Aceite y agua

¿Es posible tener dos almas? En cualquier caso, y si así fuera, resulta, como el aceite y el agua, imposible amalgamarlas. A la hora de la verdad, una acaba imponiéndose a la otra y la pretendida síntesis acaba en agua de borrajas. Esto es lo que ahora le pasa a la Candidatura d’Unitat Popular (CUP).

En teoría (el papel lo aguanta todo), no resulta difícil diseñar de manera radical objetivos absolutos y limpios de polvo y paja como, por ejemplo, lo hace la CUP cuando establece como eje programático la liberación nacional y social de Catalunya. Ya lo hizo ETA en los años 50 y como ella muchos movimientos anti-colonialistas por todo el mundo. Y en la mayoría de los casos el agua nacional ha acabado imponiéndose al aceite social, sino negándola.

Gestada en el caldo de cultivo del nacionalismo sabiniano, presente en una sociedad industrializada, contaminada por las luchas del Tercer Mundo y radicalizada por la no democracia del franquismo, ETA sostenía, en línea con las luchas que se libraban en Vietnam, Argelia y otras colonias tardías, que «en una lucha de carácter nacional, la lucha de clases toma la forma de lucha nacional, lo que manifiesta la identidad de las dos luchas». Formulación que si en las luchas de liberación nacional del Tercer Mundo adquiría algún sentido, empezaba a perderlo cuando no se sabía dónde colocar categorías como colonialismo, imperialismo o métodos de lucha, como la guerra revolucionaria. Obviamente, ETA no podía decir que Euskadi era una colonia española, aunque sí estuvo tentada de hacerlo.

Hay que recordar que por entonces, el gran aliado de las luchas de liberación nacional eran los países socialistas y, en tal sentido, nada tiene de extraño que los relatos de los movimientos anti-colonialistas se tiñeran de rojo, aunque fuera de manera retórica. De hecho, en los lugares en que estaban sacudiéndose el colonialismo apenas si había algo que pudiera compararse a la clase obrera de los países centrales. Así, más que «tomar forma de lucha nacional la lucha de clases», lo que en realidad ocurría es que los movimientos anti-colonialistas eran, sencillamente, luchas de la población colonizada contra el colonizador, sin ningún aditamento de clase.

En tal tesitura, nación, pueblo, patria y otras categorías interclasistas adquirían pleno sentido. Se trataba de aglutinar el máximo de fuerzas contra el enemigo y solo de esa manera era posible. Por muy buenas intenciones que lo pudieran inspirar sería necio sostener que las minúscula o inexiste clase obrera de las colonias pudiera ser tenida en cuenta o erigirse en sujeto de la liberación. Hasta el propio Stalin bautizó la II Guerra Mundial como «guerra patria», con la intención de aglutinar la mayor fuerza social posible contra el enemigo.

Por el contrario, la lucha de clases, como su nombre indica, es la que se entabla entre partes de un todo social, que se conoce como nación. Es una confrontación entre partes de la nación y por eso resulta contradictorio tratar de unir en una sola categoría el agua nacional y el aceite social, el todo con una parte. Es por esto que la mayoría de las luchas que se libraron en torno al eje liberación nacional y social se quedaron reducidas a una única cuestión, la nacional. Nada de extraño si, por añadidura, se tiene en cuenta que lo nacional, el pueblo, el interclasismo, además de más grande es, generalmente, más poderoso, porque incluye las clases dominantes, las élites y los poderes fácticos aliados.

No es casual que los tres concejales de la CUP en el Ayuntamiento de Barcelona (que se niegan a pactar con Barcelona en Comú) se hagan fotografías con el número de preso de Arnaldo Otegi o que coincidan en el nombre con Herri Batasuna (Unidad Popular). Su ADN ideológico (liberación nacional y social) también coincide con el denominado abertzalismo (patriotismo) vasco. Y como él, está condenado a quedarse reducido a puro nacionalismo, porque el alma nacionalista (siempre más grandilocuente) acabará imponiéndose, sin descartar, claro, que algún avatar acabe consagrando la excepción. Todo ello, de cualquier modo muy alejado del purismo al 50% que proclama el ideario de la CUP y, por añadidura, con radicalidad manifiesta. Es decir, postureo.

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