EL ‘GRAN REPTE’, LA GRAN CHAPUZA

La fracasada campaña para llegar al millón de socios desfiguró el barcelonismo y disparó la reventa y la corrupción

Hay decisiones que, por irresponsables y descuidadas, pueden producir un efecto destructor de muy largo alcance. En el caso de la campaña del Gran Repte, puesta en marcha en 2004, hay que responsabilizar conjuntamente al tándem Joan Laporta – Ferran Soriano, presidente y vicepresidente de operaciones, de haber provocado un desarreglo social del cual el FC Barcelona aún no se ha recuperado hoy en día.

La locura se desató cuando el iluminado Ferran Soriano, que sigue hablando de la industria del fútbol como tal y de los socios como clientes, pensó que si el Barça abría la puerta a los socios sin ninguna restricción ni condiciones para darse de alta, como mínimo sería el primer club del mundo en llegar al millón de socios. 

Así, en sus cuentas, la idea iba a producir 150 millones de euros de ingresos nuevos, imprevistos, una audacia sin precedentes y un éxito comercial y económico del que se hablaría durante años. Tan fácil como suprimir el depósito a fondo perdido que se exigía hasta entonces de unas tres veces el valor del carnet para el alta de socio a no familiares directos.

Era una limitación que, a su manera, permitía mantener un ligero equilibrio entre abonados (unos 80.000) y socios (107.000 de la época), incluidos los socios infantiles.

Laporta – Soriano decidieron que, como cualquier normativa del pasado, ese obstáculo era no sólo prescindible sino absurdo, equivocado y anacrónico. Abolido inmediatamente, la condición de socio del FC Barcelona se podía adquirir de forma universal, sin aportar ninguna cantidad a fondo perdido ni relación consanguínea. 

Sólo había que esperar a que un río de millones se acumulara en las cuentas del club, entre otras cosas porque también era posible realizar ese trámite vía on line sin necesidad de acreditar excesivamente la identidad del aspirante.

El resultado, si hubiera que compararlo con las enormes expectativas de alcanzar un millón de socios en apenas unos meses puede considerarse como un fracaso de extraordinarias dimensiones. Absoluto. Durante los dos o tres años siguientes la cifra de socios alcanzó un límite de 170.000 como punta máxima de media, muchos de ellos procedentes de los packs de regalo para recién nacidos y otras campañas de Navidad y de promociones.

No pasó de esa cota en tiempos en los que era posible, también, ir al mercado negro de reventas de abonos, de forma que cualquiera, ciudadano catalán, español o nacional, podía darse de alta como socio por la mañana y por la tarde adquirir un abono si el socio vendedor aceptaba la oferta. 

De esta forma fue como miles de ‘nuevos’ barcelonistas ampliaron la base social de forma descontrolada y motivados, muchos de ellos, por el atractivo negocio de una reventa permisiva y extraordinariamente bien retribuida. Durante los años posteriores y aún hoy -hasta la pandemia, claro- centenares de presuntos barcelonistas se han hecho con localidades destinadas total o parcialmente a ese mercado negro para turistas sin que el club se beneficiase del valor de venta, partido a partido, de miles de asientos.

El socio sin demasiadas posibilidades económicas sólo podía aspira a un abono oficial, vía lista de espera, procedente de aquel otro que renunciaba a su asiento y no acudía al mercado de traspasos abierto gracias al Gran Repte. La Junta Directiva de Laporta, sin embargo, no movió a favor de estos socios un solo asiento en siete años. ¿Para qué si se los podían repartir entre amigos y familiares de la junta o a beneficio de las primeras bandas de revendedores?

Con el paso de los años, además, surgieron también empresas de reventa oficiales con demostrados vínculos con personas del entorno de la directiva.

La cifra de afiliados, consecuentemente, se fue reduciendo a una cifra en torno a los 155.000 de media.

Finalmente, cuando a partir de 2010 se inició una actualización del censo con la exigencia de una identificación presencial, para comprobar que la persona propietaria del carnet y del abono existía de verdad, la depuración se llevó por delante a más de 8.000 socios con una identidad más que dudosa, entre ellos centenares de socios japoneses que casualmente se habían dado de alta. En tiempos de abundancia de grandes finales, desplazamientos y partidos extraordinariamente atractivos, la operativa de los propietarios de esos miles de carnets permitía copar los sorteos y la comprar de localidades incluso del Seient Lliure con el fin último de una reventa que había llegado a multiplicar por cinco el valor de una entrada.

La actualización permitió incluso descubrir que se habían dado de alta socios inscritos por internet con la foto de su mascota o de una muñeca en el colmo del despiporre, la corrupción generalizada y el desastre administrativo más grande que se haya conocido. Es posible imaginar cómo cientos de personas se han enriquecido gracias al Gran Repte desfigurando con el tiempo el sentimiento barcelonista auténtico de la masa social. La prueba es que ha ido bajando la cantidad de socios que acuden a las asambleas, que no llega ni a un tercio, o acuden a las urnas, por debajo del cincuenta por ciento.

De esta degradación de la calidad del socio, mientras miles de barcelonistas quieren adquirir esa condición y con el tiempo un abono del Camp Nou, hay que responsabilizar a Joan Laporta, que vuelve a presentarse, y Ferran Soriano que envía a uno de los suyos. Víctor Font, a la conquista del palco del Camp Nou. 

Con razón crece el número de socios que sueñan con que vuelvan los tiempos del desorden. Laporta ya ha anunciado que, si gana las elecciones, se levantarán de nuevo las limitaciones para volver a ese desorden en el que sus amigos y los amigos de sus amigos podrán beneficiarse del Barça, otra vez. 

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