De ‘tíos’, colegas, compañeros y amigos

A veces puede ser bueno recordar la etimología de las palabras que ordinariamente utilizamos -nosotros, nuestros hijos-, aunque sólo sea para recordar que muchas de ellas provienen de dos lenguas que casi sólo se enseñan en algunos seminarios y en algunas aulas vaciadas: el griego y el latín; sin embargo, tanto una lengua como la otra forman parte de lo que acostumbramos a llamar la tradición jurídica europea. Y que sea por muchos años.

Josep Pla distinguía, en su tiempo y en una frase que hizo fortuna, entre tres clases de contemporáneos suyos: los amigos, los conocidos y los saludados. Tal vez hoy habría que añadir algún grupo más, o un subgrupo de los saludados integrado por los tíos, y un subgrupo de los conocidos en lo que podríamos incluir los colegas. La relación debería acabar con un grupo final, formado por los no saludados ni en el ascensor, que son la inmensa mayoría.

Todos sabemos que la palabra tío designa un hermano del padre o de la madre, y así hablamos del tío Jordi o de la tía Marta. Etimológicamente, tío deriva del griego theios, que significaba «divino» y también «respetable o venerable»; esta palabra pasó al latín como thios, y luego a las llamadas lenguas romances, donde en un primer momento se empleaba respetuosamente, como una categoría inferior a la de señor o la de don. Sin embargo, a partir de finales del siglo XIX constituye un término coloquial y más bien despectivo para identificar a una persona cualquiera, un fulano. «Este tío es un imbécil». «¡Qué jeta tiene esta tía!».

En su muy recomendable diccionario, María Moliner dice que tío es un calificativo insultante para designar despectivamente una persona, si bien también puede tener un sentido admirativo cuando decimos, por ejemplo: «¡Qué tío!».

Algo análogo ha pasado con la palabra colega, que en Roma -y ese es su origen etimológico- se utilizaba para designar a las personas que ejercían una misma función, que tenían un mismo cargo, o que provenían de un mismo colegio, particularmente si se trataba -escribe María Moliner- de actividades intelectuales. Un diputado sería colega de otro diputado, aunque formaran parte de dos grupos políticos irreconciliables, y un epidemiólogo sería colega de otro epidemiólogo, aunque sus teorías respecto a la Covid sean opuestas.

Hoy la idea de colega se utiliza para referirnos a cualquier persona con la que tenemos alguna afinidad o compartimos una afición: «He ido de excursión con dos colegas». «He jugado al golf con una collega». Abundan los tíos y los colegas, en especial entre las nuevas (o no tan nuevas) generaciones, en cambio, tengo la impresión de que no se utiliza mucho la palabra compañero – etimológicamente, aquel con el que compartimos el pan, a menudo el de cada día- para referirnos a nuestros semejantes, aquellos con los que solemos ir a comer, a conversar, a hacer planes. También es llamada compañero la persona que detiene el grado segundo de la masonería. Antes, muchos de nosotros designábamos como compañero o compañera nuestra pareja.

Descubrir que alguien tenía los mismos gustos e inclinaciones que nosotros significaba haber encontrado un compañero. El poeta Miguel Hernández acababa su vibrante elegía dedicada a Miguel Sijé, con este memorable cuarteto: «A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata te requiero /, que tenemos que hablar de muchas cosas /, compañero del alma, compañero».

En cuanto a la palabra amigo -amicus en latín, que deriva del verbo amare, la raíz indoeuropea es amma (voz infantil para llamar a la madre) -, en general la reservamos para designar aquellas pocas, poquísimas personas con las que hemos establecido una relación no sólo de compañerismo, sino también de fraternidad duradera, a la que muy a menudo se llega después de un itinerario de trabajos y de dolor. Ramon Llull, en su Llibre de amic e amat, nos cuenta que el primero (el amigo) dijo al segundo: “Saps encara què és amor? Resposta: Si no sabés què és amor, ¿sabria què són els treballs, tristícia i dolor?”.

Susana Alonso

En una de sus mejores canciones (Jo vinc d’un silenci), el poeta y trovador valenciano y catalán Raimon cantaba que «quien pierde los orígenes, pierde la identidad». Todo es discutible, pero una manera de perder los orígenes es maltratar las palabras de la tribu, forzar su sentido. Me parece que las estamos forzando tanto que hay algunas que han dejado de tener sentido.

O quizás es eso lo que algunos pretenden.

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