Cataluña se desangra

No, este año tampoco tendremos el “maná” salvador del turismo. La pésima e irresponsable gestión llevada a cabo por el nuevo consejero de Salud, el doctor Josep Maria Argimon, ha provocado que la quinta oleada de la pandemia golpee a Cataluña con una fuerza devastadora. Con la situación sanitaria fuera de control, es obvio que los europeos escogerán lugares más seguros para pasar sus vacaciones de verano, hundiendo todavía más este sector, vital en la estructura empresarial y laboral vigente en Cataluña.

Los indicadores de la covid-19 están otra vez disparados y la Generalitat, ahogada en un mar de dudas y de contradicciones, ha perdido toda la credibilidad y la autoridad para liderar la lucha contra esta plaga. El desbarajuste de órdenes y contraórdenes ha acabado mareando a la población, que ya no se fía, ni gota, de lo que dicen los responsables gubernamentales.

En este julio “horribilis”, el Instituto de Estadística de Cataluña (Idescat) acaba de hacer públicos los datos de la encuesta sobre el riesgo de pobreza y de exclusión social (AROPE) correspondientes al 2020. Este informe certifica que hay un 26,3% de la población catalana que vive en una situación límite y desesperada. Es una cifra récord en la secuencia de los últimos años y pone de manifiesto la imparable pauperización que sufrimos y que ya afecta a la clase media, con crecientes dificultades para llegar a final de mes.

El cambio climático también se hace cada vez más presente, ante la pasividad y la inacción de los poderes públicos catalanes, distraídos y absorbidos  en la inacabable “novela de caballerías” del proceso independentista. Nuestros bosques sufren un grave déficit hídrico y las altas temperaturas han convertido las masas forestales en un polvorín que solo espera la chispa para convertirse en una insaciable bola de fuego. Lo acabamos de vivir en Castellví de Rosanes y en el parque natural del Cabo de Creus y los expertos nos advierten, angustiados, que hay que extremar todas las precauciones para evitar que los incendios se multipliquen y Cataluña sea un infierno.

El país, la patria o la matria, como lo queramos llamar, es la gente concreta que vive en un territorio concreto. Y, en este sentido, la Cataluña de hoy es un desastre. La gente, en su gran mayoría, está decepcionada y desanimada, por la situación general y por la situación personal de cada cual. El territorio está desordenado y malherido. Los campesinos cada vez son menos y cada vez están más estrangulados por la agroindustria y los mayoristas. Amplias zonas de montaña han quedado vaciadas de vida humana. Los bosques están sucios y abandonados. Las aguas freáticas, contaminadas con nitratos. El litoral está indefenso ante los estragos del cambio climático, como constatamos dolorosamente en el delta del Ebro.

Los que vivimos el franquismo, el postfranquismo, la transición democrática y el restablecimiento de la Generalitat teníamos ilusión y esperanza en un futuro en libertad y mejor para todos. Creíamos que, con la recuperación del autogobierno, seríamos capaces de construir una administración nueva y unos servicios públicos ejemplares. Entonces sí que todo estaba por hacer y todo era posible.

El impulso de los nuevos ayuntamientos democráticos y de la Generalitat del presidente Josep Tarradellas nos llenaban de energía y de buenas vibraciones. Los vientos de cambio abrieron las puertas a una regeneración profunda de la sociedad y a un renacimiento cultural, efervescente y espléndido.

Sin embargo, el espíritu de los “pactos democráticos” municipales y del gobierno de unidad que hizo posible la redacción y la aprobación del Estatuto de Autonomía del 1979 se perdió y el sectarismo político y la lucha descarnada por el poder convirtieron a Cataluña en una trinchera entre pujolistas (muchos de ellos, franquistas reciclados) y antipujolistas. Esta división, más la lacra de la corrupción, nos ha marcado a fuego y nos ha llegado hasta el día de hoy.

El proceso independentista ha hecho todavía más profunda esta brecha y los hay, como el ex-presidente Carles Puigdemont, que querrían que adquiriera dimensiones abisales y sin ninguna posibilidad de construir puentes de conexión y de intercambio. Aplican la máxima cainita del “ellos o nosotros”, en vez de la más pragmática y fructífera del “todos juntos”, preservando la idiosincrasia e identidad de cada cual.

La aventura secesionista es un colosal y grotesco error desde el primer momento. Solo había que poner la oreja en Bruselas para comprender rápidamente que no despertaba ningún tipo de simpatía ni de complicidad en el corazón de la Unión Europea. Al contrario: merecía el rechazo más absoluto. Después ha llegado la hora inevitable del reflujo y todo son llantos por la derrota y la frustración. Pero la culpa siempre la tienen los demás y los independentistas son incapaces de hacer ningún tipo de autocrítica sincera. Tienen “mono” de adrenalina y esto les impide ver claro.

Hay otra “droga” que los tiene cegados: el placer que proporciona el dinero público, que te lleva a la euforia cuando tienes el poder y controlas los presupuestos. Esto lo inoculó el pujolismo y esta lección la tienen muy bien aprendida los independentistas de hoy. El poder no sirve para redistribuir la riqueza y ayudar a los sectores más desfavorecidos de la sociedad, sino para autoasignarse unos salarios fabulosos, vivir como reyezuelos, hacer favores a los amigos y repartirse impúdicamente el pastel. TV3 es el paradigma de esta perversión.

Es sabido que ERC y JxCat son como gato y perro. Por eso, el gobierno que preside Pere Aragonès es una mezcla indigesta, concebida para salvar las poltronas y evitar que el ganador de las elecciones, Salvador Illa, pudiera ser elegido presidente de la Generalitat. Este es el “pecado original” de esta legislatura que, con estos antecedentes, difícilmente podrá cuajar y nada de bueno podemos esperar, mientras Cataluña se desangra en el fondo del pozo.

Pandemia, pobreza, paro, incendios…: en espera del juicio por corrupción a la familia Pujol, los cuatro jinetes del Apocalipsis cabalgan, desbocados, por las tierras catalanas. ¡Pobre país! ¡Pobre patria! ¡Pobre matria!

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