Llorar…

Llorar o no llorar, esa es la cuestión. Nacemos llorando, y en caso de no hacerlo, nos dan un golpe en el trasero. Luego, cuando todavía no hablamos, llorando indicamos que tenemos hambre, o que no nos encontramos bien, o lo que sea. Continuamos llorando a lo largo de la infancia, aunque ya podamos expresarnos verbalmente, para reafirmar sentimientos. Y seguimos llorando siempre, pero llega un momento en que, a saber cuándo y por qué, se nos cuestiona la oportunidad de hacerlo, o al menos de hacerlo en público. Se convierte, dicen, en una muestra de debilidad y, para más inri, se relaciona con las mujeres. Dice la leyenda que, cuando Boabdil lloraba al mirar a Granada tras la capitulación, su madre Aixa le soltaba: «Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre». Una mala fama, la de llorar, que nada tiene que ver con la realidad; está demostrado que llorar, por lo menos psicológicamente, aporta beneficios para la salud mental.

Durante la pandémica se lloró mucho, en público y privado, e incluso entonces se cuestionó la oportunidad de hacerlo. Recuerdo cuando, a la entonces consellera de Salut, Alba Vergés, le falló la voz, visiblemente emocionada, al anunciar el confinamiento de Igualada, donde dejó a su familia. O cuando la consejera de Sanidad de Castilla y León, Verónica Casado, intentaba leer, desbordada por la emoción, los nombres de los sanitarios que habían fallecido por el coronavirus en la región. O cuando en el funeral celebrado por las víctimas de la pandemia en la Almudena, a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, se le escapó una lágrima. Se dijo entonces que a la política hay que ir llorados, o incluso, en el último caso, se dijo que había fingido.

Quien ha llorado esta semana ha sido un hombre (!). El presidente del FC Barcelona, Joan Laporta, se hundió el otro día y rompió a llorar. Al estilo Josep Lluís Núñez, ocurrió durante un acto con los capitanes de los distintos equipos del Club, y lo captaron las cámaras de televisión. Sobrepasado por el caso Negreira -una investigación por posible corrupción que involucra a José María Enríquez Negreira, exárbitro de fútbol español que fue vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros (CTA) entre 2016 y 2018, y el Fútbol Club Barcelona, del que habría recibido unos supuestos pagos mientras estaba en cumplimiento de sus funciones en el CTA-, Laporta no supo contener las lágrimas. Un gesto que, aunque algunos dicen que son lágrimas de cocodrilo –esos grandes reptiles lloran mientras matan o devoran a sus víctimas-, le honraba. Lo digo en tiempo pasado porque Laporta, al verse roto por la emoción, rápidamente, ha puntualizado: “No penséis que me emociono por debilidad, me emociono porque tengo muchas ganas de enfrentarme a todos los sinvergüenzas que están manchando nuestro escudo. Que nadie piense que es por debilidad”. Pues es una verdadera lástima que no lo hiciera, como yo suelo hacerlo, por debilidad.

En la cultura cristiana, una de las bienaventuranzas de Jesús dice: “Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”. Pues eso.

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