El Amo

Entre los mil retratos que se han pintado de Jordi Pujol i Soleyadquiere especial relevancia y protagonismo el del Amo. A la antigua. Con vocación de dueño y señor de vidas, haciendas, conciencias y sentimientos ¿Producto de la tierra, hecho a sí mismo, o ambas cosas, y algunas más?

Padre padrone” es el título de una película de los hermanos Taviani que describe con brillantez la figura del oikos despot, el padre déspota de la antigüedad griega. Decide quién de sus hijos debe seguir siendo pastor, cuándo y con quién se casa, qué hereda y cómo debe comportarse. Dispone sobre las tierras, el ganado, su mujer, sus hijos… porque, sencillamente, considera todo lo que le rodea como objeto de su propiedad.

En el territorio, el padre-patrón deviene en cacique, nombre otorgado a jefes de tribu americanas que ejercían un dominio absoluto sobre sus comunidades. De allí se importó para definir a quiénes aquí compraban voluntades, coaccionaban y ejercían un gran control social y político en sus predios. Generalmente, el cacique era un hombre con poder económico, que manipulaba las personas y las cosas, en favor de sus intereses.

Este entramado de relaciones políticas, el caciquismo, fue dominante a mediados del XIX y principios del XX, no solo en Galicia, como reza el tópico, sino todo lo contrario. En tierras carlistas, como las de Cataluña, por ejemplo, propietarios, nobles, curas y autoridades…, cosían y descosían a su antojo, al modo caciquil. Conformaban un poder viejo, que aún hoy, camuflado, sigue más vivo de lo que se podría suponer. Al frente de él, siempre, un amo.

Del campo a la fábrica, como fue el caso del fabricante de lanas y financiero Pau Turull i Comadran, en Sabadell. Cabeza de una red caciquil que se nutría de un capital simbólico. Como todo caciquismo, su poder revestía un carácter marcadamente personal, directamente relacionado con su inmensa fortuna y su papel de acreedor respecto a otros notables locales. Con ese patrón, empresarios del textil levantaron sus colonias fabriles en las riberas de los ríos. Paradigma de un capitalismo primario, controlador, totalitario…, del que nada escapaba al gran ojo del Amo. El palacete, la Iglesia, el economato, la escuelita (a veces) y, como colmenillas, las casas de los obreros. De “feudalismo industrial”, fue calificado aquello por la prensa de la época. 

A esto también suena la fábrica de tapones de corcho que Ramiro Pujol i Rosa, abuelo de Jordi Pujol, fundó en Darnius (Alt Empordà). Un referente quizá para el nieto. Aquel joven idealista que, según la leyenda, al contemplar una masía en ruinas, la asimiló a Cataluña y se adjudicó el histórico destino de levantarla. Como los Turull de Sabadell, los Godó de Igualada, los Sedó de Esparreguera, en sus cacicatos, Pujol, para superar su bucle melancólico, requería poder. No uno cualquiera, sino el que, a semejanza de los “pupi” de Palermo, le permitiera manipular todos los hilos a la vez.

Si el Barça es más que un club de fútbol, ¿por qué Pujol no iba a ser más que un presidente? Nada escapaba a su interés. Bancos, periódicos, clubs deportivos… Agricultura, pesca y alimentación… Todo lo que se movía, en fin, y muy especialmente el dinero, formaba parte de su interés. Y, en consecuencia, como el Amo, se consideraba con pleno derecho a intervenir en ello. Disponía, se dice, de una “agenda de favores” para reclamar retornos cuando ello fuera menester. Todo ello revestido, a veces, de un suavísimo cachemir liberal. Contradicción que parece encarnar la aparente incompatibilidad entre un catalanismo que se dice modernizador con unas prácticas esencialmente regidas por vínculos clientelares.

Cuando uno solo tiene un martillo, todos los problemas le parecen clavos, dijo el psicólogo Abraham Maslow. Jordi Pujol, en fin, fue el principio de casi todo (el martillo) y, en consecuencia, su final. Porque cuando te quedas sin martillo desaparecen como por ensalmo los presuntos clavos. Y en eso estamos.

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