El silencio de los corderos

Si el procés es un relato, como así reconocen hasta algunos de sus más significados protagonistas, es natural que sus narradores guarden silencio, cambien de registro o se hagan los suecos ante la escasa disponibilidad de materia narrativa disponible. A no ser, claro, que opten por seguir largando en torno a las diferencias en el bloque nacionalista, las correrías belgas del gran jefe, las caleidoscópicas opiniones de los líderes de la causa, o el amarillo. Cosa, desde luego, muy poco recomendable para la buena marcha del proyecto.

El relato -tan à la mode en la politología- es una narración que está presente en la leyenda, la fábula, el cuento y la novela. Para adquirir tal naturaleza tiene haber quién relata, qué relata y quién recibe la información. El relato es una construcción de personajes, tiempos y espacios. Se crea y transmite mediante el lenguaje oral, escrito y las imágenes. «Lo que nos otorga -según la Wikipedia-, una dimensión temporal de la vida». La distinción entre los tipos de relatos son las diferencias en sus estructuras y sus pretensiones.

Quienes ejercen o lo han hecho de mamás, papás, etc. saben algo de esto del relato. Porque, sobre todo a la hora de acostarse, sonaba aquello de «Cuéntame un cuento», que cantaban Celtas Cortos: «Cuéntame un cuento / Que todavía no es tarde / Cuéntame un cuento / Que la noche está que arde». Y saben los narradores que no es nada lineal la cosa de contar. Que, a veces, no se conoce bien el argumento, que se ha olvidado algo de él o que, incluso conociéndolo, no se ilustra suficientemente o, por el contrario, se pone tanta carne en el asador que el receptor se emociona, pierde parte del sentido y acaba instalado en un mundo mágico, muy alejado del real. Así, la necesidad del relato puede devenir en rutina y acabar, como el libro de Michael Ende, en el cuento de nunca acabar.

Nada tiene de extraño que el procés, que no es una revolución, ni siquiera una revuelta; que carece de programa y objetivos definidos; que vive más de deseos que de sustantividad, aparezca, se perciba y discurra solo como relato. Como una construcción semántica, en la que no falta ni el nativo bueno, ni el malo foráneo; ni, claro, el fabuloso Edén, como en el anuncio de las hojas de afeitar Palmera. Con algunas verdades, bastantes mentiras y muchísimas medio mentiras o medio verdades, el relato del procés ha desencadenado, como cualquier cuento bien contado, un torrente de emociones tan intenso, que ahora no se sabe ni cómo taponarlo. Y si no que se lo pregunten a Toni Comín que, desde su paradero belga, se quejaba de que la gente no ha entendido que esto tenía más curvas de lo que se pensaba.

Así las cosas, la gente quiere «más madera, que es la guerra», como pedía Groucho Marx. Necesita mantener viva la llama, que con tanto ardor lució en los sucesos de octubre; revivir la épica del 1-O; refirmarse en la maldad intrínseca de España y en la supremacía que nos connota; aferrarse como un clavo ardiendo al ensueño de un nuevo país, aunque nadie diga cómo será…

En fin, con la cosa del amarillo, democracia, Franco… va tirando, pero el combustible se agota. De donde no hay no se puede sacar ¿Y quién es el valiente que en estas circunstancias se atreve a cargar con el mochuelo y decirle a los narrados que la cosa se acaba y hay que irse a otro cuento o cambiar definitivamente de chip?

También el silencio de los corderos es un cuento, que relata el conflicto entre dos personajes que representan la inteligencia humana y la astucia diabólica. Uno de ellos, Clarice Starling (cuyo nombre significa «claridad» y su apellido «estrella luminosa»), entiende que la clave para hablar con Lecter, especie de guardián del infierno, es la sinceridad. De hecho, se desnuda completamente, contándole su trauma más íntimo, es decir el que tuvo escuchando a los corderos llorar antes de ir al matadero.

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