Un país curioso, con un gobierno aún más curioso

Hay que reconocer que Cataluña es un país bastante curioso, único si lo preferís. No me negareis que poner un caganer en plena representación del nacimiento de Dios o aporrear un pedazo de tronco para que cague turrones y cava es una manera bastante escatológica de celebrar la Navidad. Claro que en esto de las tradiciones en el resto del estado hacen “toros” y eso sí que es feo, pensando que los toros de las tierras del Ebro son evidentemente, algo muy diferente. No me pondré a criticar otros hechos del costumari catalán más propio dado que estamos en pleno agosto, pero no puedo morderme la lengua: tener como fiesta nacional el día de una derrota sería como si los franceses tuvieran como fiesta nacional el día 22 de junio, conmemorando la rendición de Pétain ante los nazis en 1940.

Y hablando de curiosidades esta vez independentistas, la forma que tenemos (o tienen) de proclamar la República es también curiosa. Ni Pau Claris, ni Francesc Macià ni tampoco Lluís Companys consiguieron que fuera suficientemente persistente en el tiempo y la que más duró fue una semana. Pero he aquí que el Presidente Puigdemont logró lo que parecía imposible: una república de segundos. Eso sí, después de llenarse la boca de haber construido no sé cuántas estructuras de estado y de tener preparadas no sé cuántas leyes de desconexión. Como se demuestra, las repúblicas catalanas suelen tener una curiosa proclamación. Por lo que he leído, las independencias se consiguen o por las armas o por acuerdo. Hacer el ridículo nunca ha entrado en la hoja de ruta de todos los estados que se han convertido en independientes; sólo hace falta repasar la historia.

Toda esta larga introducción sobre la manera curiosa que tenemos de proceder a los catalanes viene a cuento de la reciente propuesta del plan de usos y gestión del parque natural del Cabo de Creus de prohibir las motos de agua dentro del perímetro protegido. Y otros municipios, fuera de parque, se han sumado a la propuesta. Y estoy seguro de que el gobierno de la Generalitat (por lo menos su parte más happy flower), responsable último del parque, se añadirá con entusiasmo a la propuesta. Más allá de que prohibir siempre tiene muchos adeptos, lo hará con consideraciones que seguramente tildarán a las motos de agua de actividad poco consonante con los valores de conservación del espacio natural y que es necesario promover valores contemplativos.

Nada que decir. Las motos de agua son trastos ruidosos, incluso alteran el paisaje (sólo un corto espacio de tiempo porque van muy rápidos), pueden producir accidentes, es posible que sufran pérdidas de aceite o de carburantes y que las hélices agitan la capa superficial del agua (acción que desde un punto de vista ecológico no es malo dado que probablemente favorecen el aporte de oxígeno a la masa de agua, pero esto ya es ir muy al detalle). Me cuesta encontrar más inconvenientes en las motos de agua, fuera del comportamiento fanfarrón de algunos de los usuarios.

¿Por qué considero curiosa esta prohibición? La razón es sencilla: en el mismo espacio donde se quieren prohibir unas cuantas motos de agua un par de meses al año, no hay ningún problema en dejar construir parques industriales con molinos de viento gigantes de más de 250 metros de altura, con un impacto claro sobre el paisaje, en número todavía indeterminado pero que pueden superar el centenar, anclados al fondo con cadenas que se arrastran por encima y destrozan el bentos, impidiendo el paso de aves y mamíferos marinos, con riesgos de incendio y pérdidas de aceite, con probables accidentes y efectos negativos sobre la pesca, productores de ruidos, etc. Sobre este tipo de instalaciones, en el parque o en áreas adyacentes ampliables en un futuro inmediato, parece que el plan de usos no quiere prohibirlos.

Las motos, si las prohibimos; los molinos gigantescos, no. Es decir, vamos por el decimal y dejamos tranquilos a los miles. Todo ello a mí, personalmente, me parece una manera bastante curiosa (a nivel del caganer en el pesebre) la que tiene la administración de la Generalitat para la regulación del medio marino: preocupado por las motos de agua y en cambio entusiasta partidario (como ha declarado la Consejera Jordà) de los parques eólicos marinos que deben salvarnos de la emergencia climática.

Definitivamente somos un país curioso.

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