Navidad, dulce Navidad

¿Por qué dulce? ¿Por las toneladas de golosinas que ofertan los supermercados? ¿Por las melodías (casi todas en inglés) que nos machacan desde las emisoras y los hilos musicales? ¿Por los sueños de los comerciantes que se frotan las manos pensando en cajas registradoras llenas? ¿Por la dulce cursilería general (e interesada) que rodea el festejo?

Desde hace muchos siglos, cuando la posición del Sol en el cielo se encuentra a la mayor distancia angular negativa del ecuador celeste (solsticio de invierno), cosa que en el hemisferio norte ocurre entre el 20 y el 23 de diciembre, los europeos echaban la casa por la ventana. Aunque quedaba mucho invierno por delante, los días comenzaban a alargar anunciando la primavera y eso era motivo de gran alegría. Se celebraba, claro, con algo que entonces escaseaba: la comida. Cuanto más oscuro, frío y desapacible era el entorno (países nórdicos) más larga y generosa era la fiesta.

Sobre aquella capa pagana, común a todos los europeos, instituyó el cristianismo la gran fiesta de la Navidad. Las celebraciones comunitarias y los banquetes continuaron, añadiéndose a ellos rituales como la misa del gallo (acompañada de ayunos y abstinencias), leyendas como la de los Reyes Magos y hasta alegorías de regusto idólatra como los belenes. En la Europa central y septentrional, abetos, nieve y Santa Claus dibujaron la efeméride.

Con cierta intimidad y lo que se tenía a mano (coliflor, lombarda, pollo…) se festejaba la cena del 24 y el 25 al mediodía se celebraba un banquete de familia, más abundante y festivo, que en Catalunya se reedita el día de San Esteban (26 de diciembre), con una comida en la que no suelen faltar la sopa de galets, los canelones y el capón relleno.

Así las cosas, de la noche a la mañana, la tramoya religiosa dio paso a la tercera versión de la Navidad, la actual, la del becerro de oro del consumo. Como ocurre con Halloween y otras neo-tradiciones, los emigrantes europeos llevaron los festejos de Navidad a los Estados Unidos, allí se reciclaron y reexpidieron, con estilo propio. Coca Cola transformó a Santa Claus en un señor gordo, con aspecto de bebedor y vestido de rojo (color corporativo de la Coca Cola) y el pino se instituyó en altar de los regalos, auténticos protagonistas de la nueva Navidad, de la Navidad del Mercado.

Espumillones, adornos de toda clase y condición, ramitas de abeto (de plástico)… conforman la nueva estética de la Navidad, chirriante, ñoña y melancólica, que se corresponde con un buenismo subyacente difícil de soportar. Y, en realidad, vender y comprar, de manera exagerada, compulsiva, sin justificación. Todo (luces, villancicos, escaparates, oportunidades…) está orientado al mismo fin: estimular las compras. Juguetes para los niños, ropa, productos alimenticios, bebidas, perfumes… Todo, absolutamente todo, cabe en la cesta de Navidad.

Como el señor acomodado que da una limosna a la salida de misa, la Navidad no sería tal sin el añadido de la caridad. Ponga un pobre en su mesa y si no, más utilitario, deposite unos paquetes de arroz, azúcar o lentejas en los cajones de «La gran recogida de alimentos», ese supermercado de la caridad alimenticia, que se vanagloria de haber recolectado cuatro millones de kilos en su última edición. Así, los pobres también pueden participar de la alegría de la Navidad.

Según datos del pasado mes de julio, un 21% de los catalanes viven bajo el umbral de la pobreza. La principal privación material manifestada por la población catalana es la de no poder disfrutar al menos de una semana de vacaciones al año. Esta privación afecta a un 42,6% del total de población. La siguiente privación más frecuente, con un 41,1%, es la de no poder hacer frente a gastos imprevistos, seguida con un 9,9% del retraso en el pago de gastos relacionados con la vivienda.

Cualquiera que forma parte de esta ignominiosa estadística y muchísimos más que podrían estar en ella, pueden darse una vuelta por una céntrica gran superficie y practicar la obligada ilusión de Navidad contemplando cosas como:

· Espárragos, lata 13-16 unidades, 54 euros
· Habitas en aceite, 400 gramos, 43 euros
· Alcachofas capricho, 445 gramos, 48 euros
· Jamón, 595 euros
· Vino Cheval blanc, 2.400 euros
· Vino Margaux Burdeos, 1.920 euros
· Vino Toro, 1.272 euros
· Lata de berberechos, 100 gramos, 33 euros
· Miel de Nueva Zelanda, 250 gramos, 49,90 euros

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