Contagiados o confinados

La vida me había puesto hasta ahora ante numerosas disjuntives. Por ejemplo, dejar de jugar a fútbol o seguir haciéndolo a pesar de los riesgos de lesión que comportaba y de la competitividad y ambiente poco agradable que rodeaba los partidos. Estudiar una carrera u otra. Aquí lo resolví empezando tres diferentes. Continuar trabajando en un lugar donde me pagaban bien pero me habían marginado. Aquí lo resolvieron los amos despidiéndome. Pagar con efectivo o con tarjeta. Aquí lo ha resuelto la pandemia de la Covid-19 y he aprendido a manejar la tarjeta para no tener contacto con las monedas potencialmente contagiosas. Y esta pandemia me plantea ahora otra disyuntiva, quizás la más decisiva en mi vida: me quedo toda la vida encerrado en casa o salgo a la calle cuando las autoridades correspondientes me lo permitan. ¡Confinamiento o contagio, he aquí la cuestión!

Dicen los expertos que la virulencia de la Covid-19 aflojará bastante cuando haya, como mínimo, un 60% de la gente contagiada. Al parecer, los coronavirus no darán abasto para matar a demasiada gente cuando haya tanta contagiada. Nuestro cuerpo se irá haciendo a la idea de tener este mal dentro y lo vivirá como una gripe de las que estábamos acostumbrados hasta ahora.

Pero, claro, para llegar a esta cifra hará falta que seis de cada diez personas sufran la enfermedad. Y hacerlo supone un abanico muy amplio de incidencia sobre la salud. Hay mucha gente –dicen que sobre todo los jóvenes- que la pasan sin darse cuenta y hay la que se muere –mucha- o que la supera después de pasar las de Caín.

Tengo 63 años. No soy una persona de consistencia física poderosa. Más bien al contrario. Una gripe 'de las de antes' me dejaba para el arrastre en la cama durante unos cuántos días. Me aterroriza pensar que puedo pasar por la experiencia que han vivido y explicado de su paso por el hospital por culpa de la Covid-19 los periodistas Lluís Uría y Tatxo Benet. También tengo amigos que la han pasado, han estado un par o tres de días destrozados pero ahora están la mar de felices porque se supone que ya son inmunes al virus ya  los efectos más graves del contagio.

¿Qué hago, pues, el día que abran las puertas de nuestras casas para que los ciudadanos podamos –con más o menos limitaciones y prevenciones- salir a la calle? ¿Me encierro en casa de por vida y me relaciono con el mundo, mis amigos y familiares a través de hangouts y whatsapps o me la juego y me arriesgo a formar parte del 60% de la humanidad que hace falta para inmunizarnos ante la enfermedad?

Cuando me echaron del trabajo me ahorraron tener que tomar yo la decisión. ¡A ver qué pasa ahora!

Total que aquí estamos con una mezcla de miedo, curiosidad y esperanza. ¡Cómo todo Cristo, supongo!

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