Si tuviera que definir la situación de Cataluña en este inicio del curso 2019/20 elegiría una palabra: desolación. La gente hace su vida como puede, las empresas funcionan, las tiendas suben las persianas... Sí, pero el tono coral de la sociedad es bajísimo. El desgaste producido por la larguísima batalla política entre independentistas y no independentistas, con el epílogo inevitable de las luchas fratricidas entre las facciones secesionistas al constatar el fracaso estrepitoso de su sueño/delirio, han provocado una sensación generalizada de desaliento y de fastidio.

Yo hago la comparación entre la Cataluña actual y el episodio bíblico de Sansón. Prisionero de los filisteos, Sansón recupera su fuerza bruta y provoca el derrumbamiento del templo. Él muere, pero también los 3.000 filisteos que había en el interior del edificio.

En Cataluña hemos tenido, en los últimos 50 años, a nuestro particular gigante Sansón: Jordi Pujol, amo y señor -con el permiso del establishment de Madrid- de los resortes políticos y económicos de la sociedad catalana. La caída en desgracia de Sansón-Pujol, por su inmoral connivencia con la corrupción, ha acabado comportando el derrumbe del edificio que nos protegía. “¡Après moi, le déluge!”, como lo sintetizó Luis XV.

En este sentido, Cataluña está en ruinas. Si antes presumíamos de ser un “oasis” (con las cloacas podridas por la corrupción), ahora nos hemos convertido en un desierto. Más allá de ir tirando y sobreviviendo, no hay grandes ideas, no hay proyectos de futuro, no hay entusiasmo creativo. Solo procesismo errático y estéril.

Tenemos en la memoria los grandes hitos que hemos conseguido desde el fin de la dictadura, en su mayoría fruto de la colaboración institucional, y que han configurado una nueva Cataluña: los Juegos Olímpicos, la apertura de Barcelona al mar, las rondas, el AVE en las cuatro capitales, la L9, el nuevo aeropuerto del Prat, el eje transversal, el Fòrum 2004, TV3, el abastecimiento de agua a Tarragona, Port Aventura, el canal Segarra-Garrigues, la autovía A-2, los túneles del Cadí, del Tibidabo y del Garraf, la transformación de todas las ciudades, etc., etc.

De aquel caudal de iniciativas imaginadas y desarrolladas por los políticos del momento, que se tradujeron en obras tangibles por el bien de la mayoría de la sociedad, hoy hemos perdido todo el fuelle. La política se ha convertido en un confortable “modus vivendi” para los que se dedican y aquello que importa, por encima de todo, es conseguir el poder al precio que sea y no perder la poltrona. La clave es tener perfil bajo y no arriesgar.

El impulso transformador que hizo eclosión con la llegada de la democracia se ha desvanecido. No nos equivocamos: el proceso independentista no es el comienzo de nada, es el traumático capítulo final del pujolismo moribundo.

Ahora que está a punto de empezar el curso escolar, volveremos a hablar -y a denunciar- la vergüenza de los barracones en los cuales están confinados miles de niños por falta de diligencia inversora de la Generalitat. Ante la grave crisis de la vivienda que sufre Barcelona, el Ayuntamiento no ha tenido mejor idea que habilitar viejos contenedores portuarios para que vivan familias sin techo.

Sirvan estos dos ejemplos para describir el estado de inanición que sufrimos. Necesitamos un Gran Arquitecto que ordene y racionalice los recursos al alcance –que están- para construir el nuevo templo de la convivencia catalana sobre los escombros que nos ha dejado la acción devastadora y suicida de Sansón-Pujol. Este nuevo Gran Arquitecto de Cataluña no tiene que ser un hiperliderazgo providencialista –no creo en ello ni es bueno-, sino que tiene que surgir de una voluntad, de una ambición y de un consenso entre los actores políticos que ocupan responsabilidades institucionales para fijar las prioridades estratégicas y ejecutarlas a través de los presupuestos debatidos y aprobados.

No podemos continuar vagando por el desierto. No somos el “pueblo escogido” por Yahvé, aunque haya descerebrados que lo piensan y se lo creen. Si el Parlamento de Cataluña es incapaz de aprobar el presupuesto –el que tenemos vigente es una prórroga del de 2017- lo que hace falta es proceder a su disolución y convocar elecciones. Sin más excusas ni dilaciones.