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El milagro del catalán

Xavier Ribera

Gasetiller, escrividor i guionista. Com deia Calders, "vaig néixer abans d'ahir i ja som demà passat. Ara només penso com passaré el cap de setmana".
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Míriam Nogueras se piensa que el catalán desplegado por el papa León XIV estos días en Cataluña ha sido gracias a ella. En inglés le dijo casi susurrando: «Hablar la lengua de la tierra que le acoge es un acto de amor y respeto». Lo hizo ignorando que cuando Francis Robert Prevost —el papa— adoctrinaba en aldeas remotas del Perú, aprendió el idioma de los incas —el quechua — cuando se podía haber entendido con ellos perfectamente en castellano. Entonces, otorgarse los méritos, resulta, cuando menos, arrogante.

Sea como quiera, el papa vivió en Cataluña y simultaneó con normalidad el catalán y el castellano en sus discursos, como antes había hecho el papa Benedicto XVI, y al contrario de lo que hizo Juan Pablo II, cuando en 1982 ignoró el idioma de Mercè Rodoreda cuando visitó Cataluña. Una lástima que entonces Nogueras solo contara con dos añadichos… Jordi Pujol no fue hábil como Nogueras.

Lo confieso: no soy muy de papas. No obstante, reconozco que el anterior, Francisco, abrió un camino transformador que, al parecer, León XIV pretende continuar. Durante su visita a España —antes de Cataluña visitó Madrid, y después Canarias—, el papa matemático ha insistido en su discurso pacifista y, sin citarlo, se ha contrapuesto a Donald Trump. En su homilía en el templo de la Sagrada Familia, dijo aquello de «no podemos creer en Jesús y promover la guerra», en claras alusiones al maligno. León XIV —buen orador— también ha hecho un discurso cristiano en cuanto al Congreso y en Canarias ha hablado de migración.

Lo que no entiendo es el motivo por el que se le invitó a sermonear en el Congreso. Resulta inevitable recordar que el artículo 16.3 de la Constitución establece que ninguna confesión tendrá carácter estatal. España es, al menos sobre el papel, un Estado aconfesional. En este sentido, resulta cuando menos extraño ver a León XIV hablando desde la tribuna de oradores del Congreso. No porque no tenga derecho a expresar sus opiniones, sino porque el lugar tiene una carga simbólica considerable. Aquella tribuna es el espacio desde donde se dirigen a los ciudadanos sus representantes democráticamente elegidos. Ver la cabeza de una confesión religiosa sermoneando sobre el aborto y la eutanasia producía una cierta sensación de desplazamiento institucional.

Dicho esto, tampoco podemos fingir sorpresa. El papa dijo exactamente lo que se esperaba que dijera. La Iglesia mantiene una posición crítica respecto al aborto y la eutanasia desde hace décadas. No es ninguna novedad. Si invitas al papa, lo más probable es que hable como un papa. La responsabilidad no es suya. Es de quien lo invita. Otra cuestión es que la Iglesia católica, especialmente en estos asuntos, necesite una actualización intelectual que hace años que reclama una parte importante de la misma sociedad católica. Pero este es un debate diferente.

También resulta interesante observar cómo algunos de los que aplaudían con entusiasmo la visita comenzaron a incomodarse cuando León XIV abordó otras cuestiones menos confortables. La defensa de los migrantes, los llamamientos contra la guerra, las referencias a la pobreza o las desigualdades acostumbran a generar menos entusiasmo entre determinadas derechas que sus posiciones sobre la moral. Como ocurre a menudo, cada uno prefiere al papa que confirma sus convicciones.

Mención aparte merece la inauguración de la torre de Jesucristo de la Sagrada Familia. Aquí el matemático cedió todo el protagonismo al arquitecto Antoni Gaudí. No era difícil. Al fin y al cabo, el templo es su gran obra, pero también la demostración de que hay proyectos que trascienden una vida humana. Gaudí pertenece a aquella categoría de creadores que acaban convirtiéndose en más grandes que las etiquetas. Creyente convencido, catalán convencido y arquitecto genial, fue capaz de construir una obra que hoy admiran creyentes y ateos, conservadores y progresistas, turistas despistados y especialistas venidos de todo el mundo. No es poca cosa.

Así, mientras centenares de drones iluminaban el cielo de Barcelona, una de las frases atribuidas al arquitecto se dibujaba sobre la ciudad: «Primero el amor, después la técnica». Cuesta encontrar una mejor síntesis de su obra.

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