El señor de Gazprom

La llegada de Putin al poder está estrechamente ligada a la desigual lucha que su predecesor, Boris Yeltsin, mantenía con el vodka y a su total carencia de escrúpulos a la hora de hacer valer su cargo para enriquecerse personalmente, lo que le costó más de un disgusto, especialmente por la insistencia del fiscal general Yuri Skuratov al investigar los negocios de su entorno familiar. El tema terminó cuando, al poco de que Putin fuera nombrado primer ministro, la televisión estatal rusa emitiera un vídeo de contenido sexual protagonizado por Skuratov. El fiscal siguió en su cargo, pero las investigaciones se detuvieron.

Esta forma de actuar le valió las simpatías de Yeltsin, pero también de buena parte de los oligarcas que necesitaban la protección política del Estado para poder dedicarse a sus actividades sin demasiados obstáculos. Así es como Boris Berezovski, el hombre que introdujo a Putin en el núcleo familiar de Yeltsin, le propuso ser presidente de Rusia. Más interesado en el dinero que en el poder, Putin respondió que sería mucho mejor que le dieran Gazprom. Obtuvo ambas cosas y, además, se deshizo de Berezovski, quien acabó huyendo del país y suicidándose en su domicilio de Londres.

Putin es hoy el hombre más rico de Rusia, con un patrimonio personal estimado en unos 70.000 millones de dólares obtenidos en gran parte gracias al control de Gazprom a través de un hombre prácticamente desconocido, Alexei Miller.

Miller conoció a Putin en el ayuntamiento de San Petersburgo en los años 90, en un momento complicado para el actual presidente, pues estaba siendo investigado por sus actividades al frente del Comité de Relaciones Económicas con el Exterior debido a un negocio exportación de tierras raras por parte del gobierno de la ciudad a cambio de unos alimentos de los que nunca se supo nada. La jefa de la investigación, Marina Salye acusó a Putin ya uno de sus asesores, Alexander Anikin, de la apropiación indebida de 100 millones de dólares y recomendó su despido. El alcalde de San Petersburgo, Anatoli Sobchak, mantuvo a Putin en el cargo y despachó a Anikin.

Putin necesitaba a alguien que se hiciera responsable de cobrar los sobornos y las comisiones con las que iba haciendo su patrimonio y encontró la persona ideal en Miller, un hombre recordado por su mediocridad, falta de iniciativa e incapacidad para tomar decisiones.

Cuando Sobchak pierde las elecciones Putin se marcha a trabajar con Yeltsin y Miller se queda en San Petersburgo trabajando en el puerto, donde reportaba directamente con Ilya Traber, un líder mafioso que acabó perseguido en España por la fiscalía anticorrupción. El papel de Miller era defender los intereses de Putin.

Su salto al frente de Gazprom se produce en el 2001, poco después de que Putin llegara a la presidencia. Su doble misión consistía en diversificar las actividades de la compañía en sectores como los transportes, la construcción e incluso la banca en beneficio, casi siempre, de amigos y familiares de Putin, y convertir el suministro de gas en un instrumento para expandir el softpower ruso por Europa y, muy especialmente, Alemania. Así la gasista comienza a patrocinar equipos de fútbol, ​​como el Schalke 04, e incorpora a su consejo de administración a personajes como el excanciller alemán Gerard Schroeder y el antiguo oficial del Stasi, y amigo de Putin, Matthias Warning.

A través de Miller, Putin pone en práctica algo que le enseñó Boris Berezovski: para controlar una compañía no hace falta ser accionista ni propietario, basta con dominar el flujo del dinero y dirigirlo allá donde sea más conveniente, que no son los intereses de la compañía, sino los bolsillos de sus amigos.

Los favorecidos con las adjudicaciones sabrán cómo devolver el favor. Un ejemplo es el empresario de origen jordano Ziyad Manassir, el principal contratista de Gazprom, quien se hizo cargo de la construcción de la piscina de la residencia de Putin en Novo Ogaryovo, en las inmediaciones de Moscú. También encargó al arquitecto italiano Lanfranco Cirillo la edificación del impresionante palacete del presidente ruso en la costa del mar Negro, donde llegaron las contribuciones de al menos ocho empresas. El caso levantó el interés de la ONG Fundación Anticorrupción quien hizo público un vídeo sobre el tema. Su director era Alexei Navalny.

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