Laporta provoca las primeras tensiones entre sus filas

Sus 'talibanes' y radicales como Sala-i-Martin no perdonan que quienes se declaran leales expresen la más mínima duda o discrepancia

Xavier Sala-i-Martin
Xavier Sala-i-Martin

Joan Laporta es perfectamente capaz de provocar una guerra civil entre los suyos, de provocar tensiones insuperables dentro de ese colectivo de conocidos, amiguetes, colocados, palmeros y no pocos periodistas que, por las razones que sean, le deben una lealtad incondicional y ciega.

Es curioso que, mientras la mayoría de los socios vive hasta con euforia el resurgir del equipo de Xavi, ni que sea para celebrar una imparable carrera hacia la conquista de un puesto de Champions para la próxima temporada, el entorno más activo y comprometido de esta presidencia ha empezado a zarandearse entre sí en las redes en un tono hasta agresivo. Una reacción de nerviosismo y de inseguridad ante la menor crítica o desviación del credo.

A la vista del intercambio de golpes detectado, la unidad en torno a la figura de Laporta empieza a quebrarse entre quienes secundan las decisiones del presidente, sean las que sean con una adhesión inquebrantable e irracional, y quienes, aunque se identifican igualmente entre los laportistas, se atreven a discrepar ligeramente o a sugerir que la gestión presenta leves fisuras respecto al plan inicial.

Intolerancia propia de un ejército de talibanes integrado por aquellos que, a la estela de Laporta, han podido recuperar, o empezar a disfrutar gracias al Barça, una vida de cinco estrellas y por la que parecen estar dispuestos a todo, a morder a sus propios hermanos si hace falta con tal de no perderla.

Es el caso de Xavier Sala-i-Martin, ahora número uno de la Fundació Barça y gladiador implacable de su neo-emperador, que ayer saltó a la yugular del periodista Ernest Folch, poco dudoso de militar en el bando ganador de las últimas elecciones, por no haber aplaudido con el entusiasmo debido el acierto de prescindir del CEO. «Laporta confesó sin ruborizarse que el Barça debía dirigirse como una empresa familiar, que no hacía falta ningún CEO y que bastaba con un director general. Es decir, que se confirma que con la marcha abrupta de Reverter se aborta definitivamente el camino hacia la profesionalización de la gestión que Laporta defendió en la campaña electoral y se opta por una gestión estilo años ochenta», escribió Folch en su último artículo.

La respuesta de Xavier Sala-i-Martin fue rápida y envenenada: «Ernest: no tienes ni idea de cómo funcionan las empresas. El CEO NO ES UN CONTRAPODER. Es quien tiene que ejecutar la visión de los propietarios (consejo de administración). Los propietarios del Barça (socios) votaron LAPORTA», escribió en uno de esos hilos de Twitter en los que se fue creciendo: «El hecho de que el Barça esté constantemente vigilado por periodistas como Folch, que pontifican sin saber nada, hace que todas las hostias se las lleven los presidentes (incluso por cosas que decide el CEO)… ¿Y nos podrías decir qué diferencia práctica habría en el Barça entre un CEO (Chief Executive Officer) y un director general dado que la directiva los nombra y despide cuando quiere? Si crees que tener un nombre pomposo en inglés te hace más profesional, eres más iluso de lo que pensaba».

Para rematar su línea de pensamiento, Sala-i-Martin acabó dejando una reflexión interesante: «… y por tanto, los presidentes (¡TODOS!) acaban pensando: si las hostias me las llevo yo, pues seré yo quien tomaré las decisiones».

En definitiva, como ya se percibió en el momento que Ferran Reverter renunció al cargo, el núcleo duro del presidente lo interpretó como una traición y una deslealtad, momento a partir del cual el CEO dejó de considerarse un fenómeno en su puesto, el mejor fichaje y un descubrimiento de Laporta, el genio de las finanzas, el Messi de los CEO y el profesional que, con una clarividencia y visión excepcionales, no sólo había recompuesto la situación económica con un crédito de Goldman Sachs (590 millones) a una velocidad de vértigo, sino que, también como resultado de esa lucidez propia de los elegidos, había intuido que el pacto con CVC era una trampa mortal y que la apuesta buena era la de la Supercopa.

No importa que, en toda esa estrategia, Laporta estuviera de acuerdo y alineado con Reverter, ni que ambos participasen de un plan de capitalización mixto, al estilo del Bayern de Munich, como el único modelo posible de salvación.

Dicho de otro modo, Reverter nunca pudo dar un paso que no hubiera bendecido el presidente y que la crisis y ruptura entre ambos fue por el motivo inverso, a causa de que el presidente le ocultaba al CEO sus caprichos, fichajes, decisiones y negociaciones propias de un personaje como Laporta impulsivo, totalitario y mandón que cuando llega carnaval se disfraza de Rey Sol.

Sala-i-Martin, desesperado por vender algún libro, buscó el enfrentamiento en las redes contra Ernest Folch, impulsado por un ataque emocional entre ansioso y nostálgico de los tiempos en los que él mismo, con Joan Laporta, Rafael Yuste y Joan Oliver, formaban aquel gran equipo de amiguetes, que eran como una familia, que arruinó al Barça primero y luego liquidó al Reus.

Precisamente, Ferran Reverter buscaba evitar que la historia se repitiera, pero se topó con la cruel e inevitable realidad de un presidente al más puro estilo Putin, democráticamente elegido, al que se la ha permitido convertirse en ese gran dictador que tanto admira Sala-i-Martin.

La figura de director general como tal se creó en el Barcelona en el año 2001, bajo la presidencia de Joan Gaspart, con el objetivo de profesionalizar las áreas de gestión de la entidad.

Anteriormente, con Josep Lluís Núñez al mando de la entidad, el propio presidente ejercía por analogía de sus funciones como CEO, no remunerado, asistido por un gerente y un director financiero.

El primer director general del Barcelona fue Javier Pérez Farguell, el ejecutivo de mayor rango en el club hasta la llegada de Joan Laporta en verano de 2003.

Su sustituto fue el entonces vicepresidente económico Ferran Soriano, actual CEO del City Football Group, el conglomerado empresarial que administra, entre otros, clubes como el Manchester City. Le sustituyó Anna Xicoy hasta que en 2008 poco después de la dimisión de ocho directivos, entre ellos el propio Ferran Soriano, Laporta pudo por fin fichar a Joan Oliver, exdirector de Televisión de Cataluña (TV3), que fue el máximo ejecutivo del club hasta la llegada en el año 2010 de Sandro Rosell como máximo mandatario.

El CEO elegido entonces fue Antoni Rossich, sin experiencia en el mundo del fútbol, que sería relevado en 2014 por Nacho Mestre después de firmar unos beneficios de más de 120 millones en cuatro temporadas. Débil y desorientado, rápidamente fue relevado por Òscar Grau hasta 2021.

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