El coco nos hace reír

Tratar de meter miedo diciendo que viene el coco nos hace reír, sobre todo si el coco, como está ocurriendo en torno a las elecciones generales, es contradictorio, ramplón y nada creíble.

«El miedo o temor es una emoción caracterizada por una intensa sensación desagradable provocada por la percepción de un peligro, real o supuesto, presente, futuro o incluso pasado«, resume la Wikipedia. Biológicamente, constituye un mecanismo de defensa y resulta, por tanto, beneficioso. Es también un estado afectivo, necesario para la adaptación del organismo al medio. Puede formar parte del carácter de las personas y de las sociedades. Para algunos, en fin, el miedo es solo producto de la conciencia.

Joanna Bourke, autora de «El miedo: una historia cultural«, califica el miedo, como un sentimiento colectivo e individual, que varía con las épocas y los contextos históricos y apunta que el principal transmisor actual del miedo son los medios de comunicación de masas que, en todo caso, precisan de la credulidad social. Pone como ejemplo de ello, el célebre pánico colectivo desatado por la retransmisión de la «La guerra de los mundos«, por Orson Welles, en 1938. Y la autora recuerda otro precedente (una emisión equivalente de la BBC en 1926), que fue rápidamente olvidado, «tal vez por un posterior sentimiento de vergüenza colectiva». «La profesionalización de los provocadores del miedo es así una característica de nuestra época», concluye Joanne Bourke.

A pesar de que solo 17 personas perdieron la vida por actos terroristas en EE.UU, entre 1989 y 1992, el diario The New York Times publicó un promedio de cuatro artículos sobre terrorismo en cada edición. En ese período fueron editados más de 1.300 libros sobre terrorismo y terroristas. Diversos autores han denunciado el uso político del miedo como forma de control social, mediante la creación de falsos escenarios de inseguridad ciudadana. «Si introduzco miedo la persona se vuelve dócil, si le propino castigos cambia de conducta«, apunta José Antonio Marina.

En cualquier caso, una cosa es la potencialidad de sentir miedo, que no podemos dominar, y otra actuar con cobardía, algo que pertenece al dominio de la conducta, de aquello que podemos controlar. Del mismo modo que existe el miedo, existe también la posibilidad de hacerle frente, soslayarlo y hasta reírse de él ¿Recetas? Muchísimas, pero con el común denominador de la valentía, no desprovista en muchas casos de inocencia y hasta sentido del humor. ¿Cómo interpretar sino el miedo que nos despiertan los fantasmas?

Los fantasmas, ya se sabe, son supuestos espíritus o almas desencarnadas de seres muertos que se manifiestan entre los vivos de forma perceptible como, por ejemplo, tomando una apariencia visible o produciendo sonidos y aromas. En tal sentido, también el coco es un fantasma. Un fantasma que, con diferentes disfraces, se ha dejado caer por aquí, tratando de asustarnos con cosas como «Cubazuela», «comunismo», populismo, leninismo, ingobernabilidad etc. etc., previamente demonizadas. Siguiendo quizás a Maquiavelo, que consideraba más deseable para un gobernante ser temido que ser amado, nuestro particular fantasma no deja de recordarnos, desde los altavoces de la casta mediática, que viene el coco. Da igual que los mensajes sean antagónicos, que cualquier parecido con la realidad sea pura casualidad, que sus técnicas sean burdas y anticuadas. Todo vale para los fantasmas que nos amenazan con que viene el coco. Pero, no podemos remediarlo, a nosotros el coco nos hace reír.

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