Redes sociales, menores y Estado: una decisión incómoda

Bluesky

Desde hace años, muchas familias perciben que las redes sociales han dejado de ser una herramienta para convertirse en un problema cotidiano. Distracción permanente, dificultades de concentración, erosión del tiempo de estudio y una colonización del ocio infantil forman parte ya del paisaje doméstico. Hay que añadir riesgos más graves: exposición temprana a contenidos inapropiados, violencia simbólica, dinámicas de acoso o una socialización mediada por algoritmos que nadie ha elegido democráticamente.

Susana Alonso

La voluntad del Gobierno de limitar el acceso de los menores a determinadas plataformas no resulta sorprendente. Responde a una preocupación social real y, al mismo tiempo, a una lógica política evidente: señalar el poder creciente de las grandes tecnológicas, hoy convertidas en actores capaces de moldear comportamientos, atención y valores sin apenas control público. La discusión sobre la edad de acceso es, en el fondo, una discusión sobre soberanía cultural.

Sin embargo, el problema dista mucho de ser simple. Las redes no han sido únicamente un factor de riesgo; también han abierto posibilidades inéditas. Para determinados menores —por ejemplo, aquellos con dificultades de comunicación o que viven en entornos rurales— el móvil ha supuesto autonomía, seguridad y conexión con su entorno. En muchos territorios, donde los desplazamientos escolares son largos y la vida cotidiana sigue dependiendo del transporte o de la distancia, la conectividad no se percibe como un lujo, sino como una extensión del cuidado familiar.

Ahí aparece la paradoja: lo que para unos es una amenaza, para otros es una herramienta de protección. Y es precisamente esa ambivalencia la que convierte cualquier prohibición general en un terreno políticamente resbaladizo. Cuando la regulación se formula de manera uniforme, sin atender a contextos sociales distintos, el debate se desplaza rápidamente hacia la clásica confrontación entre libertad individual y tutela estatal. Es entonces cuando proliferan los discursos simplificadores: desde quienes denuncian un supuesto autoritarismo hasta quienes confían ingenuamente en que el mercado digital se autorregule.

Pero las redes sociales no son ya un mercado cualquiera. Se han convertido en una infraestructura de socialización, comparable —en términos de impacto— a la escuela, el espacio público o los medios de comunicación del siglo XX. La diferencia es que estas nuevas infraestructuras no han sido diseñadas con criterios pedagógicos ni cívicos, sino bajo la lógica de la economía de la atención: maximizar tiempo de uso, datos y rentabilidad. Pretender que un menor habite ese entorno sin mediación equivale a dejar la educación emocional en manos de intereses privados.

El dilema, por tanto, no se resuelve entre prohibir o permitir, sino entre regular con inteligencia o abdicar. Durante años se ha trasladado la responsabilidad casi exclusiva a las familias, como si el problema fuese una cuestión de disciplina doméstica. Pero ninguna familia, por formada que esté, puede competir con arquitecturas tecnológicas diseñadas para generar dependencia. La asimetría es estructural, no moral.

Tal vez la cuestión deba plantearse en otros términos. No se trata de expulsar a los menores del mundo digital —algo tan irreal como pretender que crezcan al margen de la electricidad—, sino de diferenciar espacios, tiempos y usos. Del mismo modo que existen normativas específicas para la escuela, el trabajo o el consumo, cabe imaginar entornos digitales graduales, con derechos y límites adaptados a la edad, donde la comunicación y el aprendizaje no estén subordinados a la lógica del algoritmo.

La historia de las sociedades modernas muestra que toda innovación disruptiva exige nuevas reglas de convivencia. Ocurrió con la industrialización, con los medios de masas y con el tráfico urbano. Hoy sucede con la digitalización de la vida cotidiana. Convertir este desafío en una batalla ideológica entre Estado y libertad individual es una forma de no afrontar el verdadero problema.

Proteger a los menores no debería significar nostalgia analógica ni prohibicionismo simbólico, sino asumir que la esfera digital es ya parte del contrato social. Y que, como tal, necesita instituciones capaces de gobernarla. Entre la dejación y el control absoluto existe un terreno más exigente: el de una regulación democrática que aún está por construir. Ahí es donde se juega, probablemente, mucho más que el uso del móvil en la adolescencia.

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