Las naranjas del abuelo Jaime

Vista desde la ruta de piedra que sigue el GR221, la circunferencia natural que traza el puerto de Sóller coronada por la cima es un paraje modificado por el hombre bastante bien  integrado en la Sierra de Tramuntana. La bella bocana del puerto, a una banda la playa familiar de Repique y a la otra la zona militar todavía muy altiva, recibe al caminante que ha reseguido el risco que va desde Deià, cala Deià, Llucalcari y, finalmente, deja a la izquierda tapado por los campos de olivos el refugio de la Muleta. Da la bienvenida al viajero, que pasa por pequeñas casas arraigadas al camino desde el siglo XIII —ahora centros de abundante turismo rural— y por can Prohom, una mansión señorial a medio camino entre las dos poblaciones volcada al barranco y escoltada por palmeras muy poco autóctonas.

Hasta la inauguración del tren en 1912, Sóller y su puerto estaban aislados del resto de la isla. Clima más continental —con una media de diez grados positivos en invierno— y casi más relación con la Costa Azul que con la majestuosa bahía de Palma, que no por bonita durante el siglo XIX quería decir moderna. "En Palma es necesario anunciarse y hacerse recomendar a veinte personas de las más notables muchos meses antes para no quedarse en medio de la calle", se quejaba George Sand, al llegar en noviembre de 1838. Pero, también escribía: "En ninguna parte he visto trabajar la tierra con tanta paciencia y afecto". En Sóller, las naranjas son de lo más arrugadas, decoloradas y un tanto verdosas de color, pero hacen el zumo extremamente dulce. "Son las mejores naranjas del mundo", recuerdan los estudiantes de Mallorca que abundan en la Península y no dudan en cargarlas en la maleta.

Lo son, cuando menos, desde que los Fiol tienen memoria histórica. De hecho, Jaime montó a principio de siglo XX un negocio en Marsella —su hermano grande, Bartolomé, se había ido a hacer fortuna a Vienne como importador en el sector de la alimentación hacia 1905—, cuando la ruta marítima te llevaba directamente desde el pequeño puerto isleño a la antesala colonial de Francia. Sólo hace un año y medio que la ruta se ha recuperado, después de quince años, desde Toló y hasta el puerto de Alcúdia. "En aquella época ir a Sóller era una odisea: había gente de Sóller que nunca había ido a Palma", explican ahora en casa de los Fiol.

A Marsella, al cambiar el siglo, llegaba fruta fresca de Sóller, seca y vinos. Incluso, el negocio de Jaime consiguió importar otros productos del resto del Estado que tenían que competir con la siempre elitista gastronomía francesa: Fruits Frais & Secs de Jacques Fiol, sucesora de un negocio anterior fundado en 1890, se promocionaba como importador de delicias procedentes de España, África e Italia. El negocio no debía ir mal porque en 1915 consta una cuantiosa contribución de "golosinas" a la Cruz Roja francesa para que pudiera alimentar por Navidad a los prisioneros de la Gran Guerra.

Desgraciadamente, después de que la hija mayor enfermara de tifus con nueve años, el contagio de la enfermedad también fue fatal para el abuelo Jaime al cabo de diez días. Pero, igualmente como Sóller heredó el art nouveau francés después de años de intercambios comerciales, la vida en Marsella transformó en francófila la Palma de los Fiol después de malvender el negocio, y su mujer, Antònia, y los tres hermanos restantes volver a la capital de la isla. Primero, los dos mayores (Andrés y Antoinette) se instalaron en la casa de la tía Caridad —la cuñada de Jacques, disfrutando de un matrimonio muy bien escogido y cercana a la familia March— y, más tarde, llegaron la viuda y la hija más pequeña, Margot. "Las dos hijas menores se hablaban en francés", comentan sus descendientes, que recuerdan encontrar la historia del abuelo Jaime –albaranes de la tienda, correspondencia, pasaportes y, sobre todo, una gran cantidad de postales entre hermanos escritas con delicada caligrafía y con mucha retórica– guardada en bolsas de basura.

Hoy día, los ferrys ya no van cargados de naranjas y, básicamente, desembarcan la multitud de turistas centro-europeos que veranean en la isla. Desde los gamberros de Magaluf, el turista familiar de Repique al más movido que recorre las rutas de piedra en seco que hay por la isla, francamente bien señalizadas gracias al Gobierno Balear y al Consell. Los senderistas son respetuosos con el medio, lo contemplan y buscan espacios idílicos para pasar la noche al margen del ruido, como las cases del Celler que hay en una de las cotas más altas del camino que va de Deià al puerto de Sóller que hace muchos años vio partir al abuelo Jaime y al tío Bartolomé.

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