El cinismo fue siempre una fuerza consustancial al Procés. Presentarse como un movimiento radicalmente demócrata y a la vez señalar como “no catalán” o “facha” (fascista) a quien pensara diferente, anulando así a la mitad (larga) de la población catalana. Asegurar que Cataluña es una tierra “oprimida” cuando en realidad es una de las regiones más prósperas de España, con un altísimo nivel de autogobierno. O afirmar que los acusados por el 1 de octubre son “presos políticos”, omitiendo deliberadamente que intentaron derrocar -sin tanques, pero derrocar- la legalidad vigente, algo que, al menos de momento, es delito. Son sólo tres ejemplos de que el Procés siempre ha mostrado esa  “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”, que no es otra cosa que la primera acepción de la RAE para cinismo.

Pero tras la sentencia del Tribunal Supremo se produjo un salto cualitativo. El Procés derivó en una espiral de altercados y sabotajes, frente a los cuales, lejos de menguar el cinismo procesista -siquiera por un ataque de mala conciencia por el perjuicio a los ciudadanos-, ha redoblado su apuesta: la Generalitat no ha dudado en atribuir los disturbios a “infiltrados” (convirtiendo así al independentismo en el primer movimiento en la Historia compuesto exclusivamente por seres puros y virginales); ha mirado hacia otro lado o directamente los ha alentado, haciendo de Cataluña lo que Joaquín Luna, en un artículo publicado recientemente en La Vanguardia, ha denominado “una gran barra libre”.

No soy cicatero con la violencia. Es preferible evitarla, pero la considero una gran partera de la Historia. Y los políticamente correctos que se horrorizan con solo pronunciar su nombre, deberían saber que nuestro actual sistema democrático se funda en un hecho –la Revolución Francesa- que hizo correr la sangre a raudales. Pero debe quedar claro que lo que tenemos ahora en Cataluña no es una masa de oprimidos luchando por su subsistencia. Ni tampoco Palestina, por mucho que se empeñen. Más allá del pretexto de protestar contra una sentencia judicial, el motivo de fondo de los desórdenes es puro chovinismo: instaurar una nueva frontera en el Ebro. Un diktat que pretende imponer menos de la mitad de la población. “Si con el 43% de los votos actúan con tanta prepotencia” –se pregunta Joaquín Luna en el mismo artículo- “¿se imaginan la discriminación que sufriríamos muchos ciudadanos en una Cataluña independiente?”

La sociedad civil independentista, por su parte, ha actuado de manera similar. Los disturbios no han provocado en ella la más mínima autocrítica o condena. Ahí están las declaraciones de la presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, señalando que los altercados tienen el “aspecto positivo” de “hacer visible el conflicto catalán en el exterior”. O los resultados de las últimas elecciones, donde los partidos que justifican abiertamente los disturbios han salido reforzados: Junts per Catalunya -el partido de Puigdemont- ha ganado un diputado (pasa de 7 a 8 escaños). Y las CUP  entran al Congreso con dos, los mismos que pierde ERC, formación más pragmática y posibilista.

En este contexto,  ¿es de extrañar que una formación de ultraderecha duplique sus escaños? Todos sabemos que la derecha española ha “blanqueado” a Vox al gobernar con él en Andalucía. O que las segundas elecciones provocadas por el ego de dos políticos izquierdistas han traído hastío y desafección. Pero,  ¿de verdad estos factores consiguen explicar el espectacular crecimiento de este partido en tan solo siete meses?

No. De la misma manera que ciertas políticas del PP han podido “fabricar independentistas”, no es menos cierto que un inacabable Procés de siete años, coronado ahora por semanas de violencia y desórdenes, puede fabricar españolistas. El grito de “a por ellos” ilustra a la perfección este fenómeno. Ambos nacionalismos se necesitan, se retroalimentan, en una espiral infernal de acción-reacción. Sin el Procés, Vox no podría presentarse como el único salvador y garante de la unidad de España; como la figura paterna, firme y fuerte, que pone orden en casa. Y, a su vez, Vox refuerza la imagen de España que siempre ha interesado al independentismo: un estado autoritario, de camisas azules y brazos en alto, para poder así decirle a su parroquia y al resto del mundo: “¿veis como teníamos razón?”.