El emperador loco de Occidente

Basta asomarse un poco al pasado para ver que la cosa de los poderosos locos es casi un tópico. Y viendo lo que nos rodea, parece que en ésas seguimos. Sin ir más lejos, ahí tenemos el caso de Donald Trump, el mandamás de Occidente y, en consecuencia, de casi todo el mundo que, cotidianamente, no cesa de dar pruebas de que algo le va mal. Siguiéndole la estela, subalternos de toda clase y condición imitan al Emperador.

Jorge II de Inglaterra que, según se ha dicho, padecía de porfiria (enfermedad metabólica, generalmente hereditaria) y que permaneció en el trono durante 60 años, estuvo entre rejas por considerarse loco. Carlos VI de Francia, que fue rey con 11 años, se volvió loco, no reconocía a su mujer y a sus hijos, y acabó matando a sus caballeros. Al día siguiente de dejar el trono, como consecuencia de ser declarado loco por su tío, Ludwig II de Baviera, fue encontrado muerto. El sultán Ibrahim I, loco, mandó ahogar a 280 miembros de su harem, por el rumor de que una de sus mujeres le engañaba. Iván IV de Rusia (el Terrible), torturado de niño por su entorno, cuando tomó el poder, a los 14 años, dio de comer a los perros al jefe de su gobierno. Erik XIV de Suecia, paranoico, creyó que era su propio hermano. Y así sucesivamente, incluido Carlos II de España (el Hechizado), cuyo sobrenombre le venía de su lamentable estado físico, la práctica de la brujería y otras lindezas.

Trump, multimillonario de cuna, seguramente no fue sometido a malos tratos durante su infancia, como era habitual entre los aspirantes a reyes en la antigua Europa. Por el contrario, todo parece indicar que desde siempre ha estado rodeado de los mayores lujos y exquisiteces, hasta límites estrafalarios. Pero, claro, los caminos del señor también parecen ser inescrutables en esto de los trastornos ¿Quién dice que la tele, Twitter y similares, mal entendidos, no pueden acabar actuando como lo hicieron la vara, los golpes en la cabeza, las vejaciones o los hechizos en los antiguos reyes? ¿Por qué mecanismos, se puede acabar perdiendo, en fin, el oremus en pleno siglo XXI?

Por muchos y variados, desde luego, tal como puede deducirse de lo que nos toca ver. Creyendo superadas muchas de las servidumbres analógicas (aunque las hostias siguen funcionando más de lo que parece) es en el vuelo, en lo digital, en las conciencias, donde ahora se ejerce más violencia, que acaba en patologías como la del presidente de los EE.UU., y no solo. Muchos de los actuales poderosos de Occidente, como los reyes de antes, no solo rinden pleitesía al Emperador, sino que le imitan, le bailan el agua y acaban siendo caricaturas, a veces horrendas, de aquél. Este es el caso, sin duda, de gobernantes como Viktor Orbán (Hungría), Andrzej Duda (Polonia) o Giuseppe Conte (Italia), que comparten con el Emperador tantas y tan malas cosas como la xenofobia, el supremacismo, el racismo, el cinismo, las mentiras, etc. etc. etc.

Como no podía ser menos, y al igual que en la Edad Media y parte de la Moderna, en este hinterland del Imperio no falta la pequeña nobleza, como aquélla que nos describe Nikolai Gogol, que traficaba con “almas muertas”, en la Rusia de la servidumbre. Condes, marqueses, barones… Señores que actuaban como reyezuelos en sus respectivos territorios y que, como un eco, se inspiran, copian y actúan como sus superiores. Acaban asemejándose al Emperador.

Y para muestra un botón. Aquí, en Cataluña, sin ir más lejos. Desprovistos de filias y fobias, con ánimo de objetivar y hallar algo de luz en la jungla en que se ha convertido nuestra vida política, social, emocional… ¿No parece que por aquí campan bastantes de las cosas que dimanan del Emperador, o estamos en el camino de que así ocurra? ¿No resulta preocupante la irracionalidad compartida? ¿No se encuentran analogías entre sus discursos, construidos a base de quimeras, medias verdades o mentiras flagrantes? ¿No nos suena la chulería con que se entiende y practica la política? ¿No será que, como con el Emperador, estamos en manos de chiflados locales?

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