El teléfono y el bocadillo

La tentación es grande y yo he caído de bruces. Me había prometido que no volvería a escribir sobre el juicio del caso Palau, pero no he podido evitarlo, sobre todo después de escuchar la cantidad de barbaridades que se han explicado en las últimas sesiones y la poca repercusión que éstas han tenido en el pueblo catalán, tan proclive a manifestarse por tantas causas perdidas como la acogida de refugiados o la independencia de Cataluña. A diferencia de la mayoría, yo sigo estupefacta después de descubrir que en los despachos donde se corta el bacalao existen líneas telefónicas que no pasan por centralita y teléfonos escondidos en cajones.

Todo lo que estos días se ha escuchado en uno de los juicios más importantes a la oligarquía catalana que se alimenta de corrupción e impunidad supera con creces la imaginación de los guionistas del Polònia. Resulta que Joan Llinares, concentrado en su misión fiscalizadora de las cuentas del saqueado Palau de la Música, no sólo descubrió un trasvase de dinero público a los bolsillos de Fèlix Millet y a otros bolsillos. También encontró un teléfono de mesa guardado en uno de los cajones del despacho de Jordi Montull. Y si lo encontró fue porque sonó en el momento más inoportuno. El descubrimiento lo descolocó tanto que cuando escuchó la voz de Felip Puig hablando al otro lado de la línea no fue capaz de decir ni pío.

Felip Puig, el actual presidente de la empresa que gestiona el tranvía de Barcelona, forma parte de la casta pujolista que ha mandado siempre y todavía manda en este país escondida bajo otras siglas políticas. La colección de cargos que acumula Puig no se debe tanto a su inteligencia o currículum profesional, como a su maquiavélica forma de hacer política. En tanto que responsable de Interior, Felip Puig ha sido uno de los consejeros más odiados con permiso de Boi Ruiz. Él envió a los mossos a romper cabezas a la plaza Cataluña para acallar el 15M y despreció hasta el vómito a Ester Quintana. Con la llamada a Llinares pensándose que era Montull no sólo demostró sus pocas luces, sino también el morro del que se sabe intocable.

La desconcertante declaración de la ex-contable del Palau me cogió distraída imaginándome a Donald Trump recibiendo instrucciones de Vladimir Putin desde un teléfono escondido en un cajón del despacho oval. A pesar de haber trabajado 25 años a las órdenes de los Montull, Rosalía Inglés no se acordaba de nada de lo que le preguntaban, hasta el punto que la juez le tiró en cara si es que tenía algún problema médico que justificase su inesperada amnesia y la incapacitase mentalmente para decir la verdad. Sin embargo, nadie supera al abuelo Millet en su interpretación magistral de viejo chiflado y desvalido. No hay sesión que no se vea interrumpida por su voz pidiendo a gritos y con muy mala educación ir al baño. La comedia no acaba aquí. Cada mañana se trae para desayunar un bocadillo, supongo que sin nada dentro para demostrar que es más pobre que una rata, que se come en la sala para disgusto del personal de limpieza de la Ciudad de la Justicia.

Tampoco puedo dejar de pensar en el ridículo de los auditores Antoni Gracia y Roger Margarit, y en cómo han cavado su propia tumba, profesionalmente hablando. Los dos responsables de analizar las cuentas del Palau nunca detectaron irregularidades ni tampoco comprobaron si las facturas que se hacían para enmascarar el desvío de fondos a Convergència eran falsas a pesar de las cantidades desorbitadas que se pagaban. No sé yo si los jefes de Gracia y Margarit deben estar muy contentos porque sus declaraciones ponen en duda la profesionalidad del Gabinete Técnico de Auditoría y Consultoría SA (GTAC). Que unos auditores se refieran a sus clientes por el nombre de pila como si fueran amigos de toda la vida es sospechoso, pero que GTAC tenga entre sus clientes preferentes a la Generalitat de Cataluña todavía lo es más.

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