El delfín del delfín

Nunca antes un alcalde había dado tantos buenos titulares y me había hecho sentir tanta vergüenza ajena por su incompetencia para el cargo. Hablo de Albert Ballesta, cuyo mayor mérito hasta el momento es haber cuestionado el supuesto buen criterio de Carles Puigdemont a la hora de escogerle como delfín y nombrarle alcalde de Girona. Todos recordamos el proceso tan democrático que precedió a la selección de Ballesta: a dedo y después de obligar a desistir a los 18 compañeros que le precedían en la lista electoral convergente. Supongo que en esto debe consistir la nueva política.

La elección de Ballesta no ha sido sólo «un fraude democrático» como dijeron los republicanos y socios del gobierno que presuntamente preside Puigdemont. Es también un ejemplo más de la vigencia de la teoría que da nombre al Principio de Peter y que asegura que «en una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia». El caso es que creo que este principio que tan bien se aplica a la política catalana omite la segunda parte, tanto o más importante que la primera: «Tan incompetente es el empleado que es ascendido por encima de sus posibilidades como quien le designa para el cargo conociendo sus limitaciones».

Si yo fuera gerundense me preocuparía mucho el ridículo de mi alcalde y la mala imagen que da de la ciudad. Girona, tan orgullosa ella, es hoy el hazmerreír de Cataluña con el permiso de Barcelona. Si dejamos de lado el episodio diez negritos –en este caso 18-, el show de Ballesta es un no parar de gags hasta el punto que parece estar asesorado por algún guionista polaco. Primero se equivoca a la hora de aceptar el cargo de alcalde y se ha de repetir el nombramiento. Después pacta con el demonio para conseguir que se apruebe su aumento de sueldo olvidando que el demonio es españolista. Y al final se queda más solo que la una y sin salario: mientras no encuentre ningún socio de gobierno sólo cobrará dietas.

Admiro el nulo sentido del ridículo de Ballesta y su fanfarronería nata. No sólo dice que los gerundenses «pueden estar bien tranquilos» porque él no piensa dimitir a pesar de su colección de pifias, sino que lamenta que algunos lo hayan querido presentar «como un pesetero» porque el sueldo de alcalde es pecata minuta si lo comparamos con el de funcionario de la Generalitat. Se me disparan las alarmas al pensar en la mala suerte que como ciudadana me supondría caer en sus manos de funcionario y busco en su biografía oficial. Leo que, como Puigdemont, también es periodista sin título y me quedo tiesa cuando descubro que ha sido director de los Servicios Territoriales del Departamento de Interior en Girona.

Recuperada del susto me concentro en pensar sobre cuál debe ser la verdadera razón que ha llevado a Carles Puigdemont a endilgar a los gerundenses a Albert Ballesta como alcalde y la reflexión me lleva a concluir que debe ser la misma razón que llevó a Artur Mas a colocarle a él –también a dedo- de presidente de la Generalitat. La conclusión me hace recordar otra teoría ligada al Principio de Peter de la que desconozco el nombre pero que sé que existe porque la he sufrido a menudo en mi gremio profesional. Es aquella que dice que «un incompetente sólo designa a incompetentes para que él parezca competente».

Es aplicar la teoría en cuestión a todo este galimatías político y ver la luz: Mas ha designado a Puigdemont y Puigdemont ha designado a Ballesta con el objetivo que los catalanes echemos de menos a Mas y reclamemos que vuelva y que los gerundenses hagan lo mismo con Puigdemont. El hecho de constatar que el hijo del pastelero es un presidente florero me duele porque esperaba que el movimiento de su cabellera sirviera para airear un poco el enrarecido ambiente de los despachos oficiales. Sin embargo, la decepción me dura poco. Es recordar que el presidente de verdad es Oriol Junqueras, escogido democráticamente en todos sus cargos públicos, y respirar tranquila.

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