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Catarina y la belleza de matar fascistas

Xavier Ribera

Gasetiller, escrividor i guionista. Com deia Calders, "vaig néixer abans d'ahir i ja som demà passat. Ara només penso com passaré el cap de setmana".
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El 19 de mayo de 1954, en el Alentejo portugués, una jornalera de 26 años fue asesinada por un agente de la Guardia Nacional Republicana durante una movilización de trabajadores agrícolas que reclamaban mejores salarios y condiciones dignas. Se llamaba Catarina Eufémia. La dictadura de António de Oliveira Salazar no discutía reivindicaciones sociales: las reprimía. Su muerte convirtió su nombre en símbolo de resistencia antifascista y en recuerdo permanente de lo que el fascismo hace cuando se siente cuestionado.

Décadas después (2020), el dramaturgo Tiago Rodrigues recuperaba este nombre a Catarina e a beleza de matar fascistas. Pero no para hacer una biografía. Lo que propone es mucho más incómodo. La obra parte de una premisa radical. En una familia portuguesa, cada generación ha asumido el compromiso de matar a un fascista como acto de justicia. No es una reacción espontánea, es un ritual heredado. Una manera de decir que el fascismo no se tolera, que no se negocia, que se extirpa. Este año, sin embargo, la joven Catarina se niega a ejecutar al fascista que tienen secuestrado. No porque no sea fascista. No porque relativice lo que representa. Sino porque considera que matarlo la convertiría en lo mismo que combate.

Aquí radica la fuerza de la pieza. La obra no es equidistante. No banaliza el fascismo. Lo que cuestiona es la lógica de la violencia como respuesta automática. ¿Puede el antifascismo asumir la misma lógica de exterminio sin erosionarse? ¿Puede defender la vida adoptando la muerte como método? Y llega el momento que lo sacude todo: el monólogo final es del fascista, que ha vencido. Un discurso articulado, frío, reconocible. No es una caricatura grotesca; es una voz que utiliza argumentos que hoy circulan por platós de televisión y redes sociales.

Hace poco, la obra fue representada en Bochum (Alemania), antes lo fue en el Teatre Lliure de Barcelona (2022). En algunas representaciones, como la de Bochum, parte del público reaccionó invadiendo el escenario después de escucharlo. No porque la obra legitime el fascismo, sino porque lo hace audible sin filtros tranquilizadores. Y eso incomoda. La reacción del público es reveladora. El fascismo nos indigna cuando lo vemos como una caricatura histórica, con uniformes y dictadores en blanco y negro. Pero nos altera mucho más cuando lo reconocemos en discursos que hoy circulan con naturalidad. El teatro, aquí, no predica; expone. Y cuando expone demasiado bien, quema.

La pregunta de fondo no es si hay que ser antifascista. Eso, en una democracia que quiera seguir siéndolo, es indiscutible. La cuestión es cómo se articula este antifascismo. Si se convierte en pura respuesta visceral o si mantiene una superioridad moral que lo distinga claramente de lo que combate.

La Catarina real murió porque el fascismo disparaba contra quien reclamaba dignidad. La Catarina de ficción duda porque no quiere disparar, aunque sea simbólicamente. Entre una y otra está nuestra época, en la que el fascismo no siempre lleva uniforme ni marcha en columnas, pero sigue erosionando derechos, pluralismo y convivencia desde dentro mismo de las instituciones.

Ser antifascista hoy no es solo alzar la voz —que también—, sino preservar el marco democrático que el fascismo quiere destruir. No se trata de igualarse en brutalidad, sino de demostrar que la democracia es más fuerte porque es más exigente.

El teatro no resuelve el dilema. Lo pone sobre la mesa. Y quizá este es su gesto más radical: recordarnos que combatir el fascismo no es solo una consigna, sino una responsabilidad moral que no admite simplificaciones. No hay neutralidad posible ante el fascismo. Pero tampoco hay victoria si, al derrotarlo, nos asemejamos demasiado.

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