El 17 de enero de 2018, el presidente de la Mesa de Edad del Parlament, conforme al reglamento, presidía la sesión de constitución de la Cámara catalana, surgida de las últimas elecciones autonómicas. Tras un alegato “para ganar la libertad de Oriol Junqueras, Joaquim Forn, Jordi Cuixart y Jordi Sànchez; y para acelerar el libre retorno de Carles Puigdemont, Meritxell Serret, Clara Ponsatí, Lluís Puig y Antoni Comín”, finalizaba su discurso inaugural proclamando: “este país será siempre nuestro”.

A quienes viven en el barrio barcelonés de Horta el personaje les resulta familiar, porque han paseado, comprado y trabajado toda la vida a la sombra de su apellido: La principal calle de Horta se llama Paseo Maragall. Los Maragall, familia patricia, de ésas que en Cataluña han cortado el bacalao desde siempre, han dado ya un poeta nacional (Joan) y un alcalde y presidente de la Generalitat (Pasqual). Poca broma. El Maragall que presidía aquel día el Parlament había pertenecido, al igual que su hermano, a un partido bifronte que tenía cúpula catalanista y unas bases que en su mayoría siguen siendo de extracción humilde, hablando castellano y sintiéndose hondamente españolas (y catalanas). No creo necesario aclarar a cuál de estas dos almas pertenecía nuestro hombre. En todo caso, el patricio social-catalanista lo fue hasta que, cegado por la luz del “Procés”, cayó del caballo y decidió ser solo catalanista, sacudiéndose toda veleidad obrerista. Y entró en Esquerra Republicana.

Si traigo a colación a este personaje es porque el pasado 26 de mayo intentó revalidar en las urnas la alcaldía de su hermano. Pese a saber que en estos tiempos vencer no significa gobernar, sobre todo si se gana por sólo 4.833 votos, empatando incluso a concejales con el siguiente candidato, Maragall se vio inmediatamente a sí mismo como alcalde. Acarició, durante algún tiempo, la ilusión de conquistar para el independentismo la joya de la corona, la capital que aún hoy se resiste al “Procés”: Barcelona. La mestiza, la bilingüe, la obrera, verdadero contrapoder histórico a la Cataluña interior, ayer carlista y hoy secesionista.

Pero a veces la alegría no solamente dura poco en la casa del pobre. Con el paso de los días, Ernest Maragall fue contemplando, horrorizado, cómo una mujer que siempre había intentado quedar bien con los de su cuerda, aunque sin acabar de ser de su cuerda (ser “equidistante”, se le llama ahora), una mujer toda ambición y sed de poder, tejía una alianza con los enemigos de su ideología (“los partidos del 155”, “ los carceleros”) y, por tanto, de su patria. ¿Objetivo? Arrebatarle la alcaldía de Barcelona.

Al final ocurrió lo impensable: al apoyo del PSC a Ada Colau se sumaron los inesperados votos de Manuel Valls. Y la infamia se consumó. Entonces, como dice el Evangelio, fue “el llanto y el crujir de dientes”. Y no solo por parte del candidato desairado, sino también de Quim Torra. A las habituales recriminaciones por aceptar el apoyo de “los carceleros” se unió el reproche de “querer aferrarse a la poltrona” y de “servir al establishment”.

Tiene gracia que esto lo diga, precisamente, el dirigente de un partido (CiU/PDECat) que siempre ha representado los intereses de la burguesía catalana. ¿Y Maragall? ¿Acaso este bisnieto de fabricante textil no lleva más de veinte años ocupando cargos públicos? Pero el delirio llegó con la teoría conspiranoica de Torra: todo había sido una “operación de Estado”. La líder de los Comunes quedaba así convertida en el brazo armado del CNI.

Nunca sabremos si aquel 17 de enero de 2018, cuando Ernest Maragall proclamó que “este país siempre será nuestro”, se estaba refiriendo a su clase social o a la ideología que hoy profesa. O a ambas. Pero en todo caso, su llanto y crujir de dientes (como el de Torra y el de los independentistas que el día de la toma de posesión de Colau la llamaban “puta” y le arrojaban monedas) retratan a la perfección qué ocurre cuando se le para los pies a quien se cree “con derecho a”, a su feroz pulsión patrimonial, a su mezquino e implacable sentido de la propiedad, tan de burgués o hacendado rural. Porque, hombre, ¿cómo no va a ser alcalde Maragall, si esta tierra es nuestra?