Tremenda Marta

Dice el juez que sería ella el verdadero cerebro de la trama familiar. Que sería ella la que se habría encargado de gestionar con una mano todo el patrimonio evadido y escondido en cuentas en Andorra mientras que con la otra daba lecciones de honradez cristiana y sacrificio por la patria catalana. Todo esto, incluido el supuesto pellizco que el patriarca textil habría dejado a su hija mayor y que ahora ha trascendido, se tendrá que probar porque ya sabemos que una es inocente hasta que se demuestra que no lo es. Mientras este esperado momento llega, la única certeza es que los viajes en coche oficial al país de los Pirineos de la ex-presidenta de Cataluña eran frecuentes y no precisamente para comprar chocolate. Otros catalanes con menos pedigrí también seguían su ejemplo y subían en autocar a guardar los doblones los fines de semana.

Estos días el periodismo de Madrid no da abasto para explicar las últimas noticias del clan Pujol-Ferrusola. Supongo que espera que con la segunda entrega del culebrón se pueda desconectar de una puñetera vez el comatoso proceso independentista del respirador y, de paso, disimular la peste a podrido que desprenden los populares, ahora obsesionados con cortar la cabeza del fiscal que ose poner en duda la honorabilidad de sus corruptos miembros. Entiendo el entusiasmo de algunos y la intensidad con que se han aplicado esta semana para localizarme por tierra, mar y aire para que hable de Marta Ferrusola y les diga que es capaz de hacer lo que se proponga porque a lanzada no la gana nadie. El presidente Tarradellas la caló rápido y eso que todavía se peinaba con moño.

Si se ha tirado en parapente, ha escogido las parejas de los hijos, ha hecho ir a los chóferes y a los Mossos que la escoltaban a comprar el pan y recoger la ropa de la tintorería, y ha dicho a Jordi Pujol a quién tenía que designar como delfín cuando él se jubilase, ¿cómo no tendría que haber decidido sobre la gestión del patrimonio familiar? A la tremenda Marta siempre le ha gustado dar órdenes y hacer dinero, de aquí su gran amistad con el patriota Lluís Prenafeta. Algunos tenderos de su barrio todavía recuerdan la racanería de la primera dama: ya era la mujer del presidente de la Generalitat y todavía les pedía descuentos porque decía que tenía familia numerosa. Supongo que es la marca que deja para siempre haber crecido en la postguerra y haber tenido como referente a un padre que la dejaba sin postre para ahorrar.

Mientras que en Madrid los tertulianos a sueldo del régimen hacen chistes con el encarcelamiento en Zaragoza del heredero de la estirpe – ¡suerte que el terrible penal de Torrero donde encarcelaron a su padre ya no existe!- en Cataluña nadie ha movido ni una ceja, como si el caso Pujol igual que el caso Palau, no fuera con ellos. Un día me dijeron que reconocería que me estaba haciendo vieja cuando dejasen de importarme las cosas que pasan. De momento estoy tranquila porque la estupefacción que gasto es grande después de constatar que la amnesia colectiva del 2014 se ha hecho crónica. Ya se han cumplido dos años de mi perfil crítico de Marta publicado por Angle Editorial. La mayoría de medios catalanes me ignoraron. Incluso algunos, como la Agencia Catalana de Noticias, no dudó en censurar la entrevista a pesar de que las preguntas –tipo «¿por qué ha escrito de Marta Ferrusola si no la conoce?- eran más interesantes que las respuestas.

Camino de los tres años del descubrimiento del rinconcito de los Pujol-Ferrusola por si venían mal dadas, me duele comprobar que este país sigue con la cabeza escondida bajo el ala sin exigir responsabilidades al entorno convergente y haciendo ver que la corrupción institucionalizada durante décadas es sólo cosa de la oligarquía española.

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