a ejercer tu dignidad como ser humano, en igualdad con el hombre, es una batalla de siglos. Esto es algo que hemos conquistado gracias a estas sembradoras de palabras. También gracias a políticos que en muchos momentos han apoyado.
Apuntas a 1936, el período de la Segunda República, como un hito importante en esta lucha por el acceso a la lectura, la escritura, la educación de las mujeres…
Fue significativo porque, por primera vez, las mujeres consiguieron el derecho al voto, gracias a mujeres como Clara Campoamor. Se cambió también la normativa legal respecto a algunos delitos que afectaban fundamentalmente a las mujeres. Las mujeres se sintieron mucho más dispuestas a ejercer su libertad. Es aquel mundo de las modernas, donde había pensadoras, escritoras, pintoras, fotógrafas… Se desarrolló la capacidad de creación, que es fundamental para el enriquecimiento de la sociedad. Lo que al principio fueron temas más banales en la creación femenina, dirigidos a las mujeres, se acabó desbordando. Las mujeres se vieron en la necesidad de opinar. Y opinaron, más allá del amor romántico, sobre la necesidad de tener una profesión. Escribieron libros y también opinaron mucho en la prensa. Algunas incluso fundaron revistas y diarios para poder sentirse libres de expresar sus ideas.
¿Dónde está hoy esta memoria histórica de la que hablas?
Hoy, afortunadamente, el mundo editorial en España funciona muy bien. Ha dado mucha fuerza, no solo a la creación literaria actual, sino a lo que fueron las ideas pasadas. Son importantes también los eventos organizados en torno a algunas mujeres pensadoras, escritoras… También juegan un papel muy positivo los grupos de investigación en las universidades, en relación con la crítica literaria feminista. Hay editoriales que incluso han editado obras completas de mujeres, algunas casi desconocidas, que se han leído y se leen.
¿Quién, entre las mujeres intelectuales, brilla especialmente con luz propia en la cultura española?
Hay muchas, pero se puede citar a Emilia Pardo Bazán, una mujer totalmente libre, sin miedo a que la utilizaran. Hay que tener en cuenta que, además de no aceptarlas socialmente, las ridiculizaban con epítetos como «marisabidillas», «bachilleres», «sabiondas»… Pardo Bazán quiso ser independiente y escritora, «oficio totalmente varonil», en sus propias palabras, que sentó las bases de la reforma del sistema penitenciario español. Tenemos también a Concepción Arenal, a María Zambrano, filósofa, que acuñó el preciado término de la «razón poética», y a María Lejarraga, que incluso después de separada escribía con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra.















