Patitos

Qué gran idea llenar las fuentes ornamentales de la patria catalana de patitos amarillos de todos los tamaños. Cómo reconfortan al espíritu estas performances originales y reivindicativas, y cuánta falta que nos hacen en estos momentos de zozobra mundial. La victoria de Donald Trump nos ha dejado a todos tan descolocados que ahora ya no sabemos qué más puede pasar que sea peor que tener a un payaso machista y xenófobo mandando en la Casa Blanca. Algunos se decantan por la victoria de los lepenistas en las próximas elecciones presidenciales francesas y el inicio de la tercera Guerra Mundial mientras que otros, entre los que me incluyo porque soy una optimista, dudan entre el ataque zombi y la invasión extraterrestre.

Reivindicar la gestión pública del agua con una invasión de plumíferos, aunque sean plastificados, es una gran idea. En el caso de Barcelona, con la retrógrada ordenanza de civismo en la mano, el acto también es una gamberrada intolerable y la represalia tiene pinta de ser contundente. Sin embargo, la buena salud de una sociedad se mide por su capacidad creadora y, sobre todo, por su ingenio a la hora de mezclar el arte con la reivindicación social y de encajar la provocación con sentido del humor. En Barcelona nos hacen falta más actos de guerrilla urbana porque hay mucho trabajo por hacer. Y no me refiero sólo a las típicas pintadas feministas con las que los cupaires de Fort Pienc han decorado las puertas de la Monumental porque ahora ya no pueden tirar pintura roja a la sede de CDC de Roger de Flor.

Sin llegar a los extremos de la banda de payasos justicieros que lidera el actor Jordi Sànchez en la serie La que se avecina, necesitamos más que nunca actos transgresores que nos vuelvan a conectar las neuronas, últimamente muy perjudicadas por el uso de tecnologías alienadoras y de peligrosos discursos políticos populistas. En Calafell la pintada «la vida es una muerte» recuerda a los bañistas que la existencia es efímera y que más nos valdría no perder el tiempo asándonos al sol como si fuéramos lagartos hasta que la piel se nos caiga a tiras. Mi amiga M. protesta contra el mal estado de los libros de las bibliotecas escondiendo flores secas entre las páginas y yo he plantado semillas de marihuana por los parques de la ciudad con la mala suerte que todas las plantas que han sobrevivido a la vigilancia de los funcionarios municipales han salido machos.

La buena noticia es que, a pesar de la apatía general, si una enfoca bien puede descubrir por toda la ciudad pequeños actos de rebelión artística que nos dan esperanza. En la calle Aviñó y área de influencia las paredes están llenas de grafitis con mensajes de amor, poemas y composiciones visuales muy rompedoras que hacen las delicias de los turistas embobados y también de los carteristas espabilados. Hace poco, justo delante de la Sagrada Familia, en la tienda ilegal de la calle Mallorca que vende ropa deportiva del Fútbol Club Barcelona apareció una grafiti impresionante: un niño vestido con una camiseta del Barça y un rifle de asalto soviético en la mano. Depende de cómo lo mirabas, la cara del niño se transformaba en una calavera. Ni el misterioso Bansky lo habría hecho mejor.

Así que mientras se acerca el fin del mundo disfrutemos del momento patito y no nos estemos quietas. Catalanas todas: dejad de lado de una puñetera vez el aburrido sentido común y abrazad el transgresor ímpetu. La civilización sólo ha vencido a la mediocridad y ha hecho cosas extraordinarias cuando ha sido capaz de romper moldes. Que las calles de las ciudades se llenen de arte revolucionario para demostrar que estamos más vivas y con más ganas de dar guerra que nunca. ¡Adelante, patitos!

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