Militante socialista, ha sido diputado en el Congreso en seis legislaturas. Abogado laboralista y profesor del derecho del trabajo en la UAB y en la Escuela Universitaria de Trabajo Social de la UB. Forma parte de Federalistes d’Esquerres y preside el Ateneo Popular Cerdá.


¿Que son los neo-nacionalismos?

Llamamos fascismo a demasiadas cosas que no lo son y, en particular, a lo que no encaja con lo que uno piensa. Simplemente, por respeto histórico, hay que decir que el fascismo (que es una salvajada increíble) tenía un corpus doctrinal y una teoría del Estado. Los que estamos viendo ahora de los nacional-populismos es, básicamente eso, populismo, entendido como la solución fácil y autoritaria a problemas complejos. El fascismo quería construir algo equivocado, erróneo, sí, pero era un proyecto del que carecen los nacional-populismos. Entre estos también los hay que se acercan más a los rasgos del fascismo. Por ejemplo, el de Orbán, con sus milicias de las cruces flechadas desfilando por Budapest. Otros no son así.

El populismo, que vio la luz hace ya más de 150 años, y que resulta una criatura política bastante difícil de definir, ahí está…

Para entendernos, cuando impropiamente llamamos fascistas a algunos, sabemos de qué estamos hablando. Conllevan el peligro del autoritarismo y del totalitarismo. Y aquí, en Cataluña, lo que preocupa son los rasgos totalitarios. Los nacionalistas catalanes autoritarios, que existen, tachan de fascista a cualquiera. Es un sistema de descalificación y ya está. Pero lo peor son los rasgos totalitarios, porque al no haber poder suficiente para ser autoritario surge lo que casi me atrevería a calificar de nacional-populismo catalán, el de los secesionistas que intentan ocupar todos los aspectos de la sociedad civil.

Todo esto viene acompañado por un llamativo empuje, digamos, propagandístico en las redes sociales, los medios de comunicación y el mundo editorial ¿Se puede hablar de un auge de las publicaciones sobre fascismo?

Hay un auge de publicaciones de interpretaciones políticas, entre ellas algunas de propaganda del secesionismo, que carecen de interés. Pero, entre ellas llaman la atención títulos, en ocasiones reediciones, que se refieren al fascismo y los años 30 ¿Por qué sino vuelven a editarse, por ejemplo, los escritos de Gramsci sobre fascismo? De repente, tenemos una traducción del magnífico Piero Calamandrei del “Fascismo como régimen de la mentira”, y también de Michela Murgia, que publica el interesantísimo “Manual para ser fascista”. Naturalmente, si esto se edita es porque responde a una demanda. Y no deja de preocuparme el interés que, incluso personalmente, me ha despertado todo esto.

¿Podría ser que el interés por indagar en el presente nos conduce, necesariamente al pasado?

Posiblemente. Hemos leído historia, algunos creíamos que algo sabíamos, pero, claro, seguramente no tenemos suficiente con todo eso. Estamos afinando y ampliando conocimientos. Cuando estuve en el Congreso de los Diputados, lo hice básicamente en la comisión de asuntos exteriores. Allí tuve ocasión de detectar, ya a final de los años 90, el ambiente terriblemente proclive al nacional-populismo y a los para-fascismos en toda la franja oriental de Europa. En una reunión en Roma, los jóvenes representantes de las repúblicas báltica afirmaban, sin vergüenza, algunas cosas que el resto teníamos asimiladas al fascismo y el ultranacionalismo, como la creación de dos categorías de ciudadanos, en las que los rusófonos quedaban desprovistos de derechos de ciudadanía. Y los hemos aceptado en Europa.

¿Esta digamos moda literaria relacionada con el fascismo también incluye la que lo promueve, o lo contempla con complicidad o benevolencia?

No lo sé, porque no está en mi radar, pero sí que detecto un auge enorme de publicaciones de defensa y justificación del secesionismo en Cataluña. En cualquier caso, cuando he releído cosas de mi juventud, que entonces me podrían haber parecido aceptables, ahora me resultan insoportables. Si nos vamos a Francia, creo que hay un fenómeno de literatura nacional-populista, disfrazado de nouvelle filosofie y cosas por el estilo, con exponentes ya veteranos como Bernard-Henri Lévy, André Glucksmann o Alain Finkielkraut. Hay también novelistas de éxito, como Houellebecq, que están en una línea fascistizante. En Italia y creo que también en Francia se están editando libros de revisionistas históricos, que no llegan a la negación del Holocausto, pero que hacen relecturas dañinas, por ejemplo, sobre la resistencia al fascismo.

¿Todo ello quizás vinculado a un neo-nihilismo negativo, a esa atmósfera de fin del mundo, que acaba proclamando el repliegue?

El repliegue no conduce a nada, pero es una característica común a muchas posiciones políticas en este momento, en las que paradójicamente coinciden presupuestos de extrema derecha y de extrema izquierda, por ejemplo, en Francia. A veces, diciendo cosas que se parecen más a lo que decía Le Pen padre, que a las de Le Pen hija y, sobre todo, marcadamente anti-europeístas. En Portugal, el Partido Comunista sigue anclado en una lectura contra la “Europa de los mercaderes” que, por otras razones, también exhibió Varoufakis. El repliegue nos lleva a un desastre absoluto. Si Europa adoptara como política general el repliegue sería su desaparición como tal.

Repliegue que no es otra cosa que el espíritu de campanario, lo de cada “mochuelo a su nido”, frenando o impidiendo la emigración…

Cundo fui por primera vez a Nueva York, aunque la conocía como todos por el cine, lo que más me sorprendió fue la variedad de gente, de lenguas, de olores… Entonces, Barcelona era aún una ciudad con poco más que la influencia francesa. Y nos considerábamos cosmopolitas, porque viajábamos al otro lado del Pirineo. Ahora, Barcelona si es una ciudad estrictamente cosmopolita, con 160 lenguas censadas, con gente proveniente de prácticamente todos los Estados de la ONU. Para mí, esto es el paradigma real de lo nuevo. Los demógrafos, los economistas nos dicen que el mundo del futuro va a ser un mundo de ciudades. La urbanización es imparable, a no ser con violencia, y con la violencia lo que hay es desastre.

El marco mental que se nos había generado antes de las elecciones europeas, poniendo el acento en el peligro eminente de la extrema derecha, no se ha hecho realidad, a pesar del avance de esta tendencia en países como Francia e Italia…

Las cosas no se paran con unas elecciones. Es un hecho de que hayan tenido resultados inferiores a los que ellos creían, pero hay cosas preocupantes, como los resultados, aunque sean provisionales (porque no se sabe cuánto van a estar en la UE) del Reino Unido, en los que un mentiroso compulsivo y populista, impresentable, se lleva el gato al agua, destroza el sistema político, para nada. En conjunto, el auge nacional-populista se ha atascado, pero no mucho.

Y viendo el auge nacionalista en la India, el Trumpismo, Bolsorano, Duterte… ¿Algo parecido a escala planetaria?

Si. Los tópicos pacifistas hindú o budista no parecen inmunizar contra el nacionalismo. Tampoco los resultados electorales en Sudáfrica son para alegrarse mucho. Hay que estar vigilante. No se puede perder músculo ideológico, ni político. Quizá alguna nueva generación pueda dar por hecho e inamovible el Estado de Derecho o no digo de Bienestar, que aún perdura en nuestros países. Pero esto no es ni inamovible, ni eterno.

¿Qué papel le adjudicas a la globalización en este contexto?

Hay un discurso contra la globalización que es fundamentalmente erróneo, aunque es asumido por algunas izquierdas muy coherentes en otras cosas. Lo que no se puede es luchar contra el movimiento de la historia y si realmente algunos de la antiglobalización leyeran detenidamente a Marx verían el papel que le adjudicaba el comercio. Y esto va para arriba, y no es algo horrible. Es el intercambio de bienes y también de ideas, de conocimientos, de personas… En el mundo hay mucho por descubrir de valores, de formas organizativas, de sensatez y valentía, que cuesta encontrarlo en la cercanía. La globalización también nos ayuda a entender el mundo de una forma más amplia. Esto es buenísimo. Es como el turismo. Está gestionado fatal y sufrimos sus efectos, pero es un fenómeno positivo extraordinario. Y todos somos turistas. Aunque también hay que reconocer que, aunque ayuda, el nacionalismo no se quita solo viajando, sino mirando, entendiendo, escuchando y, en último término, hablando.