La divina comedia

Diez años de investigación del caso Nóos, cinco años de instrucción, seis meses de juicio oral y ocho meses de deliberaciones para volver a la casilla de salida y confirmar lo que todos ya sabíamos: que la justicia es justa con los ricos e injusta con los pobres. Como ha dicho el patricio ex-convergente y ahora letrado Miquel Roca con una mueca burlona disfrazada de sonrisa, la infanta Cristina es inocente y no sabía nada de las triquiñuelas del marido. La infanta Cristina nunca ha preguntado a Iñaki por la procedencia del dinero a pesar de que ninguno de los dos sabe conjugar el verbo trabajar. La gente se extraña. Como se extraña de que la gürteliana Ana Mato no sepa de dónde habían salido ni el confeti de las fiestas de cumpleaños de sus hijos ni los coches de lujo que su entonces marido tenía en el garaje de casa.

Este tipo de mujeres que no les importa saber de qué trabaja el padre de sus hijos mientras tengan a su disposición una cifra mensual que supera los seis dígitos siempre me ha fascinado. La infanta no se ha preguntado nunca nada sobre el origen del dinero porque es poco borbónico. ¿Por qué lo tendría que hacer? En La Vanguardia, tan monárquicos ellos, la han puesto a parir por su tozudez al negarse a renunciar a sus derechos dinásticos para no ensuciar todavía más la institución. Apunta Mariángel Alcázar que la infanta arrastrará siempre el remordimiento «de haber contribuido al desprestigio temporal de una institución que bajó de los cielos al infierno». A mí no me consta ningún descenso de los Borbones al infierno de Dante, sino todo lo contrario: una divina comedia donde los tontos de siempre mantenemos a dos reyes y a su extensa parentela, y seguimos pagándoles safaris y viajes de negocios.

Asegura la cronista real que mientras que Urdangarin se llenaba los bolsillos de dinero deslumbrando a nuevos ricos para pagar la barraquita de Pedralbes, «seguramente no pensó nunca que acabaría en la cárcel por unos delitos que, todo hay que decirlo, no habrían merecido tan elevada petición de pena si no hubiera sido el yerno del rey». Me hace gracia la sutileza florentina de algunos: le cargan el muerto al alter ego del bonachón Herman Munster a la vez que critican la manía persecutoria de la que ha sido objeto el pobre hombre dando por hecho, supongo, que en este país quien no pispa es idiota.

No nos equivoquemos. La gran cagada del yerno del rey caído en desgracia no es haber hecho negocios turbios, sino dejarse pillar.

Una vez conocida la sentencia, la pareja feliz se ha retirado unos días a Baqueira a respirar el aire del Pirineo aranés y a recuperarse del exilio dorado impuesto desde la Zarzuela en un barrio exclusivo de la aburrida Ginebra. Supongo que la cura prescrita por el médico para recuperarse del escarnio público debe haber sido alternar el esquí con los exquisitos ágapes de Casa Irene. Es el exclusivo restaurante de Arties donde la familia real española siempre tiene un comedor reservado y donde las hermanas de Juan Carlos y yo hemos coincidido en alguna ocasión en el lavabo, dejándome durante días en un estado de perplejidad parecido al que me provocó sentarme detrás de Woody Allen en el restaurante Tragaluz.

Será bonito ver cómo la infanta nos vuelve a dar a todos los que nunca hemos creído en San Valentín una lección sobre lo que es el amor incondicional cuando visite a su amado en la prisión. Imagino que el despliegue mediático será impresionante, pero tampoco quiero emocionarme avanzando acontecimientos porque –decidme malpensada- igual resulta que Mariano Rajoy ya tiene firmado el indulto para que Urdangarin y su amada esposa estén una buena temporada en el paraíso después del mal trago pasado injustamente en el infierno y el purgatorio.

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