«Killing is wrong». En Dead Man Walking, el personaje de Susan Sarandon lo dice con una serenidad que desarma. «Matar es incorrecto». No hay mucho margen para la ambigüedad moral en esta frase. No es una consigna, es una convicción. En Barcelona, la víspera de los premios Goya, la actriz se emocionó agradeciendo el apoyo de España a Gaza. Elogió públicamente a Pedro Sánchez por la posición de su gobierno ante el conflicto. No era una actriz haciendo turismo político. Era una activista coherente con una trayectoria que siempre ha situado los derechos humanos en el centro del debate.
Celebro que una voz norteamericana con proyección internacional reconozca que, en este momento, el gobierno español ha dado un giro a la izquierda en política exterior. Sea por convicción, por necesidad parlamentaria o por una combinación de ambas cosas, Sánchez ha optado por una posición que incomoda a Israel y que no sigue mecánicamente la pauta de Washington.
Y aquí entra el contraste brutal con Donald Trump. El mismo día que Sarandon hablaba de humanidad y de derechos, Trump decidía bombardear Irán unilateralmente. Sin aval de las Naciones Unidas. Sin voto previo del Congreso de los Estados Unidos. Con la misma lógica que ha caracterizado su liderazgo: fuerza primero, legitimidad después —si llega. Y a quien logra llevarle la contraria, como es el caso de Sánchez, lo coloca en la lista negra, y lo amenaza con la guerra comercial o con las diez plagas de Egipto.
Israel, bajo el gobierno de Benjamin Netanyahu, tampoco ha destacado por buscar consenso internacional. La política de hechos consumados, la desproporción en el uso de la fuerza y el desprecio creciente por las resoluciones de la ONU han erosionado cualquier pretensión de ejemplaridad democrática. La seguridad de un estado no puede convertirse en coartada permanente para ignorar el derecho internacional.
Ahora bien, denunciar a Trump y Netanyahu no implica absolver al régimen iraní. Irán es una teocracia represiva que gobierna desde el miedo, que persigue a disidentes y que castiga a las mujeres por desafiar normas impuestas. Las protestas de mujeres iraníes retirándose el velo han sido una de las imágenes más valientes de nuestro tiempo. Pero ninguno de los bombardeos de Trump se ha decidido pensando en ellas. La geopolítica raramente se mueve por feminismo.
Aquí es donde la coherencia moral se pone a prueba. Se puede condenar la represión iraní y, al mismo tiempo, rechazar la unilateralidad militar norteamericana. Se puede denunciar el terrorismo y, al mismo tiempo, exigir proporcionalidad y legalidad a Israel. La política internacional no es un partido de fútbol con dos graderías.
Sarandon, con su emoción en Barcelona, recordaba que la política también es una cuestión de principios. Que los derechos humanos no son selectivos. Que no dependen de quien sea el aliado del momento.
«You get what you settle for». En Thelma & Louise, Louise lo dice con una lucidez brutal: «acabas teniendo aquello con lo que te conformas». Si nos conformamos con la unilateralidad, con los bombardeos preventivos, con la impunidad de los aliados y con la represión de los adversarios, eso es exactamente lo que tendremos. Y si algo nos enseña la trayectoria de Sarandon es que no conformarse también es una forma de coherencia política.







