Aznar: apóstata, tránsfuga y mártir

Son muchos los políticos de la España del último Borbón que han ido cambiando de partido para mejorar o ascender en lo que consideran su carrera profesional. Han pasado de luchar contra el sistema a pugnar para regir el sistema. Para ellos la política es un oficio como el de administrativo, oficinista o mero chupatintas. Se sirven de ella en su propio beneficio olvidando que debieran estar al servicio del Bien común. Por esta razón el mundo de la política se halla inmerso en un estado de miseria muy difícil de superar. Pero el gobierno de una nación no es ninguna farsa a pesar de que existan farsantes que la denigren. Las puñaladas traperas que le han clavado en su alma la han herido de muerte. Cuando eso ocurre deja de ser el escenario del teatro del mundo para convertirse en un esperpento de caricatos.

 

Si la política ‘es el arte de gobernar un país y el conjunto de actividades para acceder al gobierno o, como dijo Azaña, ‘el estadio más elevado de la cultura‘, con Rajoy esa honorable disciplina nunca ha existido. Los que han pretendido derrocarle a través de la palabra y la razón, una gran mayoría, han sido declarados antisistema y erradicados de la vida pública sin juicio previo. Lo que queda son politicastros lameculos, una panda de hienas, trepas y lambiscones cuyo única finalidad es la de permanecer en el poder para preservar sus prebendas y seguir disfrutando de los chollos y mamandurrias que les dispensa Rajoy.

 

Esta lamentable historia del transfuguismo viene de lejos. Jorge Vestrynge, que comenzó militando en las filas de la extrema derecha pasando a ser el número dos de ‘Alianza Popular’, se ha convertido en un tertuliano habitual de los medios fustigando con sus opiniones críticas al Gobierno de Rajoy. Por el contrario Rafael Blasco militante del FRAP, ha recalado por conveniencia en las filas del PP. Josep Piqué, Pilar del Castillo y Celia Villalobos -conjuntamente con Jiménez Losantos- iniciaron su recorrido por la política en ‘Bandera Roja’ para terminar integrándose en la formación de los populares. Y, por su parte, Cristina Almeida, Nicolás Santorius, Diego López Garrido y Rosa Aguilar se convirtieron en tránsfugas de IU para fichar por el PSOE. Son solo algunos ejemplos para ilustrar la hipótesis que mantengo en este artículo sobre el transfuguismo de Aznar que, dada su peculiaridad –en teoría se ha mantenido siempre en el PP- merece un estudio aparte.

 

Aznar siempre fue un tipo insignificante y algo ridículo que nunca agradó al Rey. En realidad Juan Carlos no le podía ver ni en pintura. Ni a él ni a su bigotillo a lo Hitler, ni a su media sonrisa de hiena, ni a sus ojos turbios de catavinos. Después el rey Borbón supo que el pequeño bigotudo no gastaba buenas pulgas; era seco, apenas dialogaba, se mostraba poco comunicativo y permanecía hermético como una caja de caudales. Cuando ganó las elecciones en el 2000 por mayoría absoluta, Aznar ebrio de poder y de soberbia, pronunció una frase que dejó tieso al Rey, ¡Se ha terminado la guerra civil! Con ella dio a entender que iba a proclamarse emperador de todas las Españas como un Napoleón cualquiera. Fue entonces cuando cambió radicalmente y comenzó a recorrer el camino de su dictadura blanca.

 

El Rey Borbón, desde mucho antes de su llegada al poder, detestaba su pinta innoble de funcionario de tercera y su carácter intransigente propio de un chusquero que no podía sonreír porque si lo hacía su faz se convertía en la de un chacal. Al Rey, Aznar le parecía torpón, maleducado, simple y, al contrario de Felipe, poco dado a florituras con la palabra. Su esposa Ana Botella, una mujer medianamente inteligente, astuta y defensora a tope de la imagen de su marido, le propalaba sus ansias de poder. Para colmo de males, Aznar era ‘joséantoniano‘ y de extrema derecha. De todo su ideario de falangista trasnochado, Juan Carlos solo compartía lo de la ‘unidad de la patria’, y no el resto de las Leyes Fundamentales franquistas, que en el fondo eran las que el nuevo presidente pretendía restablecer. Durante su pubertad y primera juventud, Aznar, había formado parte de las filas de Falange enganchado por la mítica de su fundador: fuegos de campamento, camisas azules, luceros del alba, justicia social, montañas nevadas, versos bajo las estrellas, camaradas y una serie de parafernalias y palabras huecas que nunca se concretaron en nada.

 

Aznar, imbuido de la soberbia que se le metió en el cuerpo cuando alcanzó el poder, no se privó nunca de dedicar a Juan Carlos desplantes en público lo que originó, en más de una ocasión, que el Monarca le replicase ante terceros. Una vez le dedicó estas palabras: ‘¡Pero que corto, que corto es este hombre!’. Aznar nunca compartió algunos de los comportamientos del jefe del Estado y ‘mucho menos esa alegría desbordante del Monarca, que en ocasiones le pareció frívola y populista, absolutamente fuera de tono‘. Cuando Aznar se enteró de que el Rey compadreaba con Felipe González y con otros personajes de su entorno –Prado y Colón de Carvajal, Mario Conde, de la Rosa, los Albertos, Jesús de Polanco y otros financieros y empresarios- tomó precauciones. Sacó información de primera mano sobre su vida y milagros que desglosó en dos grandes secuencias de su entorno: la integrada por los temas relativos a asuntos económicos, los del bolsillo, y los referentes a sus escarceos amatorios.

 

Aznar, antimonárquico por naturaleza, desacorde con la democracia como buen falangista y contrario a la constitución por convencimiento, acudió el pasado 12 de octubre por primera vez en 9 años a la recepción real que el príncipe Felipe dio en el Palacio real, ‘para defender la democracia y la Monarquía‘. Sus palabras a los medios fueron terminantes: ‘Mi presencia en este acto obedece a un objetivo concreto, dijo el ex presidente: defender la democracia española, la unidad nacional y el sistema monárquico constitucional en unos momentos en que, en mi opinión, España atraviesa una situación de extrema gravedad‘. Es decir, Aznar se convirtió en un tránsfuga de su propio partido sin salir de él, un hecho insólito aunque coherente con la historia del PP.

 

Efectivamente, cuando el PP alcanzó el poder, fundamentó su política en captar la militancia de todos los sectores de la derecha sin excepción –centro, ex falangistas, tradicionalistas, ‘guerrilleros de Cristo Rey’, cabezas rapadas, monárquicos, anti-juancarlistas, requetés, etcétera- que Aznar tuvo la habilidad de aglutinar en el seno de su gran familia. Puso, de una parte, un banderín de enganche abierto a todos los facciosos del viejo régimen que permanecían escondidos por temor a la nueva policía socialdemócrata, para que pudieran tener un padre y una casa como Dios manda y, de otra, capitalizó a su favor los muchos desafueros cometidos por el ‘felipismo’. La prensa amiga colaboró con él evidenciando a la ciudadanía los escándalos de corrupción del PSOE (Gal, fondos reservados, Roldan, Vera, Corcuera… y los hermanos de Guerra) por lo que a Aznar le fue relativamente fácil convertirse en el líder soñado por los españoles y acceder al poder. La interesada colaboración de los medios conservadores contribuyó eficazmente a que los socialistas perdieran las elecciones.

 

A diferencia de Grecia, Francia, Alemania y otros países de la Europa democrática, en España solo existe un gran partido de derechas con sede parlamentaria. Resulta imposible trasladar a esta nación la pugna que existe en Francia entre la derecha civilizada, la UMP de Nicolas Sarcozy, y el Frente Nacional, la extrema derecha de Marine Le Pen. Aquí, como es sabido, todos se aglutinan bajo el manto protector del PP. Pero vayamos al grano y planteemos la pregunta del millón. ¿Cuál fue la causa de la conversión de Aznar al centro derecha? Permítanme que me cite a mi mismo. En mi libro ‘El circo de la política’ (‘La flor del viento’, 2008) ya escribía:

«A finales de mayo de 2008, auguré el retorno de Aznar como candidato del PP a las elecciones generales de 2012 con la excusa de evitar un cisma que pudiese perjudicar al partido conservador y favorecer de nuevo al PSOE. Se trataba de un mero juego de política ficción basado en la lógica. El antiguo presidente de los populares ‘mostró su disgusto por lo ocurrido y dijo estar muy dolido con Rajoy’ olvidando que fue el quien le había designado a dedo como su sucesor. La Vanguardia’, en su edición del 23 de mayo de aquel año publicó en primera pagina el siguiente titular: ‘Aznar arropa a los críticos y censura el giro de Rajoy’. De nuevo, la funérea sombra de Aznar se perfila en el horizonte como un renovado salvador de la patria mientras los suyos preparan su retorno triunfal. Y si no, al tiempo». La sombra de Aznar es alargada y se perfila como la de un enorme ciprés amenazante y túrbida. Si el pueblo no lo remedia el PP puede reaparecer en el Gobierno, un presagio maléfico y tenebroso para la democracia y la libertad.

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