ERC: Estar o no estar

En la política catalana hay una asignatura pendiente desde la recuperación de la democracia: que el nacionalismo se involucre en la gobernabilidad del Estado, con la participación, con carteras ministeriales, en el Gobierno español. Jordi Pujol siempre se negó en redondo a esta posibilidad, que tuvo fácilmente al alcance con Adolfo Suárez, Felipe González y José María Aznar.

Este es un tabú absurdo que no tiene ningún tipo de lógica política y que, objetivamente, ha sido muy lesivo para los intereses de Cataluña. En clave europea, en cambio, es de lo más normal. La CSU bávara ya hace muchas décadas que está coaligada con la CDU y, juntas, han formalizado largos y sólidos pactos de gobierno, bien sea con los socialdemócratas o con los liberales.

Y no digamos en Bélgica: los nacionalistas flamencos participan habitualmente en las complicadas coaliciones que acaban haciendo posible la conformación de gobiernos estatales con representantes de partidos políticos valones.

Aquí, los antiguos Centristas-UCD, el PSC, el PP catalán y Podemos/Comunes han aportado ministros, de manera ininterrumpida, a los diferentes gabinetes que se han sucedido en Madrid desde el año 1977. Algunos, como Narcís Serra o Josep Piqué, incluso alcanzaron importantes responsabilidades en la Moncloa.

Desde la aprobación de la Constitución del 1978, el nacionalismo catalán -ahora transmutado circunstancialmente en independentismo- siempre ha rechazado la posibilidad de estar presente en los consejos de ministros y ha desaprovechado, así, la posibilidad de incidir con su visión desde el corazón del poder político español. Pero esta resistencia a ultranza no forma parte de la tradición del catalanismo político.

Al contrario. Tanto la Liga Regionalista como Esquerra Republicana (ERC) participaron activamente en los gobiernos españoles. Francesc Cambó ocupó las carteras de Hacienda y Fomento en dos gobiernos de la monarquía de Alfonso XIII. Y ERC, desde su fundación en 1931, se integró en los ejecutivos de signo progresista de la II República. Llegó a tener siete ministerios, ocupados por personalidades como Lluís Companys, Jaume Carner o Carles Pi Sunyer.

Nos encontramos en plena efervescencia por la constitución de un Gobierno de la Generalitat, después de las elecciones del 14-F. Si ERC se deja llevar por la aritmética, puede sumar sus 33 escaños con los 32 de JxCat y los nueve de la CUP para formar un frente independentista, inevitablemente estéril e inestable. Pero la política no es solo aritmética, es también inteligencia. ¿Qué mejor “mesa de diálogo” que la mesa del consejo de ministros en la Moncloa?

Cataluña es una comunidad autónoma del Estado español y una región de la Unión Europea, con amplios poderes de autogobierno. Por activa y por pasiva, las instituciones comunitarias han expresado que el derecho de autodeterminación de las regiones es incompatible con el proyecto de construcción europea.

El suplicatorio que el Parlamento europeo ha concedido para levantar la inmunidad del ex presidente Carles Puigdemont es una clara y contundente muestra que el independentismo catalán está en el lado equivocado de la historia y que el unilateralismo, manifestado en el referéndum del 1-O, es, a ojos de la Eurocámara, política y jurídicamente inaceptable.

Sería conveniente que los partidos secesionistas, ERC y JxCat, hicieran un ejercicio de realismo político y actuaran en consecuencia, pensando en la globalidad de la sociedad catalana, como les han exigido, de manera rotunda, las entidades empresariales y las organizaciones sindicales. A pesar de que las coordenadas históricas son muy diferentes, eran mucho más inteligentes políticos como Francesc Cambó, Francesc Macià o Lluís Companys que no Jordi Pujol y sus “hijos adoptivos”, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, que han crecido bajo la influencia de su hiperliderazgo autoritario.

La prepolítica –también denominada populismo- ya hace muchos años que señorea Cataluña. El boicot del pasado viernes al acto de la SEAT es una nueva muestra. Con los enormes salarios que se han autoasignado, nuestros políticos independentistas harían bien de dedicar una parte de su tiempo a estudiar (historia, sociología, economía, derecho…) y a reflexionar. Les resultaría muy provechoso y todos saldríamos beneficiados.

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