El coronavirus ha forzado el confinamiento y ha paralizado casi toda la sociedad, pero no la prostitución. A pesar de que los prostíbulos están cerrados, en los pisos donde se ejerce la prostitución las puertas continúan abiertas y los timbres no paran de sonar. "Entre las mujeres prostituidas que están en pisos hay muchas de extranjeras que ni hablan el idioma, sin comunicación y con pantallas poniendo porno todo el día. Hay algunas que, tal vez, no saben ni que hay una pandemia", afirma con rotundidad Núria González, presidenta de la Asociación Internacional pro Derechos Humanos L'Escola A.C. Unas palabras que nos confirman desde fuentes de la Policía Nacional, que aseguran que "las que han sufrido más el rechazo de los clientes han sido las chinas, pero el resto han estado, y seguro que están, trabajando cómo si no pasara nada".

La prostitución mueve unos cinco millones de euros al día, y se calcula que hay unas 50.000 mujeres prostituidas en toda España. Las que ejercen en los burdeles se enfrentan a un doble problema. Uno de ellos es la obligación de seguir pagando a los proxenetas, a pesar de no poder hacer servicios sexuales, según nos explica Núria González: "Están encerradas pero les siguen cobrando la habitación y la comida, cosa que hace que la deuda que tienen con los proxenetas aumente". El otro problema son las chicas que han sido expulsadas de los burdeles y que han tenido que buscar refugio para pasar este confinamiento. La deuda no caduca, y por eso son forzadas a continuar ejerciendo. Cómo que no lo pueden hacer en la calle, continúan su actividad en los pisos. "Lo que no se ha parado es la demanda de los puteros", señala Núria González.

Esta situación anómala, de demanda de prostitución a pesar de que no hay la oferta de antes, es lo que han aprovechado los sindicatos de prostitución, como Aprosex y Otras, para reclamar que la administración les otorgue una cierta categoría laboral y que puedan pedir algún tipo de prestación, como por ejemplo el paro. "Si consiguen esto ya tendrán categoría laboral, y será reconocer los proxenetas como patronal", argumenta Núria González, de la Asociación L'Escola A.C y feminista abolicionista. "A los empresarios de los burdeles ya les interesa reconocer y legalizar la prostitución como un trabajo, pero el 99% de las mujeres prostituidas son víctimas del tráfico, no se dedican en esto por una opción personal", añade.

En tiempo de crisis -y nos viene encima una de muy gorda- el tema de legalizar la prostitución es recurrente, puesto que genera mucho dinero. Un punto que enfrenta legalizadores y abolicionistas. Mientras que los unos consideran que puede ser un trabajo como otro cualquiera y ponen el ejemplo de Amsterdam, el otro sector apuesta por el erradicació, con el ejemplo de Finlandia, donde es totalmente ilegal. "España se enfrenta a una crisis terrible y siempre habrá quién mire la prostitución como una manera de volver a llenar las arcas públicas", afirma González, "pero siempre serán las mujeres las que acabarán sufriendo las consecuencias. Que te pasen por encima 10 o 15 hombres al día no es un trabajo, es esclavitud". Sea como fuere, ni el Covid-19, que ha paralizado la industria de todo el país ha conseguido parar la prostitución.

Los Mossos d'Esquadra no dan abasto para detener a los infractores
Una patrulla de los Mossos multa un coche, con el conductor y tres prostitutas que volvían de una fiesta, o detienen un hombre que ejercía la prostitución alegando que iba a hacer un servicio esencial... Las noticias fueron motivo de broma en las redes sociales, pero esconden una terrible realidad: no hay nada que lo pare, la prostitución se continúa ejerciendo.

Clientes y proxenetas conciertan las citas en la calle "a distancia", explican fuentes de los Mossos. "Cuando ves un hombre paseando un perro, o con una bolsa como sí hubiera ido a comprar, hablando con otro con gestos, sabes que hay algo", afirman. España es el primer consumidor de prostitución de Europa y el tercero a escala mundial, y Barcelona es la capital sexual del sur de Europa, puerta de entrada y primera parada de las mujeres prostituidas víctimas de tráfico.