La Infanta está triste

¿Qué tiene la Infanta Cristina que está tan triste? La cara demacrada con la que la prensa ha ilustrado la tremenda injusticia cometida con ella por no querer aplicarle la doctrina Botín y ahorrarle la tortura de ser juzgada como una más me ha conmovido. Ya no es sólo el paso del tiempo, tan cruelmente democrático él, que no respeta ni sangre roja ni azul. Es la cara de Cristina de Borbón el espejo de un alma atormentada, espero que por la mala conciencia de haberse creído superior al resto de los contribuyentes y no por la rabia de saberse descubierta. Decidme cándida.

De toda la colección de casos de corrupción publicitados hasta ahora, lo que más me indigna es la falta absoluta de vergüenza por parte de sus protagonistas. Ninguno ha tenido la necesidad de esconderse porque nunca han sido conscientes de haber perpetrado un delito. Todo el agravio cometido a la ciudadanía lo han hecho convencidos de que eran intocables y de que estaban en su derecho de enriquecerse aprovechándose de sus privilegios. Es por eso que las pruebas, como cargar a la empresa las obras del chalet de Pedralbes y el lujoso safari por tierras africanas, son tan evidentes que no las puede borrar ni la doctrina Botín ni Mister Proper.

De todas formas, lo que más me cuesta de imaginar es esta pareja de larguiruchos tomando clases de salsa. A los Borbones se les pueden reconocer muchas cualidades, pero creo que ni el sentido del equilibrio ni la gracia para bailar figuran entre ellas. Tampoco me imagino a los Urdangarín haciendo filigranas con brazos y piernas más allá de algún saltito tipo aurresku. Visualizo a Cristina bien pegada a Iñaki practicando los pasos de la salsa caleña, un estilo autóctono de Cali que se caracteriza por movimientos rápidos de piernas y cadera con acrobacias incluidas, y entiendo perfectamente que cargasen a Aizoon el coste de las clases. Las debían de pagar a precio de oro.

A quien sí que imagino bailando lo que sea con más salero es a Rita Barberá, nuevamente de actualidad porque no tiene pituitaria y por tanto nunca pudo oler la peste de podrido que desprendía su partido en Valencia. Los casos de corrupción entre las filas de los populares valencianos dan para una buena mascletà, pero la hija de falangista, miss simpatía-exabrupto y reina del caloret no sólo no sabe de qué se está hablando, sino que, además, está muy indignada porque no la dejan disfrutar de la paz de espíritu que da vegetar en el Senado después de todo el daño cometido.

Y mientras los imputados y sospechosos de corrupción se muestran tan demacrados como ofendidos, España ha registrado este pasado 2015 el peor dato de percepción de corrupción desde que se contabiliza este valor. Lo recoge el índice anual que ha presentado hace pocos días Transparencia Internacional y que sitúa el reino borbónico en el lugar 36 de un total de 168 países. Teniendo en cuenta que la ONG valora elementos como el nivel de libertad de prensa, el acceso a información sobre presupuestos públicos, la integridad de los cargos públicos y un poder judicial independiente del gobierno, no me sorprende que estemos detrás de Bhutan i Bostwana.

Hace pocos días Hervé Falciani decía en Barcelona que los españoles teníamos que felicitarnos porque estuvieran saliendo a la luz pública todos estos casos de corrupción porque «los países donde no se habla de corrupción son los peores». Yo no me felicito por nada, primero porque cada día que pasa me siento menos española y menos de todo, y segundo porque cada vez que me entero de algún nuevo caso de corrupción se me disparan los instintos asesinos.

Supongo que el proscrito Falciani se refería implícitamente a Suiza, paraíso del delincuente fiscal y casualmente actual lugar de residencia de Cristina de Borbón y de su extensa prole que tanto cuesta alimentar. El próximo 9 de febrero les volveremos a ver las caras en el juicio, la de tristeza de la Infanta y la de pocos amigos de su ilustre abogado Miquel Roca.

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