Guerra santa contra Occidente

El Parlamento ucraniano aprobó en octubre pasado, en primera lectura, un proyecto de ley destinado a eliminar a las organizaciones religiosas vinculadas al Patriarcado de Moscú. La decisión llega después de que las buenas artes del presidente húngaro Viktor Orban hicieran descarrilar los intentos de incluir al Patriarca Cirilo I de Moscú y Todas las Rusias en la lista de personas sancionadas por su responsabilidad en la guerra de Ucrania. Una responsabilidad que parece acreditada por sus acciones e inacciones, que van desde el silencio ante los crímenes de guerra cometidos contra civiles ucranianos, en muchos casos miembros de su congregación, a la bendición de misiles y soldados rusos que luchan en el frente.

Cirilo I ha llegado a proclamar una especie de guerra santa contra Ucrania al asegurar que el ejército ruso lucha allí contra el Anticristo. Algunos meses antes ya había bendecido la agresión rusa en un sermón en el que afirmó que el sacrificio de la vida “en cumplimiento del deber militar en el frente ucraniano limpia todos los pecados”.

Susana Alonso

La guerra santa se libra en Ucrania, pero va dirigida contra Occidente y todo lo que simboliza. Cirilo I lo dejó claro en un sermón pronunciado el pasado mes de marzo, en el que afirmó que esta guerra es de “un significado metafísico” y tiene como contendientes a una Rusia virtuosa y un Occidente en decadencia moral “por sus marchas del orgullo gay y otras muchas señales de la llegada del apocalipsis”.

Esa visión del mundo occidental coincide con la de Putin. A los menos con el Putin de ahora, pues en sus primeros años en el Kremlin se mostraba refractario a potenciar la iglesia ortodoxa, hasta el punto de que hizo cuanto estuvo en su mano para evitar que se impartieran clases de religión en las escuelas públicas. Poco a poco, a medida que tomó conciencia de la capacidad de la religión para influir en los países de la antigua URSS y su órbita, y su eficacia como coartada ideológica y moral de sus políticas, las subvenciones al Patriarcado de Moscú fueron aumentando. En contrapartida Cirilo I se convertía al putinismo. Ya en 2012 aseguraba que la llegada de Putin al poder era un verdadero milagro y en los últimos años se ha dedicado a justificar la represión policial contra las manifestaciones de los grupos opositores.

Hoy Putin utiliza un discurso prácticamente calcado del de Cirilo I. Considera que tiene la obligación de defender a Rusia de una cultura occidental que considera depravada, que destruye la familia, así como las identidades culturales y nacionales y que “ha hecho de la perversión, el abuso de los niños e incluso la pedofilia, norma de vida”.

Hay que prestar atención a estas palabras que vienen a confirmar las intenciones de Putin de recomponer no ya la Unión Soviética, sino el Imperio Ruso, aquél donde regía un estatuto eclesiástico que subordinaba la iglesia ortodoxa a los deseos del Zar.

Un 78% de los ucranianos se identifica como cristianos ortodoxos, y de ellos un 30% depende del Patriarcado de Moscú, que cuenta en el país con cerca de 20.000 parroquias. De ahí el miedo del gobierno de Zelenski hacia una iglesia que intenta actuar como quinta columna dentro de su país.

Esta desconfianza se extiende a la Iglesia Ortodoxa de Ucrania, que logró separarse del Patriarcado de Moscú en 2019 como respuesta a la ocupación del Donbás y de Crimea. El gobierno ucraniano sospecha que algunos de los principales popes de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania mantienen vínculos con Moscú, algo que éstos niegan. De ahí que en marzo abriera un conflicto para intentar desalojar a los doscientos monjes y cuatrocientos seminaristas que viven en el Monasterio de las Piedras de Kiev, un espacio ocupado por la comunidad eclesiástica desde el año 1051, aduciendo el fin del contrato de arrendamiento.

Los monjes se negaron a marcharse de una de las principales sedes de la nueva Iglesia Ortodoxa de Ucrania y la fiscalía acusó formalmente a su abad, el Pasha Mercedes, de instigar el odio religioso y de justificar la agresión rusa .

Rusia no dejó pasar la ocasión de hacer sangre y en julio dio un apoyo envenenado a la Iglesia Ortodoxa Ucraniana, cismática según su baremo, al denunciar su persecución y la vulneración sistemática de los derechos humanos en Ucrania en cuanto a la libertad de culto. También denunciaba la falta de reacción de la comunidad internacional ante estos hechos y el silencio de Naciones Unidas.

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