Elogio del quiosco (y de los quiosqueros)

Bluesky

Nuestro padres, con mucho esfuerzo, hicieron lo que pudieron y aquellas academias de piso, que no siempre estuvieron a la altura de las circunstancias, pusieron en ocasiones su granito de arena. Pero, sin atisbo de duda, para varias generaciones de ciudadanos/as españoles los quioscos de barrio fueron esenciales para nuestra formación cultural. Allí adquirimos e intercambiamos nuestros primeros tebeos (El Capitán Trueno; Mortadelo y Filemón; 13, Rue del Percebe); nuestros primeros crucigramas; nuestras primeras (y a veces inacabadas) colecciones de cromos, con las que aprendimos las capitales del mundo y empezamos a interesarnos por el mundo de los trenes, compartiendo entusiasmo con nuestros padres ferroviarios.

Susana Alonso

También de adultos. Ha sido costumbre nuestra leer el diario todos los días de la semana, del mes y del año. Si se agotaban, a veces sucedía los domingos, nos desplazábamos a otros barrios o al centro de la ciudad para hacernos con algún ejemplar. Siempre había algún quiosco abierto que venía en nuestra ayuda.

En esos diarios leímos columnas nunca olvidadas. La “Del alfiler al elefante”, por ejemplo. Con ella descubrimos a Manuel Vázquez Montalbán y adquirimos hábitos  que seguimos practicando: leer los titulares de todos los diarios que están expuestos (a veces la contraportada). Comentábamos la información con el quiosquero, que poco a poco se iba convirtiendo en un compañero, en un “confidente político”, incluso en un amigo.

También fueron esenciales las revistas de información política o cinematográfica que allí adquirimos. Triunfo, por ejemplo; también Cuadernos para el diálogo o Fotogramas. ¿Quién no recuerda la portada de aquel Triunfo dedicado al golpe de estado de Pinochet y sus secuaces? ¿Quién no recuerda aquel Cuadernos de 1969 que publicó la entrevista a Manuel Sacristán sobre la primavera de Praga y la invasión de Checoslovaquia?

Pienso también en el fervor que teníamos en hacernos con los ejemplares quincenales de  Saida o los mensulaes de El Viejo Topo, Vibraciones, Mundo Científico, Investigación y ciencia o Transición durante el tiempo de la transición política y muchos años después. Nos abrían la mente, nos hacían más críticos e informados, hacían que el mundo fuera mucho más interesante, nos hablaban de temas y autores desconocidos. Nos hacían mejores, menos ignorantes, más sabios.

Y no solo fueron tebeos, diarios o revistas. También libros, muchos libros (por ejemplo, la excelente colección de “Grandes ideas de las matemáticas”), y colecciones de música clásica o de ópera que podíamos adquirir a precios razonables. ¡Quién no recuerda el CD con las oberturas mozartianas dirigidas por Karl Böhm!

Pero los tiempos cambian, aceleradamente en ocasiones, y no siempre para mejor.  En este caso, para peor, para mucho peor: ¡Nos estamos quedando sin quioscos, cada vez quedan menos! ¡Muchos de ellos se han reconvertido en lugares de venta de souvenirs para turistas, sin apenas diarios y revistas! En muchos barrios de Barcelona, ya no hay quioscos.

El último en cerrar del que tengo constancia es el del Born. ¡Un quiosco que siempre ha estado ahí, desde que acudíamos a conciertos y convocatorias en solidaridad con países latinoamericanos (¡con José María Valverde en lugar destacado!) en el antiguo Born!

El quiosquero ha querido despedirse de todos nosotros. Nos ha dejado una nota: “A todos mis queridos clientes y amigos del Born: Gracias por estar conmigo tantos años detrás del mostrador. Cada risa, cada charla y cada visita han hecho que este quiosco sea mucho más que un lugar de paso. ¡Es, ha sido, un pedacito del barrio lleno de vida! Este mensaje es para ustedes, porque con su apoyo, cariño y compañía han hecho que cada día valga la pena. Muchas gracias de todo corazón. El quiosquero del Born”.

Sus clientes, sus amigos, también han querido decir la suya: “Gracias a ti. Siento no habernos podido despedir. Tu amiga de “Relax”. Que te vaya muy bien”. “¡Eres muy grande!” “¡Gracias a ti por ser tan maravilloso!”.

Barcelona, también otras ciudades y pueblos, está a punto de perder una de sus riquezas, uno de sus lugares de encuentro, de conversación, de cultura, de aproximación. Y será una lástima, una verdadera lástima. La ciudad de Salvat Papasseit, de  López Raimundo, de Teresa Pàmies, de Puig Antich, de Neus Porta, de Giulia Adinolfi y de Paco Fernández Buey no se lo merece. ¡Hagamos todo lo que esté en nuestras manos para impedirlo!

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