Como Brutus ante César, Carles Puigdemont ha decidido romper con su aliado convencido de que así defiende su causa y la coherencia de su proyecto. En Juli César, William Shakespeare hace decir al dictador moribundo una frase que aún resuena como advertencia universal: «¿Et tu, Brute?» ¿También tú? El gesto de Brutus, que quería salvar la república, acaba precipitando su caída. Y también aquí, la decisión de Puigdemont, presentada como un acto de fidelidad, puede acabar teniendo consecuencias más profundas que el simple desacuerdo con Pedro Sánchez, favoreciendo justamente a aquellos que saldrán más beneficiados: PP y Vox, los mismos que esperan el desenlace con un silencio satisfecho.
La ruptura puede parecer un gesto de fuerza, pero en realidad puede convertirse en un error de envergadura. Hasta ahora, Puigdemont había conseguido situarse en un espacio de influencia real: condicionar el gobierno español, hacer valer los votos de Junts y mantener vivo el relato del diálogo sin renunciar al conflicto. Con la ruptura, sin embargo, este equilibrio se rompe. Si la decisión precipita elecciones, el riesgo es claro: que la irritación del votante progresista y la fragmentación del bloque de izquierdas acaben devolviendo el poder a PP y Vox. Y entonces, lo que hoy se presenta como una victoria moral podría convertirse en su derrota más práctica —y en la del conjunto de Cataluña, que vería cerrada de nuevo cualquier brecha de negociación.
Detrás de esta ruptura también hay miedo. No solo el miedo a perder la coherencia o el relato, sino la más inmediata: la de perder votos. Las encuestas apuntan a que la Aliança Catalana de Sílvia Orriols está mordiendo terreno a Junts, sobre todo entre los sectores más desencantados con la política de acuerdos y concesiones. En este contexto, Puigdemont necesita marcar perfil, recuperar el epicentro del discurso soberanista y demostrar que no es ninguna muleta de Sánchez. Pero esta huida hacia adelante tiene un precio: refuerza el relato de confrontación que la derecha española —y ahora también la extrema derecha catalana— utilizan para dividir y desgastar. El riesgo es que, al querer esquivar el fuego de Aliança Catalana, acabe alimentando un fuego mucho mayor, el de PP y Vox.
Puigdemont ha querido vestir la decisión con argumentos de fondo: los supuestos incumplimientos de Sánchez en tres frentes: la aplicación de la ley de amnistía, la oficialidad del catalán a la Unión Europea y el traspaso de competencias en inmigración. Pero ninguno de estos obstáculos depende solo del PSOE. La amnistía la ha frenado el Tribunal Supremo, el catalán ha topado con la reserva de Alemania y el traspaso de inmigración se ha encallado por el voto decisivo de Podemos. Lo menos relevante, al fin y al cabo, es que los socialistas hayan aceptado una ley hecha a medida, se hayan esforzado por obtener apoyos en el Consejo Europeo o hayan votado a favor del traspaso. El trasfondo es otro: la necesidad de Junts de marcar perfil ante la presión de Aliança Catalana. Y es aquí donde la coherencia se confunde con el cálculo, y el riesgo de perder el relato puede acabar convirtiéndose en el riesgo de perderlo todo.
Como en toda tragedia, el desenlace no depende solo del protagonista, sino también del contexto que lo rodea. Puigdemont puede pensar que rompe para preservar su causa, pero corre el riesgo de acabar siendo el personaje que, al querer mantener la pureza del relato, abre la puerta al retorno de los que querían hacerlo desaparecer. Si la política es el arte de gestionar los posibles, su decisión parece más próxima al gesto simbólico que a la estrategia. Y ya se sabe: en política, como en Shakespeare, los gestos simbólicos acostumbran a tener consecuencias irreversibles.







