Confeso que he vuelto a caer en la trampa. El titular me atraía demasiado: «Conmoción por la trágica muerte de una estimada presentadora y actriz embestida por un tren». Publicado por El Nacional, me ha despertado una curiosidad inmediata y el click ha sido automático. Pero, una vez dentro, tras el anzuelo no había ninguna noticia especialmente relevante para el lector catalán, sino la muerte de Ernestina Pais, una popular presentadora argentina prácticamente desconocida aquí.

No se trata de un caso aislado, sino de un ejemplo claro de clickbait, una práctica que El Nacional/En Blau usa con una insistencia difícil de considerar accidental. El mecanismo es sencillo: el titular insinúa una tragedia cercana, intensa y emocionalmente significativa, pero el contenido acaba revelando una noticia de interés limitado y con poco o ningún impacto en el contexto local. El resultado es un desgaste progresivo de la confianza del lector.
Esta estrategia se percibe especialmente en la crónica social. En él se publican a menudo titulares sobre personajes famosos como si se tratara de hechos consumados: separaciones definitivas entre Felipe VI y Letizia, o graves problemas de salud de Iñaki Gabilondo presentados como actuales, a pesar de referirse a episodios de hace décadas. Sólo al final de la pieza, o en un párrafo secundario, aparecen los matices y las informaciones sin suficiente contraste.
Las fórmulas son bien conocidas: recurrir a palabras hiperbólicas como «tragedia», «escándalo» o «destrozado», o plantear preguntas alarmistas que luego el mismo texto desinfla. «Escándalo mayúsculo: la fotografía que ha desatado una avalancha de reacciones»; «Pep Guardiola rompe el silencio: sus palabras sorprenden a todos»; «Nuevo escándalo alrededor de Gerard Piqué: la imagen que ha encendido las redes», son solo algunos ejemplos. Detrás, nada sustancial. No se busca informar mejor, sino capturar la atención a cualquier precio.
Detrás de esta práctica hay un modelo de negocio claro. Los medios digitales que dependen de la publicidad por impresiones necesitan generar grandes volúmenes de tráfico. Plataformas como Google Discover, Facebook o X amplifican los contenidos que obtienen muchos clicks en poco tiempo. Esto alimenta un círculo vicioso: titular engañoso, click inmediato, impresión publicitaria, más visibilidad algorítmica, y vuelta a empezar. La calidad informativa queda subordinada al rendimiento cuantitativo.
El Código Deontológico del Colegio de Periodistas de Cataluña, actualizado en 2025 para dar respuesta a los retos del entorno digital, es explícito en el rechazo de los titulares engañosos. No es una cuestión ornamental: es una exigencia vinculada al derecho de la ciudadanía a recibir una información veraz, rigurosa y contextualizada. La honestidad en la presentación de los hechos no es un complemento del periodismo; es una condición básica.
Cuando el titular promete lo que el texto no ofrece, se rompe un pacto elemental y la credibilidad general del medio se resiente. En un espacio público ya saturado de desinformación y ruido, normalizar estas prácticas contribuye a una desconfianza más amplia: el lector acaba sospechando de todo, también del periodismo que sí intenta hacer bien su trabajo.
Las consecuencias van más allá de la molestia individual. A fuerza de banalizar el engaño, se degrada la función misma del periodismo como servicio público y como pieza clave de la vida democrática.
Los lectores tenemos nuestra responsabilidad. Reconocer los mecanismos de los clickbaits, resistir el impulso de clickar y no contribuir a su difusión es una forma modesta pero efectiva de presión. También existen vías formales, como la presentación de quejas ante el Consejo de la Información de Cataluña (CIC). No se trata de censurar el ingenio, sino de exigir una correspondencia mínima entre lo que se anuncia y lo que realmente se explica. El CIC, de hecho, ya ha resuelto varias quejas contra El Nacional por vulneraciones del Código Deontológico, aunque este medio no está formalmente adherido a este Consejo, a diferencia de otros 150 medios.
Adherido o no, la cuestión de fondo sigue siendo la misma: un medio que quiera preservar su credibilidad debería revisar sus rutinas editoriales y asumir que la atención del lector no puede conquistarse sistemáticamente a base de trampas. Quizás un titular como el de la muerte de Ernestina Pais aporta unos cuantos clicks adicionales a corto plazo. Pero cada engaño acumulado debilita un poco más la confianza en el conjunto de la profesión.
El periodismo no es sólo una industria que compite por audiencias. Es un servicio público esencial, y priorizar la verdad por encima del espectáculo no es una opción accesoria: es una necesidad democrática.








