La misantropía: drama y comedia

Si hay alguna época especialmente propicia para esta desconfianza y rechazo del género humano en que, según se afirma, consiste la misantropía, es la llamada tercera edad, cuando ya hemos comprobado sobradamente las muchas insuficiencias de la vida en sociedad, vida que, en general, tanto nos había gustado, al menos en perspectiva, durante la primera parte de la nuestra.

Un pariente mío, que empezaba a manifestar determinados síntomas de decrepitud y de amargura, propios de lo que antes se llamaba la edad provecta, me decía que el entusiasmo, o incluso la pasión, con la que siempre había iniciado cualquier relación amistosa, había ido disminuyendo e incluso desapareciendo a medida que, con el paso del tiempo, había conocido más a fondo a las personas con las que había establecido tratos de mutua confianza. Añadía que sería mejor no avanzar demasiado en las relaciones humanas, evitar que se desprenda por completo el velo de misterio que existe en cada uno de nosotros cuando somos objeto de admiración o de deseo (a veces es lo mismo).

Ahora diríamos que el secreto podría consistir en no quitarnos las mascarillas. No sé si esto nos serviría de gran cosa.

Para este pariente mío la misantropía era propia de la edad más madura, pero la experiencia y la literatura nos enseñan (cuando queremos escucharlas) que este sentimiento de rechazo hacia la humanidad puede manifestarse, como toda enfermedad real o fingida, a cualquier edad.

Son muchos los literatos que, ya de jóvenes, optaron por hacerse misántropos: por ejemplo, Salinger, que, unos años después de publicar, en 1951, su novela más famosa, El guardián en el campo de centeno, se refugió en su casa, en Cornish, donde murió en 2010. O en la poetisa Emily Dickinson, que, a partir de cierto momento, parece que se relacionaba con el mundo únicamente a través de cartas.

También algunos personajes de ficción, como Sherlock Holmes, o el capitán Nemo (que renunció a vivir en tierra de hombres) son puestos como ejemplos de misantropía; algunos de ellos nos hacen pensar que la misantropía tiene algo de morboso, que puede haber una cierta complacencia -quizás una especie de exhibicionismo, de pose, de comedia- en querer aislarse del mundo, vivir desvinculado de la sociedad, aunque sabemos que no es posible hacerlo del todo y que, en más de un caso, puede llegar a provocarnos episodios de melancolía.

No nos tiene que extrañar que haya gente que opine que detrás de bastantes misántropos se esconden unos buenos actores de teatro, unos enfermos imaginarios. Rusiñol, en su obra Els savis de Vilatrista, se ríe de unos cuantos intelectuales burgueses que siguen la moda de practicar el pesimismo filosófico.

Sin embargo, en general, es el desengaño y el menosprecio de la vida en sociedad lo que puede conducirnos a algún tipo de misantropía.

Molière escribió El misántropo hacia el final de su vida, cuando estaba enfermo de hipocondría y abandonado por su esposa. Al comienzo de esta amarga comedia, el protagonista, Alcestes, hace una descripción del mal que padece: «En todo encuentro sólo traición, injusticia / lisonja, engaño, interés y malicia; / no puedo aguantar más y quisiera insultar / de pie, plantándole cara, a todo el género humano». No soporta la hipocresía social que le rodea y dice que «a veces me coge el deseo violento / de irme a un desierto para huir de la gente». Está, sin embargo, enamorado de Célimène, mujer de una gran coquetería; este amor no prosperará y al final de la obra, el protagonista se escapará hacia un lugar donde no haya gente: «Huyo ahora mismo a un rincón sin gente / donde al menos tenga el derecho de ser un hombre decente». Quizás si Célimène le hubiera hecho caso, habría abandonado su misantropía.

Desconocemos las circunstancias personales del poeta griego Menandro al escribir, en el siglo IV antes de Cristo, la comedia El malcarado. Parece que se representó hacia el final de su vida. El protagonista es un viejo huraño y desconfiado, Cnemó, que, huyendo de todo, se refugia en una finca del campo, donde lleva por el camino de la amargura a su familia. Su humor cambia, pero cuando cae dentro de un pozo, lo salva su hijastro Sóstrato y de misántropo se transforma en una persona sociable, en un filántropo: «Me creía diferente de todos los hombres, y que no tenía necesidad de nadie; creía que nadie era generoso con nadie; ahora he descubierto mi error, pues debemos tener siempre en la vida alguien que nos cuide».

Misterios -o no tanto- de la comedia humana: los misántropos pueden ocultar unos contenidos filántropos, y al revés.

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