Me serviré principalmente de las primeras secuencias de SIRAT (Óliver Laxe, 2025) para compartir esta reflexión. Y esto no es para menospreciar la potencia desasosegante de esta película, que se desarrolla como un western no crepuscular sino dantesco, con toda su fuerza épica, con imágenes en las que reverbera el John Ford de Monument Valley (aquí Los Monegros, o el desierto marroquí), incluso la soledad del héroe con un Sergi López como un cow-boy enfrentándose al implacable destino (no abundaré en las resonancias de films como The Searchers —en busca de la hija—, o Cheyenne Autumn y la inmensidad del paisaje como testigo de un éxodo). Quisiera señalar que en ningún momento estoy insinuando que el director, Óliver Laxe, lo tuviera en mente; solo indico lo que como espectador (un poco cinéfilo y con cierta edad) he experimentado. En este sentido, también me resuena visualmente el terrible final de Greed (Erich von Stroheim, 1924) rodado en el Valle de la Muerte.
Me interesa contrastar lo que muestran las primeras secuencias: una rave en toda su barroca efervescencia, con unos personajes abducidos por un muro de altavoces y un sonido repetitivo, y la película WOODSTOCK: 3 Days of Peace & Music (Michael Wadleigh, 1970), donde también había unas columnas de altavoces que generaban una música variada en función de los cantantes y músicos que actuaban en el escenario. A ojos de los espectadores de los 60, aquella música y aquel público con su indumentaria eran todo un shock (como lo es SIRAT hoy).
Pero aquel documental oscarizado (como espero que lo sea SIRAT) mostraba una juventud entregada a una música que era todo un manifiesto de la llamada contracultura o movimiento hippie, donde las letras hablaban de los conocidos tópicos: amor, paz y retorno a la naturaleza. Tenían sobre sus cabezas la guerra de Vietnam y la voluntad de romper el camino establecido de trabajo, matrimonio y familia, con una apuesta por las comunas rurales. Y esto pasaba por el amor libre, la desinhibición del cuerpo, de las orientaciones sexuales y un cierto misticismo oriental como contraposición a la religión normativa cristiana en todas sus versiones norteamericanas. Este misticismo quedó patente con, al inicio del concierto, la invocación espiritual del monje hindú Sri Swami Satchidananda, así como con la intervención musical de Ravi Shankar. No insistiré en los cantantes y músicos participantes, donde la gran mayoría compartieron toda la carga filosófica de esta contracultura, el pacifismo, el amor: “Joe Hill” cantada por Joan Baez, que tenía a su compañero en prisión; “Freedom” de Richie Havens; “Going Up The Country” de Canned Heat; “Love March” de The Paul Butterfield Blues Band, etc. Evidentemente, las drogas (básicamente marihuana y LSD), en un momento en que el mantra era que el consumo de drogas ayudaba a abrir la mente como paso para construir un mundo diferente: “Perdóname mientras beso el cielo”, decía Jimi Hendrix en su “Purple Haze”.
Woodstock llegó a definirse como una nación de tres días, sin policía, autogestionada y comunitaria, con más de medio millón de habitantes, donde hubo nacimientos y muertes, donde los niños fueron convertidos en símbolos de la inocencia y del futuro posible (la portada del segundo álbum editado con la música del festival eran justamente unos niños pequeños desnudos jugando en el escenario).
Y se extendió toda una ola de esperanza que se fue diluyendo, aunque ciertos movimientos sociales, ciertas formulaciones políticas y, sobre todo, una gran libertad de costumbres sexoafectivas quedaron definitivamente instaladas en la sociedad. Para muchos de nosotros, jóvenes en aquella época, aquellos tres días de paz y música fueron un referente, no solo musical sino político y experiencial: una utopía. La realidad posterior fue dura y no se pudo articular una respuesta social extensa, pero sí salpicó muchas vidas individuales y experiencias comunitarias, algunas persistentes hoy en día bajo formas más discretas.
El neoliberalismo posterior, las crisis económicas (alguien dijo que la contracultura, y el Mayo del 68, era posible gracias al colchón material de la época: “revoluciones de niños acomodados”) diluyeron aquel mundo de colores, y el movimiento punk, con sus chupas negras y su “no future”, sedujo a la generación posterior.

Medio siglo después aparece SIRAT, este puente sobre el infierno y hacia el paraíso, pero que “es fino como un cabello y afilado como una espada”, nada más lejos de las visiones optimistas de los paraísos orientalistas de los hippies. El contraste de la música es paradigmático: los movimientos repetitivos y autistas de los participantes de la rave, bailando arrimados a los altavoces, siguiendo una música sin músicos, sin intérpretes, donde no existe el vínculo entre emisor y receptor. A pesar de la fascinación que produce ver aquella multitud danzando esta música que no tiene fin ni narración (quizá su intención sea no tenerla), el desasosiego que crea es indescriptible. SIRAT se convierte en una metáfora potente del lado más nihilista de nuestra sociedad actual. La contracultura hippie creaba una estética rupturista con el mundo gris y ordenado de sus padres, una estética colorista (que acabó cansando, sobre todo cuando la industria de la moda la hizo suya) que quería mostrar un mundo posible, incluido un canto al cuerpo natural, sin artificios. Y aquí nos encontramos expresamente con una estética “feísta”, unos elementos deconstruidos de la moda punk, unos cuerpos y unos cabellos maltratados que no intentan ser modelo de nada, los tatuajes, incluso con brazos y piernas mutiladas, todo físicamente en las antípodas de aquella contracultura de los cuerpos felices y sagrados.
¿Qué ha pasado? Y sobre todo, ¿qué pasará? La imagen final de SIRAT tiene una carga metafórica muy potente: los protagonistas que han sobrevivido a aquel valle de la muerte ahora van juntos en un tren lleno de personas del Sahel, un tren que avanza por un desierto sin saberse adónde va (si es que va a algún lugar): ¿es este el puente al Paraíso, “fino como un cabello y afilado como una espada”?
Es evidente que los tiempos han cambiado: ninguna utopía comunitaria, ninguna innovación social hacia un mundo mejor; la trituradora del neoliberalismo narcisista ha hecho suyo el “No future”, no como un eslogan en la portada de un disco o como grafismo en una camiseta en el Londres de los 70, sino como el mantra de una sociedad que niega toda esperanza y que lleva (magnífico tren) a los desheredados de la Tierra sobre un desierto que el clima ya ha dibujado.
Por cierto, Óliver Laxe califica su film como una película disruptiva y contracultural.






