Tengo que reconocer que Barack Obama siempre me ha incomodado. Por la misma razón por la que me incomoda Guardiola: la perfección -dicen- es fascista, y ambos personajes rozan la perfección. Obama es la versión política de Sidney Poitier en la película Adivina quién viene a cenar esta noche: Guapo, inteligente, simpático, buen orador, partidario de la diversidad, el diálogo, la ecología, la paz mundial… ¡Y además buen bailarín! O sea: el yerno perfecto. Quizás por tipos cómo este es que la gente adora a Homer Simpson: porque es gordo, calvo, bebedor, caótico, gandul, tierno. Humano, en definitiva. Y no un compendio de virtudes que lo único que hace es recordarnos nuestras propias carencias.

En todo caso, resultó sorprendente que en 2016 el pueblo norteamericano cambiara la perfección por un espécimen como Donald Trump. Muchos todavía no nos hemos recuperado de nuestra estupefacción. Porque no es que sea diferente a Obama, es que directamente es la antítesis, tanto en el aspecto político como personal.

Aun así, nunca faltarán en los medios de comunicación opinadores que digan que "el pueblo no es tonto" y "sabe lo que vota". Son los apóstoles del populus rex, del pueblo soberano y omnisciente que, según ellos, nunca se equivoca en sus designios electorales. Pues en este caso lo tienen negro: nadie puede alegar ignorancia. El norteamericano que lo votó sabía lo que se hacía, conocía al personaje. Sus votantes, por lo tanto, son responsables de haberlo colocado en el lugar que un día ocupó Abraham Lincoln. Sólo hay dos posibilidades: o son como él, o son tolerantes con él. Porque Trump no engaña a nadie y no se molesta en disimular: es supremacista, clasista, sexista, armamentista. Y un charlatán, caprichoso y prepotente. Sin cultura, sin maneras, sin nada. Bien, sin nada no: Tiene dinero. Y poder.

La última idea que ha tenido es intentar comprar la enorme isla danesa de Groenlandia (la más grande del mundo). Pero no nos apresuremos en juzgarlo: se trata de un territorio que posee vastos recursos naturales, situado en una disputada zona estratégica -el Ártico- de vital interés para Norte-América. Trump será lo que sea, pero tonto no es. De hecho, no es la primera vez que los americanos ponen los ojos sobre esta isla: un presidente con la cabeza mucho mejor amueblada, Harry S.Truman, ofreció en 1946 cien millones de dólares en oro por su adquisición. En aquella ocasión Dinamarca rechazó la oferta, cosa que no hizo en 1917, cuando accedió a vender a los Estados Unidos las que hoy se conocen como islas Vírgenes. Se puede calificar la iniciativa de anacrónica, pero no de excentricidad.

Descartada la veta excéntrica, interpreto la frustrada tentativa de compra como síntoma. Todos los imperios han tenido una primera etapa inicial, de construcción, que en el caso de Roma fue la República. Un régimen que practicaba ciertas virtudes que no en vano llevan el nombre de republicanas : la austeridad, la moralidad, la fiscalización y control del poder público. Estas virtudes desaparecen con la llegada de la siguiente fase, el Imperio. Lógico: si el poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente. Y la época imperial es la de mayor poder de Roma. Los magistrados, sometidos hasta entonces al control senatorial y popular, son reemplazados por tiranos dotados de un poder ilimitado. En este ambiente, donde la única ley es el capricho del príncipe, se suceden los emperadores crueles, arbitrarios o directamente locos. Y estos cometen el peor pecado que puede cometer un gobernante: perder el contacto con la realidad. Así, Calígula decide un buen día nombrar cónsul a su caballo, o Domiciano hacerse adorar como un dios.

Hoy, el líder del Imperio (formalmente una república) que domina el mundo, ya no sabe qué es o no es anacrónico enel siglo XXI, ni cómo funcionan las relaciones con un aliado. Y, sin pudor alguno, propone comprarle parte de su territorio. E igual que hace esto, gobierna a golpe de tuit, insulta a un adversario político o separa un hijo de sus padres inmigrantes en la frontera con México. Desgraciadamente, muchos súbditos, envilecidos por el poder imperial, ya ni se sorprenden.

Por suerte, estamos en el siglo XXI: la negativa de Dinamarca sólo ha supuesto la suspensión de una visita oficial. En otros tiempos, ya habría sido arrasada.