El presidente de la Generalitat, Quim Torra, no se ha caracterizado para ser un gran estadista que llena su agenda de prolíficas sesiones de trabajo, de actos de gran calado o de acontecimientos de profundidad política. Más bien frecuenta ferias, fiestas de pueblo, encuentros con ratafia y convenciones de castellers. Es donde más cómodo está. Alguien –con tino- le dijo que tenía que aprovechar actos de peso donde invitaban al gobierno para dar una imagen más presidencial.

Pero el problema es que la acción del gobierno catalán es tan pobre que en lugar de inaugurar grandes instalaciones, infraestructuras capitales, grandes convenciones económicas, buenos hospitales o nuevas escuelas, Torra acaba aplaudiendo obras menores. La semana pasada acabó inaugurando con toda la pompa una simple ampliación de un andén de una estación de Ferrocarriles.