Diversidad como peligro

Hace pocas semanas conocíamos un estudio qué nos decía que el 20% de los jóvenes entre 19 y 25 años niegan que exista la violencia de género y que la consideran un invento ideológico. Por otro lado, esta semana salía un estudio de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género que apuntaba que unas 400.000 mujeres reconocen que han sufrido acoso sexual en el trabajo los últimos 12 meses, y que solo tres de cada 10 trabajadoras asediadas lo denuncian. La noticia se complementaba con la presentación de un protocolo obligatorio para las empresas para concienciar sobre qué es el acoso con el objetivo de parar este tipo de violencia. El Departamento de Interior también formalizó en 2019 un protocolo de seguridad contra las violencias sexuales en entornos de ocio, el cual está mirando de extender por el territorio a través de convenios de colaboración con ayuntamientos con el objetivo de evitar conductas que atenten contra la libertad e indemnidad sexuales. En este sentido, el protocolo establece, como novedad, conductas de acoso sexual no previstas al código penal pero que se consideran sancionables, como son el exhibicionismo obsceno delante personas adultas, la masturbación en espacios públicos, obtener imágenes de partes íntimas o el acorralamiento con fines sexuales. Otro dato a apuntar: las víctimas de estas conductas son en un 98% mujeres y el 90% de quienes las realizan son hombres.

¿Qué es lo que estamos haciendo mal? ¿Qué es lo que hace que cada vez haya conductas más misóginas, pero que en cambio los jóvenes crean que la violencia de género es un invento ideológico? ¿Qué concepción tienen estos jóvenes de lo que hacen los talibanes? Los gobiernos hacen protocolos,  denuncian la violencia, pero después hablan de cambiar la patria por la matria, porque esta es cuidadora, dulce, dialogante. Después nos quieren convencer de que hay que decir “totis” y nos hablan de “cis” y “trans”. Es el súmmum de la modernidad. Hasta el punto que ahora ya muchos jóvenes no saben si son hombres y mujeres, como si dependiera de nada más que lo que tienes entre las piernas ser hombre o mujer. “Yo soy no binario” dicen, y el peligro es que la realidad no se puede esconder. Y que las personas con vagina por muy no binarias que se sientan tienen más posibilidades de sufrir acoso sexual. Bajo la pátina del respeto por la diversidad lo que se está haciendo es esconder auténticos problemas que seguirán existiendo, pero que no tendrán como denominarse. No es extraño que si enseñamos a la gente que el género se puede elegir, crean que la violencia que se deriva no exista. Debe ser tan fácil como no querer ser del género violentado…

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