Sorbos de vino a ritmo de música

Cuando el sol se pone, desde Jongny se ve difuminar a la otra banda del lago la cadena de montañas: los Alpes se van desdibujando entre la niebla después de un día soleado; mañana el tiempo cambiará. Ya lejos, sin perspectiva, queda la majestuosidad del Eiger que todavía se puede ver porque está sereno, desde arriba de Rochers de Naye (2.045 metros), ultima estación del tren cremallera que sale de Montreux. Llega la oscuridad y desaparecen los picos, los parajes alpinos algunos todavía pintados por la nieve que no se ha derretido ni en pleno verano.

Juan con su hijo viven en colocation, en Jongny. Desde noviembre que están allí. Él quería sacar a su hijo de un ambiente complicado y sabía que en Suiza tendría trabajo como colocador de cerámica —el 30,5% de la población residente del lado de Vaud es trabajador extranjero temporal—. En 2012 vino a probarlo por tres meses, debido a la crisis que le hizo cerrar el negocio que tenía en el Baix Penedès. "Uno de los marroquíes que había contratado me dijo que viniera, y fue bien porque después de que ellos dejaran un trabajo a medias yo se lo acabé", recuerda.

La propietaria de la casa de Jongny tiene una suite en el altillo muy espectacular: más de uno ha liado un cigarrillo a escondidas con vistas al Léman, a pesar de que hay una persiana que no funciona y le quita un poco de glamour. Juan se queda en el sótano, pero disfruta de las mismas vistas al lago y las montañas desde el comedor comunitario, que comparte con Sophie —una francesa divorciada con muy malas pulgas, que el español que habla es gracias a San Google— y la Malylin, que hace de anfitriona en nombre de la propietaria, que ha vuelto a Australia a vivir o, "de vez en cuando llama desde el Brasil donde vive su padre".

"Aquí todo es muy caro, yo voy al otro lado a comprar: la ternera va a 40 euros y en Francia a menos de 20", se exclama Juan. En El Vendrell ha dejado la casa en la carretera de Valls, el arenal de Coma-ruga, la barca para salir a pescar y ha abandonado una ciudad que vive inmersa en el debate de la multiculturalidad –en una comarca que registra un 17,9% de paro, siete puntos por encima de la media del Principado– para arraigarse en la economía más innovadora del mundo, según Global Innovation Index de 2019. A pesar de todo, "mi hijo todavía no ha encontrado trabajo", se lamenta él que desde enero ya puede trabajar de manera regular y a largo plazo enel país.

Por la noche, desde la terraza de la suite se divisan un mar de puntos de luz dando la vuelta al lago. Corre un viento bastante fresco, a pesar de ser agosto, pero esto no ha impedido que la temperatura diurna llegue a los 30 grados. Esta noche, con ropa de medio tiempo, los asistentes a la Arena de Vevey pueden seguir el espectáculo de folclore cantonal de la Fête des Vignerons, festival vitivinícola que se celebra cada 20 o 25 años. Con la puesta de sol, desde la distancia y a la orilla del Léman, las luces más eléctricas del espectáculo cobran protagonismo: un montaje integrador, que no deja indiferente porque permite visualizar una ciudad volcada para hacer una macro-puesta en escena donde varios colectivos participan pintando de color, a ritmo de redes y soñando a través de las melodías de los corazones regionales un relato fabulado sobre la tradición vitivinícola de Lavaux. A diferencia del pueblo medieval de Gruyère, a sólo media hora en coche, en Vevey el aire no huele a queso a pesar de que el sonido de los cencerros de las vacas friburguesas rompe el silencio del entorno. En la zona de Lavaux las viñas de chasselas —un 80% de los bancales lo son— decoran el paisaje.

En Vevey, la ville en fête: fuera de la Arena que hay en la plaza Mayor, muestras de vino en restaurantes, comer con clara herencia italiana y la fondue del Fribourg, que un par de jubilados mascullan que nunca se puede maridar con vino tinto en presencia de dos turistas neófitos. Alguna pareja canta animada por la calle enmascarada con gafas de sol y tapada con panamás de rebaja. Pero, mientras la Fête des Vignerons alegra las comunidades de la orilla del Léman, donde si hace calor uno se puede bañar hasta el atardecer, en casa de Juan sólo la música de rock melódico, de vez en cuando una buleria o alguna de Manolo García, le acompaña en la monotonía provocada por un día agotador en la obra y una sociedad difícil para socializarse; Bon Jovi o Brian Adams para una tarde de tormenta, si el tiempo imprevisible incordia y despinta el lago para esbozar un horizonte gris. "Que no falte la música" —recalca—, y la tranquilidad en la cumbre de las viñas de Jongny.

La música. Si a Juan lo salva de la melancolía, a Charles Chaplin —autodidacta en este arte— lo llenó desde muy pequeño. Incluso, Michael Jackson lo admiraba. En el museo de Vevey, en la mansión donde residió en los últimos 25 años de su vida después de dejar unos Estados Unidos inconscientes del mito y atormentados por la cacería de brujas, la música es parte esencial del montaje. La foto de otro vendrellense, Pau Casals, en presencia de otro maestro, Chaplin, preside la sala de estar encima de un piano de cola inmaculado

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