Las mierdas de Putin

Cuando uno piensa en espías enseguida le viene a la cabeza una lucha por conseguir y esconder información. Un combate escondido que, en ocasiones, adquiere aspectos francamente escatológicos. Si no, que se lo pregunten a los agentes del FSB, el Servicio Federal de Seguridad ruso, heredero del antiguo KGB, cuya misión es recoger, custodiar y trasladar hasta Rusia, para su destrucción, las deposiciones y otros elementos orgánicos excretados por Vladimir Putin durante sus viajes al extranjero. No es un trabajo agradable, pero parece que alguien debe hacerlo.

Tampoco es un trabajo nuevo. En febrero de 2020, la actriz estadounidense Julia Louis-Dreyfus, una de las protagonistas de la serie Seindfeld, explicaba en un programa de televisión como en el transcurso de una visita al Museo de Historia del Arte de Viena algunos trabajadores le explicaron que Putin había estado algún tiempo antes y, a la hora de organizar el recorrido, les exigieron la instalación de un armario seco especial, fuera del edificio, para que el presidente pudiera utilizar su baño personal en caso de necesidad. Este inodoro portátil es el mismo al que recurre dentro del avión que utiliza en sus desplazamientos.

Ésta no es la única fuente que se refiere al resultado del vaciado de los intestinos presidenciales, ni la única vez en que el secretismo en torno a las deposiciones del sátrapa de Moscú ha sido noticia. La revista Paris Match publicó un reportaje de los periodistas Régis Genté y Mijaíl Rubin donde se explicaba que la recogida de las heces y la orina de Putin ya se practicaba como mínimo desde mayo del 2017, cuando visitó Francia, y también durante su estancia en Arabia Saudita en 2019.

La periodista rusa Farida Rustamova va más allá y asegura que “la práctica de utilizar un aseo especial en los desplazamientos al extranjero ha acompañado a Putin desde el inicio de su presidencia. En los viajes por el interior de Rusia, los agentes hacen una limpieza en profundidad de las tuberías de los servicios que ha utilizado, pero esto es muy difícil de echar fuera del país”, al menos con la discreción que piden las operaciones de espionaje. Esta costumbre explicaría que en la cumbre celebrada en diciembre del 2019 en Normandía para estimular el cumplimiento de los acuerdos de Minsk para conseguir la paz en el Donbass se vieran hasta seis agentes secretos escoltando al presidente ruso cada vez que iba al baño.

El secretismo no se limita a sus heces. Rara vez bebe en una taza o un vaso que no sea suyo, utiliza su propio termo, y en las contadas ocasiones en que lo hace, su escolta se encarga de que nadie más la toque. Luego la limpian a fondo y eliminan cualquier rastro, o simplemente se la llevan. También se controlan las huellas dactilares cuando toca algo.

Los datos biométricos de los presidentes y altos mandatarios de cualquier país suelen ser secretos de Estado. De hecho, la famosa fotografía en la que Putin y Macron aparecían sentados en los extremos de una mesa kilométrica tiene su origen en la negativa del presidente francés a someterse a un test de antígenos por temor a que se pudiera recoger una muestra de su ADN. Los temores de los servicios secretos rusos parecen ir mucho más allá de las prácticas habituales en el resto de países, y nos llevan a los tiempos de la antigua URSS, cuando el KGB hacía lo propio con los productos de desecho orgánico del secretario general del PCUS, Leonid Bréjnev.

El exceso de celo a la hora de gestionar los residuos de Putin, a pesar de venir de lejos, no ha hecho más que disparar los rumores sobre su salud. Hace tiempo que se dice que podría estar afectado por algún tipo de cáncer en estado avanzado, se especula que sufre una leucemia. Su menguante aparición en actos públicos durante los últimos meses, como la ausencia en el reciente partido de las estrellas de la liga rusa de hockey hielo, donde le gusta mostrar su habilidad con el stick, vienen a reforzar esta idea. La situación ha llegado hasta el punto de que el propio ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov, se ha visto obligado a desmentir cualquier posible enfermedad. No tuvo mucho éxito. Son muchos los que creen que los desmentidos y el secretismo en torno al estado de salud de Putin no son más que intentos de evitar una lucha por la sucesión en Moscú.

Susana Alonso
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