Más allá del sorprendente resultado de la asamblea de Sabadell, nadie puede negar que la CUP es una organización democrática que escucha, acepta y respeta la pluralidad de sus bases. Por eso me choca la desmesurada e hiriente campaña que se ha desatado en las redes contra esta plataforma de la izquierda independentista y anticapitalista.
Desde el entorno de Junts pel Sí y de los sectores más «hiperventilados» de la Assemblea Nacional Catalana (ANC) se han proferido, en los últimos días, todo tipo de improperios y descalificaciones contra los cupaires, tildándolos de «botiflers«, «traidores», «agentes del CNI», «españolistas», «borbónicos», «unionistas», «comunistas», «emporrados», «borrachos».., entre otros «amables» epítetos. Desgraciadamente, esto no es nuevo en este largo e inacabable «proceso», que empezó en 2012, desde que la Justicia imputó al heredero Oriol Pujol por el caso de las ITV.
Con anterioridad, otras organizaciones y dirigentes políticos catalanes han sido víctimas de estos propagadores del odio en las redes sociales: a Miquel Iceta, Àngel Ros, Joan Herrera, Dolors Camats, Teresa Forcades, Dante Fanchín, Josep-Antoni Duran Lleida, Lluís Rabell, Ada Colau… también se los ha estigmatizado con violentos insultos personales, muy a menudo desde el anonimato. Estos ataques, totalmente gratuitos y exagerados, han acabado creando un ambiente tóxico y venenoso que enturbia la necesaria coexistencia pacífica entre todas las personas que vivimos y trabajamos en Catalunya, tanto si estamos a favor como en contra de la independencia.
El origen de esta teledirigida y enfermiza agresividad fóbica es fácilmentededucible. Proviene de núcleos muy fanatizados que defienden, al precio que sea, la reelección de Artur Mas como próximo presidente de la Generalitat. Esta voluntad, perfectamente legítima y loable, sólo presenta un inconveniente y es que la coalición Junts pel Sí tiene 62 escaños en el Parlament de Catalunya, insuficientes para garantizar la investidura de Artur Mas y para amarrar un pacto de gobernabilidad.
El #pressingCUP es uno de los episodios más burdos y vergonzosos que nos ha tocado vivir en los últimos meses. Los «matones» que rondan por Internet se han ensañado con rabia y furia contra los cupaires porque todavía no han decidido facilitar la reelección del diputado número 4 de la lista de Junts pel Sí por Barcelona. Además, durante la campaña electoral sus representantes ya dijeron a los cuatro vientos que no lo harían.
La tolerancia es un valor superior que define la calidad democrática de una sociedad y de un país. Los catalanes mainstream siempre hemos anhelado ser como Holanda, Suecia, Dinamarca o Noruega, que consideramos el súmum de la civilización culta, justa y educada. Este es -si lo he entendido bien- el horizonte de los independentistas de ERC, de DiLL (CDC) y de la ANC. Por eso, sorprende y alarma que desde estos ámbitos se abone y se dé carta blanca a quienes azuzan el rencor contra quienes no piensan como ellos o no hacen lo que ellos querrían. Ahora le toca cobrar a la CUP.
La independencia, si tiene que llegar, lo será por la vía de la tranquilidad dialéctica y de la madurez democrática. Con actitudes de chulería barriobajera los ultraindependentistes no conseguirán convencer a nadie. Al contrario, provocan asco y multiplican el rechazo. Sería bueno que los inductores de esta espiral alocada rebajaran el tono y desdramatizaran la discrepancia política, esencia de la democracia. Empezando por el presidente en funciones, Artur Mas, y sus desafortunadas profecías -«nos esperan en la primera esquina para rompernos las piernas»– o las amenazas, formuladas en sede parlamentaria, de su padrino político, Jordi Pujol, sobre las ramas y los nidos.
Los insultos y las apelaciones a la intolerancia contra los militantes de la CUP -especialmente intensas en los pueblos y ciudades de la Catalunya interior- son la antítesis del pacifismo que invoca la llamada «revolución de las sonrisas». Sólo con buena educación y nobleza de espíritu conseguiremos el «país mejor» que todos queremos. Para los bocazas, un bozal.









