Historiador. Presidió Amnistía Internacional en España. Trabaja en el Ayuntamiento de Castelldefels en una área que incluye la emigración y lucha contra las pseudociències. Ha publicado un libro sobre las Brigadas Internacionales. Forma parte de Federalistas de Izquierdas.

¿La emigración es innata a la condición humana?

Hay una cosa más importando que las fronteras, que es la necesidad de preservar la vida de las personas. Todos necesitamos mejorar nuestras condiciones de vida. Desde siempre. Los animales han sido muy determinados por el clima y las posibilidades ecológicas del medio. No es imaginable un hueso polar en el desierto. Pero los seres humanos sí que tenemos la posibilidad de adaptarnos al entorno. En caso de necesidad, podemos pasar de un clima a otro sin problemas. Somos nosotros mismos, quienes ponemos trabas. Coartamos la libertad que la natura nos otorga para poder vivir donde queramos.

Hecho que tiene su rostro más feroz en los neonacionalismes que nos invaden...

La antítesis a la libre circulación de las personas es la manera de entender el nacionalismo, no como un orgullo de la propia cultura, sino la pulsión de poner fronteras, tanto físicas cómo mentales, a cualquier tipo de acercamiento a quienes venden otros contextos. Esto es una cosa que me horroriza. Todo lo que nos rodea, empezando por la misma ciudad de Barcelona, es producto de la inmigración. No sólo, como se llama, de gente procedente del resto de España y de todo el mundo, sino de los mismos catalanes. En Cataluña, como el resto de España, las grandes ciudades se han nutrido de gente que ha venido del territorio, otras comarcas. Personas que, como cualquier emigrante, consideraban que sus condiciones de vida podían mejorar marchando hacia la ciudad y se iban.

¿Qué sentido tiene, pues, la animadversión contra la emigración, en un contexto en que no hay una especial disputa por los recursos sino que, al contrario, resulta objetivamente necesaria para las economías desarrolladas?

No tiene ningún sentido en sociedades donde se tira la comida por toneladas, donde se derrocha la energía y que, como es el caso de España, tienen miles de personas que han marchado a trabajar fuera, que se cuestione como se está haciendo la inmigración. Esto es un disparate. No hay ninguna razón capaz de justificar las políticas contra la emigración en Europa y en los Estados Unidos. La densidad de la población en Europa, aparentemente elevada, continúa siendo baixíssima en muchos territorios. Aquellos campos de Soria de los cuales hablaba Machado son vacíos, como buena parte de España.

Históricamente, ¿Cataluña no es un ejemplo muy acabado de migraciones, de mestizaje?

Sorprende muchísimo que, siendo resultado de una gran diversidad, en Cataluña se intente construir una identidad única. Mi apellido mismo, Borgoñoz, es un apellido catalán castellanizado. Toda mi familia es murciana, pero resulta que procede de emigrantes catalanes que en el siglo XVIII se fueron a Murcia. Y ahora, entre comillas, hemos vuelto. La familia de una amiga, judía residente en Barcelona, que fue expulsada de España hace 500 años, conserva el apellido Barchilón, que viene de Barcelona. Son así, los tumbos que hace la vida.

A la última reencarnación del nacionalismo catalán (versión Torra) la identidad saca la cabeza con fuerza. ¿De donde sale, esto?

Esto es común a los nacionalismos, desde sus orígenes a la época romántica. Consiste en una mitificación de lo que es propio, al margen de cualquier justificación objetiva. Una construcción que tiene más de inventado que de real. Actualmente hay una sorpresiva polémica en Cataluña en que se culpa el auge de los castellers al hecho que se deje de bailar la sardana. Creo que se puede vivir perfectamente en un mundo donde convivan y se complementen las dos cosas y que, además, incluyan otros muchos gustos y maneras de divertirse. Pero, claro, hay gente a quien le gusta manegar las esencias por una cuestión de poder, de dominio, de control. Que se sienten completamente inseguros cuando, en una conversación, alguien dice que su lengua materna es el wòlof.

En definitiva, la emigración, en un mundo globalizado como el actual, ¿no remite a una cosa tan sencilla como trasladarse?

Ahora ya no se habla tanto de emigración como de nueva ciudadanía. En realidad, la gente que viene de fuera es cada vez más vista como ciudadanos con derechos, sin ninguno otro problema. Se podría asimilar a lo que entendemos por viajeros, pero sin la restricción de derechos que pueden tener. En Castelldefels hay un 20% de población procedente del extranjero. Así, cuando hay elecciones, por razones diversas, entre un 10% y un 15% de ciudadanos adultos no pueden votar. Gente que vive allá desde hace años, pero que no puede votar. Un absurdo.

¿Qué alquimia más difícil se establece entonces entre el charneguismo, los nuevos emigrantes internacionales y el identitarismo nacionalista?

El charnego era el peor porque, en origen, era la mezcla de catalán y español. Tiene mucha carga peyorativa, porque viene a decir que el padre o la madre del charnego era, por definición, un traidor. Se veía como una ofensa que alguien de los nuestros se mezclara con alguien de ellos. Este sentimiento, afortunadamente, ya no se vive entre mucha gente de Barcelona y Cataluña. Pero, en determinados círculos, los apellidos cuentan. Basta dar un vistazo a los cargos a la Generalitat de Cataluña para ver cuáles son los apellidos dominantes. En este contexto tengo que decir que tengo amigos independentistas que dicen que no son nacionalistas. Cosa que, más o menos, vendría a decir que se plantean la salida de Cataluña de España por razones de interés, sobre todo económico. Tienen, respecto a la inmigración, posiciones parecidas a las mías, no son identitarios..., pero no se sienten españoles. Pero también hay nacionalismo excluyente y esto puede ser fuente de conflicto con quienes no encajan en el canon.

La batalla contra los neonacionalismos, la xenofobia, el racismo... se entabla, en buena medida, en el frente cultural, en el terreno de la información, de la cultura, de las ideas... En consecuencia, más allá de la política, ¿no está planteada la urgencia de una acción social más decidida en el terreno del conocimiento?

Hacen falta normas progresistas para que el campo de juego sea más equitativo entre los actores, pero el objetivo es tener una sociedad más justa. La igualdad de las mujeres no se basa a disponer de leyes igualitarias, sino que la sociedad sea igualitaria. Las leyes son el medio, no el fin. Con los emigrantes pasa una cosa parecida. No basta con que tengan los mismos derechos, sino que hace falta que la sociedad integre la emigración a su ADN, y que no importen los usos y costumbres, que para nosotros tampoco son los que tenían nuestros padres y nuestros abuelos. Afortunadamente, la cultura de matar moros y quemar herejes se ha perdido. Y esto es un cambio importante en los usos y costumbres.

¿Cómo, en fin, podemos explicar la pervivencia del espíritu de campanario en nuestro mundo globalizado?

Resulta sorprendiendo que haya padres que lleven a sus hijos a hacer yudo, a ver películas de Marvel del Capitán América y cosas por el estilo que después se definen como superidentitaris. No puede ser. Si vivimos en un mundo global, hay que aceptarlo y actuar en consecuencia. Lo que hay que tener es espíritu crítico. Hay que saber diferenciar el grano de la paja. Disponer de conocimientos que nos permitan convivir de manera normal, ordenada. Y la izquierda no está respondiendo como tendría que hacerlo a la cuestión de la emigración. Por el contrario, no es extraño ver como el auge de la ultradreta xenófoba se está produciendo precisamente en lugares que habían sido coto de partidos de izquierdas. Han cambiado su voto a la izquierda por el voto a la extrema derecha. La gente de izquierdas, en general, se muestra partidaria de acoger la llegada de inmigrantes desde una perspectiva generosa y no excluyente, aunque de manera regulada. En este marco también aparecen cuestiones complejas como el peso de determinadas culturas en las formaciones políticas. No sé cuál es, en este momento, el porcentaje de personas extranjeras en Cataluña, pero lo que sí que está claro es que hay un gran colectivo humano que vive con nosotros y no tiene representación política. Y no veo a la izquierda voluntad de hacer que lo que en la calle es normal también lo sea en las leyes y las instituciones. Y esto pasa también por el federalismo, porque la emigración es un fenómeno complejo que exige soluciones complejas. Y a esto da respuesta el federalismo.