Profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de Barcelona (UB) y traductor en organismos internacionales como la ONU y la Comisión Europea. Militante de izquierdas, acaba de ser nombrado responsable de la Agrupación de Barcelona de Sociedad Civil Catalana (SCC). 


¿Esperaba la reacción contra la sentencia del 1 de octubre?

Hombre, no al detalle, pero suponía que montarían un buen pollo, eso sí. Lo de los cortes de carretera ya lo habían hecho, es un clásico, y era previsible. Ahora, las salvajadas que hicieron en Barcelona ciudad, el nivel de agresividad y de violencia al que llegaron, francamente no me lo esperaba. Como tampoco me esperaba que ante ello, ante esa muestra de absoluta rabia desatada (la ocupación del Aeropuerto, por ejemplo, es uno de los hechos más graves que han ocurrido hasta ahora), ante eso, repito, no me esperaba que después hubiesen unas elecciones y los partidos que justifican abiertamente estas salvajadas obtuviesen los mismos porcentajes de voto de siempre.

Yo diría incluso que estos partidos han salido reforzados: Junts per Catalunya ha pasado de tener 7 escaños en el Congreso a tener 8. 

Uno podría pensar que la gente “de orden” (entre comillas), procesista pero de derechas, se escandalizaría ante estos hechos. Porque hasta ahora siempre nos habían vendido la moto de que eran pacíficos. Y más o menos se habían mantenido en un cierto orden, en el sentido de no incurrir en grandes acciones violentas. Hablo de violencia física, porque la psíquica la han practicado sistemáticamente: el acoso psicológico contra las personas que no comulgan con sus ideas lo han perpetrado siempre. Pero claro, la violencia física aún no había aparecido de manera abierta. El hecho de que después de aparecer esta violencia física –la prueba palpable de que están dispuestos a lo que sea con tal de conseguir sus objetivos-, nadie se escandalice y sigan justificando tal violencia –es decir, aceptando que su fin justifica estos medios-, pues no me lo esperaba. Y me demuestra que estamos ante un monstruo más peligroso de lo que podía pensarse hace un tiempo. 

Justamente quería preguntarle eso: ¿cómo interpreta que una parte considerable de una sociedad acomodada y consumista como la catalana -y no precisamente su parte más precaria o vulnerable- justifique esta violencia y refuerce electoralmente a los partidos que la avalan? ¿Estamos ante una esquizofrenia? 

Es que yo creo que ya no es una esquizofrenia. Antes podíamos pensar que había esquizofrenia, pero ahora no. Es gente que da por hecho -y espero que se equivoquen- que podrán mantener sus niveles de renta y su bienestar material aunque opten por este tipo de medios. También creo que tienen la esperanza -que espero sea ilusoria- de que con estas pruebas de fuerza finalmente conseguirán una cierta claudicación por parte de los gobiernos del Estado. Y que, por tanto, van a seguir manteniendo sus privilegios actuales -porque la población de Cataluña en muchos aspectos está privilegiada respecto a otros territorios de España-. Y que además conseguirán, como se suele decir, el gordo: ya les tocaba la pedrea cada año, pues ahora les caerá el gordo. Por tanto, han demostrado una catadura moral que en absoluto concuerda con la imagen que proyectan de sí mismos y que nos quieren vender. O sea, que ahora no me dan ninguna lástima. No me puedo alegrar, claro, por los que perdieron el ojo durante los disturbios de octubre pasado; pero pienso que se lo han buscado y que, por tanto, no derramaré ni una lágrima de mis ojos por los ojos que han perdido. Se lo han buscado y se lo han ganado a pulso. Ninguna conmiseración, solidaridad o comprensión. Por mí, como se dice vulgarmente, que les den.

Muchos dan el Procés por amortizado pero… ¿es posible que, producto de la fatiga, el afán de apaciguar la situación y también, evidentemente, de la necesidad de alcanzar un gobierno estable, el Procés finalmente gane, habiendo perdido? ¿Es decir, que consiga ciertos réditos que vayan más allá de la Constitución?

Dependerá de hasta qué punto los tiene bien puestos (y perdón por la expresión) el gobierno de turno. Claro, si el gobierno de turno antepone ciertas ventajas que considera que son de rango superior -no digo ya ni siquiera por intereses de partido, sino de grupo dominante dentro del partido; o por una concepción un tanto irenista de lo que es la convivencia en un país como España-, si antepone esto, repito, a ser políticamente honesto y no aceptar chantajes, entonces sí que el Procés puede acabar consiguiendo ciertas prebendas. Pero claro, esto podría generar una situación de enfrentamiento civil gravísima en el conjunto del país. Espero que se lo piensen bien antes de caer en esta trampa. Porque es evidente que la gente que hemos sufrido, que estamos sufriendo el chantaje permanente de los sectores independentistas no nos vamos a quedar parados.

O sea, que si el gobierno no es capaz de enfrentarse a esta situación, habrá gente de a pie que se enfrentará. Eso lo garantizo. No porque yo tenga capacidad alguna para influir en esta línea; sino porque estoy palpando, viendo cada día que esta disposición de ánimo existe. Si el gobierno no hace su trabajo, habrá gente que lo hará de otra forma. De mala manera, naturalmente, porque es el Estado quien tiene el monopolio de la fuerza. Y si esta responsabilidad la asume otra gente, pues lo hará de un modo que no será aceptable desde el punto de vista ético y político, pero que será una salida forzada a la que muchas personas se verán abocadas. Y esto es, en mayor o menor grado, una guerra civil. No guerra con armamento, de momento… pero vamos, menos armamento pesado, puede haber de todo. Lo siento mucho, pero lo veo así. 

¿Cómo ve el futuro? ¿El Procés perdurará años y años, reinventándose como hasta ahora?

La historia no acabará nunca. A un capítulo le sucederá otro, quizá con un relato diferente, pero acabar, esto no se acaba. Soy pesimista. Son mucha gente y tienen muchos recursos de todo tipo: humanos, creativos… Y se ha de reconocer que tienen bastante imaginación –a veces hacen el ridículo más espantoso, pero pese a ello, tienen imaginación- y, por tanto, pueden estar reinventándose durante años. Y creo que es lo que pasará. Entonces, de la capacidad, la habilidad, la prudencia (no en el sentido de “apocamiento”, sino de aplicar los medios justos y adecuados en cada momento para la consecución de un fin) de los gobiernos centrales dependerá que éstos puedan mantener a raya al Procés. Pero creo que esto perdurará. Y lo único que puede desengañar a sectores amplios que actualmente están por el procesismo (cosa que más tarde o más temprano se producirá, aunque no podemos prever cuando) es la evidencia de un daño económico serio en la población, como consecuencia de sus actuaciones. Sólo en el momento en que se vea esto con total claridad, y que una parte muy amplia del empresariado (y no sólo representantes puramente institucionales de las patronales) reaccionen activamente frente a ello, solamente entonces supongo que habrá gente que le vea las orejas al lobo.

Usted es de izquierdas de toda la vida, y acaba de ser nombrado responsable de la Agrupación de Barcelona de Sociedad Civil Catalana (SCC). ¿Qué les diría al independentismo y a buena parte de la izquierda, que identifican esta entidad con la derecha, incluso con la extrema derecha?

Que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Yo conozco a mucha gente -incluso gente que no es independentista- que tienen este cliché, porque en sus orígenes, en el núcleo fundador de SCC había ciertamente un mayor peso de la derecha que de la izquierda, eso es evidente. Al principio había personas que se movían en el ámbito del partido socialista pero más personas que se movían en el área del PP y Ciudadanos. Como es lógico, porque la izquierda ha hecho dejación de principios en este tema. Es normal. Por tanto, la izquierda se lo ha ganado a pulso, en una entidad que por principio es transversal (en el sentido político, no en el sentido social: ello significaría interclasista, y no es ésta la cuestión). ¿Qué es transversal? Pues que en posiciones políticas, el caballo de batalla de SCC es intentar convencer a la sociedad catalana de que la independencia es un disparate y que se abandone este objetivo. Y lo intenta mediante la actividad propagandística, cultural… Esto es perfectamente asumible tanto por la izquierda como por la derecha. Pero claro, como la izquierda ha decidido que todo lo que toque las narices al “régimen del 78” es bueno para la Causa, pues no tiene más remedio, siguiendo esta lógica perversa, que considerar a todo lo que se oponga a una actitud condescendiente hacia los independentistas como “de derechas”. E incluso llegan al extremo de decir que es “fascista”. Lo que pasa es que la palabra “fascista” se ha devaluado tanto, que igual sirve para un barrido que para un fregado. Aquí, quien tose a la derecha ya es “fascista”. Pues bien, qué le vamos a hacer.