Sant Jordi no era ningún santo

Este es un artículo o carta abierta o no se como decirle, al amigo Antonio Baños, que días después de Sant Jordi escribió una columna de opinión sobre la comunicación que el Ayuntamiento de Barcelona había hecho con motivo de la fiesta del libro y la rosa. Digo amigo porque, aunque ya hace tiempo que no nos vemos, hemos compartido suficientes barras de bar para considerarme como tal. Así que me permitirás que te trate de forma cercana, espero que no te moleste.

En tu artículo, ágil e hilarante como acostumbras, repasas la leyenda de Sant Jordi y hablas de la infantilización de la cultura al revisar el mito del soldado valiente que lucha contra el Dragón y hacerlos abrazar fraternalmente. Déjame primero, que comente que me parece, lo he estado mirando, que en ningún momento el Dragón y San Jordi están juntos. Aparece con el caballo, que también ha traído cola, por lo del abrazo zoofílico y con una chica que lleva una bolsa pero no con el Dragón. Es un detalle, pero como conozco al diseñador que lo ha hecho, Andrés Requena, y es un buen profesional, estoy seguro que lo ha pensado. Por cierto, el título de este artículo le he tomado prestado de una frase suya.

En tu texto, hablas de la lucha de la razón contra las fuerzas telúricas. Ostras, intento ver la razón en la espada y la lanza de Sant Jordi pero me cuesta. Veo más la violencia contra lo que no se comprende y que por tanto se lee como maléfico. No se hasta cuando nos deberíamos remitir para encontrar la leyenda original pero si hacemos caso a la versión que recoge Joan Amades la cosa acaba con aquelarre sangriento. «Todo el pueblo de Montblanc, que había presenciado la pelea desde las murallas, ya esperaba con los brazos abiertos la doncella y el caballero, y en medio de la plaza desahogó su odio contra la fiera, de la que pronto no quedó pedazo». Hombre, mucha razón sobre lo irracional, no parece.

Y me considero metaforista, tal como tú dices. Me gustan las leyendas pero me gusta poder releerlas, tantas veces como haga falta. Porque las leyendas no son inocuas, en algún momento, alguien, decidió que valía la pena hacer leyenda de aquello, ni que sea un alguien múltiple e indeterminado que la ha ido adaptando a lo largo del tiempo. Y lo que contiene esta leyenda es, efectivamente, violencia y machismo. Porque tú, muy vivo, casi no mencionas a la princesa, aquella blandengue, que debe esperar a que el valeroso soldado, la salve de la oscuridad a golpes de lanza. No se qué metáfora ves tú en este hecho, pero no parece descabellado que, como tantas otras leyendas, se esté haciendo perdurar el arquetipo de la mujer indefensa y pasiva y del macho honorable y violento.

Tampoco se te debe escapar la lectura de clase. El dragón se comía un habitante al día, pero hasta que no le toca a la realeza, no aparece el caballero para matar la bestia peluda. Dime literalista, pero veo una intención bien clara de perpetuar las diferencias de derechos y de valor, entre la vida de un campesino y la de una princesa.

Yo no se si la campaña es o no acertada. De hecho, Sant Jordi, me provoca siempre una sensación dual entre la fascinación de la gente ocupando el espacio urbano y el rechazo los tópicos de la rosa y el libro que cada vez son peores, los libros y las rosas. Pero me interesa tu reflexión sobre lo que tiene de intocable las leyendas y tradiciones. Me hace pensar en otros mitos recientes que han levantado ampollas, en el Born y en el Fossar de les Moreres. Yo no creo que sean intocables, los mitos. Y si el Ayuntamiento quiere cargar de nuevos valores (algo flowers, tienes razón) los personajes de Sant Jordi, pues bienvenida sea la relectura. Quizá otro año, alguien hará otra relectura y el Dragón acabará siendo un símbolo de sabiduría ancestral al que Sant Jordi no puede sino que admirar por saber defenderse sin otras armas que su aliento. Quizás es que tiendo, no por animalista kumbayá, sino como aficionado a lo oculto, a ponerme de parte del dragón, antes que de parte de un Marine US Navy con coraza plateada.

Volviendo al tema de los símbolos, comentas que «el mundo está lleno de símbolos, de historias que sirven para explicar cosas eternas». Discrepo en la idea de eternidad de las «cosas». Ni los valores, ni la cultura, ni los roles sociales, ni siquiera los mitos son eternos. En cada momento, se establecen unos valores y estos son mutables y menudo fabricados a la medida del poder de turno. Desde la virginidad de María al mito del amor eterno, desde la heroicidad de Hércules en la paciencia de Job. La lucha del bien y del mal quizás es perdurable pero este bien y este mal varían, se adaptan y mutan. El mal, entonces, era la oscuridad de lo desconocido, de lo que era tenebroso y mágico. Ahora, en cambio, sabemos que el mal, tanto puede ser el vecino del quinto, que zurra a su mujer, como un tipo con la cara naranja y pelos de pollo, que se cree el amo del mundo. Y los héroes, a menudo van sin lanzas y sin escudos, a menudo van con con batas blancas o con monos ignífugos o con salvavidas al cuello.

En fin, Antonio que buscaba una excusa para charlar contigo, ni que sea en diferido, y el Dragón que baila un agarrao con un juglar me lo ha puesto fácil. Una última cosa, tienes razón que la infantilización y sobre todo la banalización de la tradición es un problema, pero no menos importante que la sacralización de la tradición o que la utilización de símbolos colectivos con fines particulares. Más o menos como cuando alguien decide que una leyenda será sobre una princesa fleuma, un soldado forzudo (dice Amades) y un dragón maléfico.

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