Catalunya da la vuelta al Mundo

Sea dicho con toda la admiración y respeto por los esforzados activistas de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), que, junto con los indignados, considero uno de los movimientos cívicos y políticos más interesantes que han surgido de nuestra sociedad en los últimos años: cuidado con el batacazo que os podéis dar el próximo 11 de septiembre! Jugarse la Diada Nacional a la carta única de la independencia y, a la postre, quererlo hacer con una cadena humana que enlace el Pertús con las Casas de Alcanar es una apuesta muy arriesgada que, si no se gana, puede estropear todo el trabajo que se ha hecho en las últimas décadas para recuperar la plenitud nacional de Catalunya.

 

El referente mimético de la Vía Catalana es la Vía Báltica que hicieron los ciudadanos de Estonia, Letonia y Lituania el 23 de agosto de 1989, en el 50 aniversario de los abominables pactos Molotov-Ribbentrop (es decir, ¡entre la Unión Soviética y la Alemania nazi!) y que propiciaron la anexión de estos tres países a la autoridad central de Moscú. Pero comparar la situación de las tres repúblicas bálticas en 1989, en plena descomposición del régimen soviético, con la de Catalunya en 2013 es un espejismo engañoso.., siempre que no seamos intelectualmente osados y establezcamos un paralelismo entre el posterior «big bang» de la Unión Soviética y las tensiones que desestabilizan actualmente la arquitectura de la Unión Europea. Pero me parece -tal vez
me equivoco- que Angela Merkel no es el alias de Mikhaïl Gorbachov.

 

Uno de los problemas intrínsecos del catalanismo es que pasamos el tiempo mirando hacia afuera y pendientes, después, del qué dirán de nosotros. A remolque de la lucha por la independencia de Irlanda, Francesc Macià promovió una ridícula invasión militar de Catalunya que fue inmediatamente abortada por las autoridades francesas en Prats de Molló.

 

Cuando el fascismo hacía furor en el sur de Europa, muchos independentistas de aquí -como los homenajeados germanos Bahía- quisieron imitar el espíritu militar de las escuadras del Duce y cuando el III Reich estaba en su máximo apogeo, muchos nacionalistas exiliados escucharon embobados los «cantos de sirena» que desde Berlín anunciaban la buena nueva de una Catalunya independiente bajo el imperio del «fürher» Adolf Hitler.

 

Con las guerras de independencia del Tercer Mundo contra el colonialismo, la ‘estelada’ se convirtió en roja y los referentes eran entonces Argelia, Palestina, el Congo o Vietnam. De aquella fiebre nació ETA y aquí, ‘Terra Lliure’ (q.e.p.d.). Puestos a copiar, después vendría el estallido del bloque soviético, con las revoluciones alimentadas por la CIA que hacían salivar la derecha nacionalcatòlica de Convergència i Unió. Después miramos hacia el Quebec y Escocia, con la ilusión del referéndum. Pero, ay las!, si en Catalunya tenemos que hacer la consulta que sea, sobre todo, sobre todo, antes del 18 de septiembre de 2014, porque los escoceses a buen seguro que rechazarán la independencia y esto nos puede hacer mucho daño… ¡Pa-té-ti-co!

 

Mientras tanto, nos obsesionamos con la desmembración de Yugoslavia, que -no lo olvidemos- fue un drama horroroso, lleno de sangre, pueblos destruidos y miles de familias desplazadas. Y si tenemos que hacer la DUI, el modelo es… ¡Kosovo! Sinceramente, no veo a Oriol Junqueras con un casco y un fusil exterminando charnegos por las calles de Sant Vicenç dels Horts.

 

Y después de este viaje alrededor del Mundo en busca de la independencia perdida, este 2013 volvemos a la mar Báltica. Al año 1989, dos millones de estonios, letones y lituanos -sobre una población de siete millones- enlazaron los 560 kilómetros que separan las ciudades de Tallin, Riga y Vilnius. Aquí se trataría, supongo, de hacer lo mismo, con Perpiñán, Barcelona y Valencia (Países Catalanes), pero ni arriba ni abajo no hay «ambiente».

 

Dejémoslo en el Principado, que el 11 de septiembre, miércoles, es festivo. ¿Cuánta gente hace falta para unir los 400 kilómetros que van de las Alberes a la Sènia? Los organizadores sacan el mapa de carreteras y la calculadora y piden 400.000 voluntarios sobre una población de siete millones de habitantes. De momento, dicen, hay 250.000 de apuntados.

 

Veremos. Sólo quedan 40 días y con agosto por el medio.

 

Deseo de todo corazón que la Vía Catalana sea un éxito y que, efectivamente, se llene todo el recorrido. El «pack» de la camiseta amarilla pegatina banderín se vende a 12 euros. Si quedan muchos kilómetros vacíos y fracasa, tendremos que volver a cambiar de «peli», aunque ya la hayamos visto mil veces: entonces jugaremos a cubanos, a israelíes, a sudaneses del sur, a eslovenos o a kurdos? Si la Vía Catalana se queda corta, la pregunta saltará de inmediato: ¿donde están los dos millones de independentistas que, según la versión oficial, llenamos (yo estaba) las calles de Barcelona el Once de Septiembre de 2012? Y pondremos cara de tontos.

 

Seriamente: Catalunya debería encontrar y hacer su camino por sí misma. Todos los guías a quienes hemos hecho caso hasta ahora nos han traído a un laberinto sin salida.

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